2004 Trimestre 2 Clase 7

Martes 27 de Julio

Bien, la clase anterior dije que estábamos revisando lo que llamamos la tradición poética de la Escuela, o la teoría poética de amereida. En aquella ocasión comenzamos a tratar la relación entre la Eneida y América, presentando un poco los antecedentes del libro “La Eneida”. Quedó pendiente tratar acerca del contenido mismo de la eneida y el por qué ese libro en particular, esa historia, ese relato, es tan significativo para nosotros. Sin embargo, el taller de amereida está abocado a tratar el presente de la escuela (por eso y no por otra cosa tratamos con los hechos de nuestra tradición) y el dia viernes pasado estuvo aquí el señor Eric Goles haciendo una clase. Me voy a referir a lo expuesto por el señor Goles. Obviamente no voy a hacer matemáticas ni nada de eso, sino a considerar su exposición desde o hacia lo que he estado haciendo en este trimestre. 

Goles definió el tiempo como un río: es un flujo constante o contínuo y no los saltos de discreciones. Uno ve que el agua de un río es un flujo constante y que además corre siempre a una misma velocidad. El rio no se ve como emisiones entrecortadas de agua. Goles contaba que en algún momento de la historia –no importa ahora cuando- comenzó el hombre a capturar (más bien medir) el tiempo ya no como un fluido (al modo como lo hace un reloj de arena o uno de sol) sino en unidades discretas (por ejemplo a través del goteo de un líquido). 

Hasta nuestros dias los hombres presentimos el tiempo como un continuo constante que transcurre independiente y casi a pesar de nosotros. Y presentimos que ese transcurrir es siempre a la misma velocidad. Esta impresión la obtenemos de las suceciiones aparentemente initerrumpibles que gobiernan los acontecimientos de nuestra vida diaria. Por ejemplo la sucesión noche-dia-noche, o invierno-primavera-verano-otoño-invierno y así ad infinitum. Estas ideas o concepciones acerca de cómo es en verdad el tiempo no nos interesan en cuanto sí mismas, es decir no queremos decidir si el tiempo es lo uno o lo otro, sino como se relacionan permanentemente lo continuo y lo discontinuo en todos los ámbitos de nuestro quehacer y acontecer. Dicha relación se presenta sobremanera clara y nítida cuando consideramos a la poesía para explicarla. 

Godo establece que la poesía posee la mayor cantidad de información posible para una lengua. En la poesía se encuentra una densidad semántica mayor que en cualquier otra manifestación lingüística:

“Ya Martinete lo indica con meridiana claridad cuando en sus “Elementos de Lingüística General” apunta “la tendencia a la concisión, es decir, el aumento de la densidad de información es frecuente en el poeta”, razón que cierta mente indujo al mismo Jakobson, aunque desde otro punto de vista, a sugerir en el antes mencionado artículo que “es en términos de encadenamiento de probabilidades que la estructura de la poesía puede ser descrita e interpretada con el máximo rigor”. La noción de densidad semántica fue aludida para la poesía por el lingüista Yvan Fonagy al anotar que “Cuando penetramos en el dominio poético nos sorprende la densidad semántica del lenguaje: a pesar de las repeticiones impuestas, las simetrías, los paralelismos y todas las formas de redundancias que se encuentran, los poemas se revelan particularmente ricos en información aún en el sentido técnico del término”.


Esto significa, por ejemplo, que cuando en un poema aparece la palabra árbol, no necesariamente se está queriendo decir el objeto grande, verde, sostenido sobre una vertical café. Es más, la palabra árbol utilizada en un poema puede significar otras cosas, cualquier cosa según sea el poema. La poesía trabaja entonces con el máximo de información posible: 

“Dice Martinet: “Las unidades discretas son, pues, aquellas cuyo valor lingüístico no resulta afectado en nada por variaciones de detalle determinadas por el contexto o por circunstancias diversas”. Pero en la poesía sucede que las unidades discretas son tales, porque confirman sus distingos con las demás impidiendo que se las confunda, con el agregado que implican fijación de contexto y circunstancia. La unidad discreta en el poema existe como tal pero cada una trae consigo determinaciones contextuales que impiden cualesquier variaciones de posición.
El propio Martinet subraya con agudeza que “La lengua económicamente ideal sería aquélla en la que cada una de las palabras, cada uno de los fonemas pudieran entrar en combinación con todos los demás, produciendo cada vez un mensaje. Nuestro modo de hablar cotidiano está lejos de esto. La lengua del poeta “hermético” tiende hacia este ideal”.

