2004 Trimestre 2 Clase 8

Martes 3 de Agosto

Dos clases atrás hablé sobre la Eneida. Me corresponde ahora tratar la segunda parte de esa exposición. Es aquello que Godo nos trajo y nos dejó sobre ese libro. Pero como veremos no es una cuestión literaria, no se trata de los análisis posibles desde el punto de vista de la literatura o de sus consecuencias históricas. Se trata más bien de un legado poético directo que nos atañe en cuanto somos americanos y especialmente en cuanto a lo que hacemos en esta Escuela. Convretamente voy a referirme a tres momentos de la Eneida; momentos que están relacionados íntimamente con el tiempo que esta Escuela comienza a vivir en vistas del horizonte de las travesías que se nos aproxima junto con la primavera. 

El momento del naufragio. 

Dice Godo: 

“En plena tempestad aparece por primera vez el nombre del protagonista del poema, a diferencia de la Ilíada cuyo primer verso, nombra a Aquiles, en la Eneida el nombre de Eneas por primera vez aparece en el verso 92, en plena y absoluta tempestad. 

¿Por qué el naufragio? ¿Cuál la necesidad poética de este naugragio?, 
pero lo que el naufragio expone es el desprendimiento radical, es una reiniciación ineludible para poder recrear. 
ese extremo es apenas menor que la muerte y que el pavor renovado en el pensamiento dura, dura en el lago del corazón. 

Lo obvio de nuestra vida tan dulcemente organizada no nos deja llegar casi nunca a este pavor que dura en el lago del corazón y que es apenas menor que la muerte. Si no nos sucede ese desasociego y no llegamos a ese borde, no se nos cae encima la necesidad de ser americanos. 

Por eso, la palabra alta del naufragio, la palabra de la iniciación o catarsis con que se recomienza la tradición de Grecia en Roma,a la palabra latina del naufragio es Palinuro, el piloto. Su lucha por vencer el caos marino para poder abordar Italia, en el canto quinto, hasta entrar en el misterio del sueño que lo vence y las olas que lo arrebatan del navío, en el verso 860 del libro quinto, hasta que Eneas siente que el barco flota ya sin piloto, a la deriva, abandonado, en medio del mar, a la ventura. Es el máximo extremo de la errancia. No hay en la literatura una situación semejante. Es el máximo extremo de la errancia, el límite. Allí no queda más que recrear o desaparecer. 

Y sin embargo, es un equívoco el que tiene Eneas, porque el máximo extremo de la errancia va todavía más lejos. Palinuro no fue vencido por el dios del sueño, el timón le fue arrancado por el mar y con él sin abandonarlo, se fue el piloto, que sobrevivió a las olas tres días. Al cuarto vio Italia y la alcanza, antes que todos. Y sin embargo, los bárbaros lo matan en el momento mismo de aferrarse a la patria prometida y a la patria buscada. Y así, en el sexto libro, Palinuro, en su vida de sombra, de muerto, dice la verdad, la trágica verdad de la aventura de buscar una patria.” 

Estas citas nos traen reflejos de otros buscadores de patria. Recuerdo aquí solamente a Moisés, cuando está ya ad portas de la tierra prometida y es castigado terriblemente muriendo sin llegar a conocerla. Esta misma tragedia nos sacude como americanos en cuanto estamos avanzando por los mismos filos que Palinuro y Eneas. En nuestras travesías nosotros no naufragamos, al menos no hasta ahora, pero quienes hemos estado en travesía podemos testimoniar tantas situaciones en que este extremos se nos aproxima, se aparece y nos hace llegar hasta el oído sus cantos. Situaciones extremas no tanto en el rigor físico, no en el hambre, la sed o el frío, sino más bien en la extraña y bella sensación de que nuestras obras y nuestras acciones están entregadas a un horizonte inalcanzable mucho mayor que todas nuestras expectativas y cálculos. La sensación de que todo cuanto hacemos y abordamos es apenas el balbuceo inicial de nuestra propia historia. Esta sensación nos deja de lleno en el segundo momento. 

El momento de las carencias 

Volvemos a Godo: 

“Hay que arrojarse a las carencias para palpar el borde del propio ser en su mayor zozobra. Repito, hay que arrojarse a las carencias para palpar el borde del propio ser en su mayor zozobra. 

