2004 Trimestre 3 Clase 1

A continuación voy a leer tres notas que aparecen al final del segundo volumen de amereida. Este libro es bien distinto del primero. Una vez le oí a Godo decir que en en el primer libro está el fundamento, los motivos o mejor dicho las indicaciones esenciales que los impulsaron a realizar la primera travesía, y que en el segundo libro están los gritos de esa primera travesía. En este caso son los gritos poéticos, algo así como el clamor incontenible que se produjo durante el viaje. Aquí están los poemas, lo dicho y lo hecho durante ese viaje. Al final se lee una bitácora, que fue escrita por Claudio Girola y Godo le hizo unas notas a esa bitácora. En mi opinión la belleza de estas notas es extraordinaria y valen por sí solas lo mismo que todo el libro. Se pueden leer sin leer de dónde provienen, es decir, son autónomas de la bitácora. En estas notas encontraremos muchas indicaciones notables acerca de lo que es una travesía, y durante este trimestre les propongo revisar algunas de ellas. Hoy dia traje tres. 

De Amereida volumen 2:

Nota 35 

Lo durable, durar, pero ¿qué perdura? ¿es esencial que las cosas perduren? No llamemos ciudad a lo que desde Grecia, y tal vez Roma, dejó de serlo. Pero la obra humana, por ejemplo en los aztecas, se podía hacer justamente para ser abandonada. Tal acto lleva consigo un rito inicial que demanda el inicio y no, digamos así, la avara perdurabilidad. Es otro ritmo. Posiblemente hay que volver a mirar con otro tiempo. El nuestro también es ritualmente libre, pues en forma arbitraria es el meridiano que nos refiere y ordena. ¿Es y será posible otro y otros meridianos? Sí. Todos los puntos tal vez tengan validez. 

Más que los aztecas, los que abandonaban sus ciudades eran los mayas. Los motivos por los cuales lo hacían son fuente de controversia; que porque se agotaban los campos agrícolas de los alrededores; que porque eran sometidas por pueblos enemigos, etc. Pero también sabemos que dentro de las ciudades y cada cierta cantidad de años, los mayas destruían ciertas partes de sus esculturas y monumentos de piedra, algunos frisos o las bases, para volverlos a tallar. Hacían esto periódicamente. Cada 9 años tal parte, cada 21 tal otra. Sus ciudades fueron así hechas y rehechas varias veces. Finalmente las abandonaban. El apogeo de la cultura maya es alrededor del año 900 de nuestra era, cuando llegaron los españoles sus grandes ciudades como Tikal o Chichén Itzá ya estaban enterradas bajo la selva y por eso se salvaron de ser destruidas como sucedió con Tenochtitlán, en cuya cumbre de la pirámide principal fue construída la catedral de México. Pero lo importante aquí es esa pregunta respecto de la perdurabilidad, el hecho de estar trabajando permanentemente en un inicio, o que lo importante es el hecho de estar en obra y no la obra en sí misma. Poder pensar que la trascendencia está en el tiempo que estamos en obra y no en que esa obra exista más allá de se mero tiempo. Es una pregunta que nos hacemos en las travesías. Muchas de nuestras obras perduran, muchas otras no, se acaban casi en cuanto nos vamos del lugar en el que las hicimos. ¿Valen más o menos? ¿Son mejores unas o las otras? 

Nota 46 

También el olvido es bello, olvidar, por ejemplo, que el arrojo es la travesía y no la vida de un obstáculo, en este caso, el perro. Pero la hermosura cuenta menos que la ruta y esto sí que es difícil aprenderlo. ¿Qué es la ruta? Es sólo seguir partiendo siempre, es mantener el rumbo abierto. ¿Será un comienzo sin fin, como el amor? Hacer tal ruta, abrir tal rumbo, tal vez de tales cosas, interrogaba Kant a los capitanes de barcos balleneros, aquellos que Melville dijo que buscaban la ballena blanca y tal vez Ajab sea el nombre de la musa de toda pura travesía. 

Que la hermosura cuenta menos que la ruta sí que es difícil aprenderlo, porque nosotros, especialmente quienes estamos dedicados a una vida en el arte, tendemos a pensar que todo cuanto hacemos debe estar lanzado hacia la belleza. Y de hecho es así, en la belleza residen las musas que abren verdaderamente el mundo y todos los artistas de la historia han querido trabajar bailando con esas musas. Sin embargo nos corresponde preguntarnos más allá, y considerar que en nuestra tarea hay algo más profundo que la belleza. Como si no importara que tal obra quedó o no bella. De hecho ese olvido es un abandono –es el acto de Eneas con Dido- que nosotros hagamos nuestras obras para abandonarlas, pero no porque no nos importen o nos de lo mismo lo que suceda con ellas. Nuestro abandono es un desprendimiento en el sentido del regalo. Nuestras obras son regaladas y por eso “las olvidamos”, olvidamos su belleza y volvemos a comenzar, año tras año. 

Aquí es cuando Godo habla del amor, porque el amor esto es lo que enseña; volver a comenzar siempre, volver a no saber. Para que el amor exista es necesario ser siempre inocente, mantener la emoción del primer encuentro, permanecer en un estado de enamoramiento, fresco, nuevo. Y esto es lo difícil, porque el ritmo de la vida diaria muy pronto se convierte en rutina y ahí todo muere. Nuestras travesías igual, cuando se conviertan en un acto rutinario simplemente las dejamos de hacer. Por eso hacemos este taller, para preguntarnos esta cosas, para volver a revisarlas y estar vigilantes y atentos. Esa vigilia es la del capitán Ajab. Porque es bien terrible que este capitan sea la musa de toda travesía; un hombre terrible, lleno de odio y venganza. Sin embargo su acto es extraordinario, atravesar todos los mares del mundo tras el desconocido, que es la ballena blanca. Capaz de consentir en esa búsqueda incluso su propia muerte. 

Nota 62 

Dulcemente, las más de las veces la travesía pone en duda casi todas las convicciones que tenemos. Antes que nada lleva a la propia arquitectura hacia una abstracción más alta que el número. La arquitectura al tramarse con la palabra poética se abre a ritmos impensados. ¿Qué son muros, por ejemplo? ¿Qué son techos? ¿Hay ya un modo de ser hospedados sin ellos? ¿Pero qué significan semejantes preguntas? La obra humana ya no como simbiosis ni como ruptura con la naturaleza. La historia misma podría no ser rememoración sino la narración de su propio hacerse historia, los actos fundantes, siempre múltiples de otra impensada arquitectura. 




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