Se trata entonces de pensar en que estas unidades discretas de la poesía, que pueden llegar a ser incluso las letras, pueden producir, cada vez al combinarse entre sí, un sentido y un significado. Se trata de alcanzar un lenguaje ideal, en que cada palabra o fonema pudiera entrar en combinación produciendo siempre un mensaje coherente. La poesía “hermética” que tanto trabajó Godo, pudiera parecer –en primera instancia- inentendible o sin choerencia “real”, pero su horizonte es precisamente mostrarnos cómo la lengua está verdaderamente más allá de las estructuras convencionales de la comunicación. No es el camino hacia no entender lo que se quiere decir, sino hacia enriquecer las posibilades del lenguaje. Las palabras o fonemas en un poema hermético están dispuestas en una combinatoria que conduce no sólo al significado corriente, sino hacia el aumento radical de las posibilidades de mensaje: 
“La manera de ser fundamental de la lengua, se muestra, antes que nada, en la unidad discreta, que como tal se da como elemento irreductible y presente. Dicha unidad discreta en su variedad, según diferentes cotas, alcanzan su máxima virtualidad semántica en la poesía. “Es cierto que el poeta corta en lo vivo – dice Fonagy – las convenciones del lenguaje liberando palabras y pensamientos de las asociaciones tradicionales. El trabaja – agrega – con las más pequeñas unidades semánticas, utilizando la red verbal de mallas más estrechas para coger en su red los detalles que escapan al lenguaje ordinario o los que en este no se pueden expresar de modo adecuado.

Pero ya sin entrar en terrenos dudosos, lo cierto es que el trabajo con unidades discretas de la lengua, como tales – invenciones de nuevas unidades discretas normalizadas que acentúan la densidad semántica -, prueba que ellas constituyen, más que un procedimiento, la realidad misma de la lengua en su poesía. 

No cabe, pues, confundir la significación con el sentido. La pregunta por el sentido debe situarse a partir del hecho mismo que la combinación e invención de unidades discretas, cuyo objetivo es perfilar un mensaje, se cumplen, precisamente, con unidades discretas y no de otro modo. ¿Qué sentido tiene que ello ocurra así? ¿No envuelve esta pregunta – a su vez – la pregunta misma por el sentido de la lengua con tal? Por cierto que cualquier respuesta que se obtenga desde fuera del ámbito propio de la lengua considerada Como “Corpus” no es respuesta, pues, nos remitiría, sin término, de un campo a otro según las múltiples disciplinas en que nos fuéramos apoyando.” 

Toda esta cuestión es trascendente a la hora de comprender cuál es nuestra tradición poética y por qué leemos y hacemos cierta clase de poemas. La preocupación final de un poeta enfrentado a su propia creación escrita es el ritmo. Muchas formas hay de definirlo y de considerarlo. Por ahora debo atenerme al texto de Godo y a lo que este se dice respecto de lo discreto y lo continuo: 

“El ritmo. 

Los elementos irreductibles de toda lengua son las unidades discretas con que ella se constituye como tal. La articulación de dichas unidades discretas que conforman una lengua tiene dos alternativas. Tender la manifestación de la continuidad; hacerla aflorar, exponerla. Y en semejante movimiento y articulación decidir el mensaje signficativo – comunicación e información -. La continuidad, pues, supone la articulación compleja de unidades discretas. O bien, la lengua puede con el supuesto de la continuidad tender, moverse, articularse a fin de exponer, poner de manifiesto la discreción misma, y entonces su sentido sería, ya no la continuidad, sino lo discreto mismo. Por cierto, la continuidad no se alcanza por la mera voluntad de conjugación de tales o cuales unidades discretas y reglas ordenadas para fines semánticos.” 

