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2008, Queilen

Exámen del Tercer trimestre 2008. 

Hay un pasaje del segundo volumen de amereida que dice: 

pero la cosa no cesa de cautivar los 
signos y el nombre “significante” no es una presa, 
ningún hombre jamás lo ha creído, pero las cosas 
contadas lo aluden y “aquello” es tomado en la le- 
yenda muda de los sitios, en la malla del invisi- 
ble “simpático” que sostiene en secreto como un 
padre fiel la fantasía de los contornos, el poder 
del invisible menos concluido que todo trabajo, 
la excesiva promesa de los nombres, el innombrado 
de las especies aún escondidas que esperan a su 
vez subir al claro de los hombres

Lo que voy a contar ahora, entonces, es simplemente cómo un nombre antes desconocido sube al claro presente de los hombres; la simple y notable peripecia de un nombre. 

Cuando llegamos hasta la puntilla de Queilen nos hallamos entre dos mares; eran dos orillas entremezcladas sobre un manto de arenas y arbustos de espinillo. El pueblo tenía allí una parte de sus orillas, pero no las había constituido en borde. Pensamos que nuestra obra podría unir las orillas de esos dos mares construyendo un lugar para estar y habitar; hacer borde. Nuestro regalo al pueblo sería entonces un nuevo encuentro o saludo, al modo de una plaza, para las gentes que van y andan en sus orillas. Juntar dos orillas, reunir dos bordes es hacer un puente, pero ¿habrán puentes-plaza? ¿es posible tener el aire diáfano de las plazas, ese paso demorado, sobre un puente que es esencialmente el paso transitorio, de direcciones acaso veloces y únicas? Porque un puente no permite, por ejemplo, devolverse. Estas preguntas tuvieron una luz poética desde otra indicación inesperada. 
En el sitio que elegimos para nuestra obra habían los restos de fogatas, señal de que ya antes se estaba allí en estadías al abrigo. Quisimos darle figura y forma a esas fogatas; un lugar para el fuego que los arquitectos dispusieron en el centro de la obra. El puente entre las orillas conseguía así la demora de sus tránsitos y se hacía también plaza. Pero entonces sucedió algo extraordinario. 
Ya en anteriores travesías habíamos realizado la celebración final en la obra, inaugurándola con el brindis y el banquete. Ya en anteriores travesías habíamos realizado un curanto en hoyo para ese banquete y esa celebración final. Pero esta vez la obra que erigimos tuvo un esplendor distinto como un lugar para el curanto en hoyo. Esta vez el acto esencial de la obra era la mismísima fiesta; no sólo plaza en cuanto a espacio público, no sólo puente en cuanto unión de bordes y orillas y mares. Nuestro lugar del fuego, que al inicio fue un además, se convirtió en principal. Construimos la Plaza del Fuego de los Mares. Pero ¿qué es el fuego y qué tiene que ver con la celebración? 
Hay un canto que nos llega desde la Noche de los Tiempos. Antes que los dioses olímpicos gobernaran el panteón griego existió otra raza de inmortales dominando el naciente universo; los Titanes, hijos de Urano y Gea. En la segunda generación de titanes estaba Prometeo. En una cruenta guerra los Zeus y los suyos vencen a los titanes y los exilian en el Tártaro; el inframundo. Desde allí Prometeo crea a los hombres; una raza lo más parecido posible a la suya para que compita en belleza y maravilla con los del Olimpo. Prometeo no tiene temor de Zeus y ayuda a los hombres para que lo burlen una y otra vez, para colocarlos a la altura de los dioses. En una ocasión hace que los hombres ofrezcan un sacrificio a Zeus; un bello buey. Lo parte en dos mitades, en el interior de una mitad, la de la hermosa cabeza, coloca sólo los huesos del animal; en la otra mitad, la menos deseable trasera de la cola, coloca toda la carne. Zeus seducido por la belleza de lo principal, escoge la mitad de la cabeza y los hombres asan y comen la carne (desde ese día los hombres sacrifican a lo divino los huesos y se comen la carne). Enfurecido por el engaño el Padre de los dioses priva a los hombres del fuego, para que nunca más puedan asar la carne perteneciente a las ofrendas divinas. Prometeo devuelve el fuego a los hombres robándolo de la forja de Hefesto (las cadenas del castigo y los males de Pandora son de otro momento). El Titán trae de vuelta el fuego a la tierra para que los hombres dignifiquen sus existencias. Desde ese día los hombres se acercan a su condición divina, a través del fuego. Así se aproximan a la esencia de la raza que Prometeo creara. Por eso los hombres guardan el fuego en lugares sagrados; el fuego consagra los lugares. Nuestra plaza es para la celebración de esa condición humana, esencial y primigenia. Allí no sólo pudimos comer y celebrar nuestros quehaceres propios de los oficios; allí tuvimos también templo. 
Sin embargo sucede, en Aysén del Mar Nuevo, algo extraño con el fuego. Ancestralmente se lo oculta; ya sea que para protegerlo del viento siempre enorme y de las lluvias siempre abundantes; ya sea que porque no se contaba con los utensilios adecuados; el hecho es que la antigua tradición de la comida de los mariscos propone un fuego enterrado. El más leve hilo de humo o de vapor que se escape del cocimiento es señal inequívoca de que algo no está bien hecho. Entonces ¿cómo celebrar el regalo de Prometeo si no lo tenemos a la vista, si sus colores y calores son subterráneos e invisibles? Por eso pusimos la escultura en un extremo alzado; así ella se yergue como el signo del regalo construido por los hombres. en ella reposa la imagen, la música del don divino, el espacio desde donde se extienden y lanzan todas las orientaciones y su vacío canta la ofrenda y el sacrificio inacabable mediante creamos el mundo. En su nombre agradecemos a Prometeo su osadía y su coraje y con ella lo desencadenamos en la memoria. Por eso la escultura se llama "Fuego Robado".
Poblado de Queilén en la isla de Chiloé. 2008.

Poema (inscripción de amereida) - 7
placa con el poema para la obra de la travesía. Elaborado en vidrio y metales, fue obsequiado por los ex alumnos Alfred Thiers y Andrea Delaveau.


Poema (inscripción de amereida) - 8
Subpáginas (1): Escultura Fuego Robado