Continuo con las notas de amereida II Nota 26 Después de observadas las apariencias de, por ejemplo, un lugar, su aparente precariedad, su decidora pobreza, la falta de recursos o de oportunidades para los habitantes de una región extrema. Pero se trata de amar la adversidad no como un modo de salvar pruebas, no para realizar la siempre inocua demostración de las capacidades extraordinarias del ser humano. Es decir amar la adversidad no para demostrar de lo que se es capaz; no para enseñar o mostrar las facultades propias y sus potencias exaltadas en la proeza. Este amor a lo adverso es más profundo que la proeza. Porque aquellos que viven en los climas extremos de América, los que habitan y tienen familia en las regiones más allá de las fronteras naturales y sociales no están conquistando ningún reconocimiento ni social, ni menos económico. Ese amor a lo adverso los deja ocultar, púdicamente, la libertad del cuerpo y el alma. ¿por qué esconderse “púdicamente”? Precisamente porque esa libertad es la más grande de las riquezas, y cualquiera que posea una verdadera riqueza debe saber que ésta no ha de mostrarse soberbiamente; nadie que sea delicadamente un poco sabio habrá de recorrer el mundo gritando y mostrando sus riquezas a los cuatro vientos. Precisamente la pobreza enseña que la verdadera riqueza es esa libertad y que sólo la humildad y la sencillez son capaces de honrarla. Hombres que por vivir siempre enfrentando lo adverso poseen una libertad que, al considerarla como el más precioso de los bienes, la ocultan a su vez. Pero no como el avaro que oculta sus bienes para no compartirla. Justamente lo contrario; la adversidad enseña a su vez la generosidad. Todos sabemos de la generosidad de los humildes, que contrasta seriamente con la avaricia de los ricos. El riesgo permanente suscitado en una vida en lo adverso trae como consecuencia la valoración real de las cosas verdaeramente importantes. Poseer pocas cosas enseña el valor real de las cosas, enseña cuáles son las cosas que de verdad valen las penas y cuáles son prescindibles, superfluas e incluso innecesarias. La verdadera seña se muestra en los caminos precisamente allí donde existe esa adversidad. El saludo no es sólo un signo de buena educación, es más bien señal de encuentro, realizado siempre para generar un lugar de encuentro. Y todos quienes hemos ido en travesía sabemos lo dificil que es generar un Lugar; rendir los homenajes a sus dioses, a sus gentes; presentar los testimonios del obrar para que la naturaleza, doquier y constantemente, se constituya como nuestra casa. |