Y todo nos fue dicho en el comienzo del poema, cito a Virgilio: “Muy maltratado fue, en tierra y mar, por el poder de los dioses ... muchas guerras afrontó antes de echar los cimientos de su ciudad y establecer en el lacio sus penates / de donde procedieron las razas latinas ... y los altos “muros de Roma”. Pues fundación y destino es aventura y peripecia. Ellas alumbran después la historia, ellas ( esas aventuras y peripecias) hacen posible la historia. “Tantae mobis erat Romanan condere gentem” – (“Tan enorme esfuerzo requería fundar el lugar romano”).” 

Entendiendo así que las travesías son nuestra aventura y nuestra peripecia. Y sobre todo que las travesías son el arrojo a las mayores carencias, porque en ellas no estamos averiguando las “necesidades” sociales de las gentes del lugar, no estamos constatando deficiencias de infraestructura ni estableciendo parámetros de pobreza o riqueza. Estamos precisamente palpando los bordes del propio ser, es decir conociéndonos y aprehendiéndonos en los extremos. Porque hay que vestirse de héroe para llegar al fondo del propio oficio. Sucede así que con nuestras obras no estamos arreglando panoramas políticos ni sociales ni antropológicos ni nada. Al menos no directamente. Pero también es cierto que todo cuanto hacemos no es inútil, no queda entregado a la nada. Esto porque la poesía finalmente sí opera, aunque sea lentamente a “paso de paloma”. Opera para cambiar el mundo efectivamente y no sólo en la apariencia superficial de las cosas. Esta operación sucede no tanto en el mundo de las obras materiales, que las nuestras son harto leves además, sino en el lago del corazón. Avanzamos entonces al tercer momento. 

El momento del amor y del reino. 

Cito a Godo: 

“La travesía, después de la travesía de la carencia, la travesía de lo impropio, el amor y el reino. La travesía del amor y la del reino se levanta bella, fascinante, se diría que justa pero insuficiente. Es nada menos que el eje de los cuatro primeros cantos del poema. Es el amor espléndido, el amor de Eneas y Dido (Elisa, amante, amada, amanza). La erección hermosa de la ciudad hermosa, Cartago, y nada menos que ante los ojos de los buscadores de patria. Es el hallazgo de la felicidad y del hogar. 

Y sin embargo, la felicidad y el hogar, es lo impropio. Por eso va a producirse el esquive cruel de Eneas, que lo van a sorprender en el amor espléndido y en la ciudad espléndida con la advertencia, pues le recordarán que no hay patria sin destino y que el destino es más que el hogar y que la dicha. 

Dido abandonada, Cartago abandonada. Nunca, nunca dejaré de conmoverme hasta las lágrimas ante la voz de Dido, la suicida, frente al abandono puro e intacto de Eneas. “Sic sic innat ire sub umbras” (“así, así, gozoso irme a las sombras”), dice Dido, mientras se suicida. “Así, así, este gozoso irme a las sombras”. Difícil es imaginarse amante igual, difícil es imaginarse altura igual en un ser femenino, y sin embargo, el destino es más que el hogar y la dicha. “Sic, sic, innat ire sub umbras”. ¿Qué mujer podría decir eso hoy? 

Recuerdo ahora la historia del Bounty, el barco de la marina inglesa que llega a Tahiti. La tripulación encuentra el paraíso, una nueva patria y un nuevo hogar y deciden quedarse. El segundo de a bordo se amotina contra el capitán y se queda. Así también le sucede a Eneas, quien encuentra una patria en Cartago, además su reina Dido se enamora de él, y sin embargo Eneas continúa su errancia, vuelve al viaje. Guardando las proporciones y las diferencias ¿no es esto exactamente lo que intentamos año a año recorriendo América? Porque hemos encontrado lugares maravillosos donde podríamos quedarnos para siempre, donde hemos sido acogidos con una hospitalidad que no se puede concebir en nuestros círculos de relaciones corrientes, donde la vida parece florecer siempre plena a pesar de los climas o las distancias. ¿Por qué preferimos volver a partir? Partir, seguir partiendo siempre.


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