Ahora bien, todo esto es importante por lo que hablábamos al comienzo sobre el tiempo, y me junto aquí con lo dicho en otras clases acerca del acto poético. Antes veamos qué dice Godo sobre la situación de la continuidad y la discreción en relación con la fiesta o acto poético. Porque en el fondo nuestros actos poéticos no son otra cosa que la celebración de la posibilidad de un otro tiempo: un tiempo que de pronto se muestre ya no gobernado por las sucesiones infinitas, sino expuesto por el quiebre de esa continuidad. Un acto poético es una escisón en el tiempo, una fiesta que puede durar bien unos pocos segundo o bien una eternidad; es una abertura radical que al modo de una discreción, permite aprehender la totalidad. Un acto poético pretende establecer el verdaero ritmo del tiempo a través de su detención o suspención. Por cierto que esto es más largo y complejo, por lo que deberemos tratarlo más adelante. Me quedo, por ahora, con las palabras de Godo, sacadas de otro texto “Dos Conversaciones”: 

“Mas ¿qué nos dice “mundo”? Latamente el mero juego de aparición y desaparición. Sólo en la latitud de tal juego el mundo se hace a sí mismo mundo; aparece como tal, dígase estante o cambiante. 

Aparece – desaparece – soñando, imaginando, recordando, olvidando, viendo, tocando, etc., etc. (quiérase ya subjetiva u objetivamente, no interesa este punto). Ese juego de aparecer y desaparecer, ineludible tiene como fondo el desaparecimiento mismo. La aparición se decide como aparecer sólo por el desaparecimiento, de suerte que la desaparición es propia de la aparición. En el paso de la aparición desde el desaparecimiento se abre la poesía misma (Banquete, Platón). Tal juego es el juego del mundo, es suyo y por ende; siempre poético. Se está así; en tal juego lato y se da mundo – es decir, aquello que le va a “todo” del “todos” o “cualquiera”; latitud o irreductible en la que se es inmersos, real condición. 

La Fiesta suele ser pensada como momento X inscrito en otro u otros momentos. Y. Así ella cae en la zona de lo extraordinario. ¿Qué es lo extra-ordinario? Extra y ordinario. Pareciera que lo ordinario quiere decir lo que trae consigo la repetición – oscuramente entrevista en ese concepto corriente – la continuidad. De suerte que ella brota lo extra de la fiesta. En sentido usual tal continuidad que adhiere a lo convenido, lo usual, aquello en medio de lo cual me hallo, estoy, y ya – o debo estar para poder seguir estando. De allí ele tono que suena a obligación, de suerte que no puede suceder de otra manera (so pena de dejar de estar). Lo extra, lo fuera de ello es lo que marca cierta discontinuidad, aquello que quiebra, modifica o irrumpe. Así par la salud es la enfermedad, para el ir al empleo lo es el domingo, etc. 

Por ejemplo: es ordinario volver de Valparaíso a Viña del Mar en tren, en bus, a pie, en taxi, con todas sus posibles variables. Sería extraordinario volver en helicóptero, hoy ¿Por qué? Lo ordinario se apoya finalmente en aquello que se consiente como obvio. 

Pareciera ser el resultado estadístico de una frecuencia. Tal vez así se manifieste lo ordinario de lo ordinario. Por cierto que si se estableciese una ruta marítima a dos helipuertos ese modo de transporte pasaría luego a ser ordinario. ¿Es extra-ordinario lo que no se tiene o no se conoce? Así parece manifestarse lo extraordinario 

Y sólo se repara en ello en el aire de lo extraordinario que lo revela ordinario, constante, permanente, esencialmente suspendido, apareciente y poético. Es absolutamente extraordinario que el sol salga cada amanecer y se ponga en cada atardecer y únicamente en esa lumbre mañana y tarde son ordinarias, admirablemente ordinarias. Fiesta quiere decir saber que el sol puede no salir mañana y calma quiere decir vivir sabiéndolo y no fingirse ignorarlo. Vivir sin saberlo es no poder vivir es sobrevivir escondiéndose, no alcanzando a vivir. Calma es por eso lo íntimo del ritmo. 




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