2004 Trimestre 2 Clase 6

Martes 20 de Julio


La vez anterior hicimos una suerte de recorrido a saltos entremedio de lo que hemos lamado la teoría poética de nuestra escuela. Si uno relee ahora esos apuntes y se refiere exclusivamente al texto que cité entonces, se encuentra con un pensamiento lógico y un paso-a-paso coherente. Sin embargo la tradición poética de nuestra escuela es riquísima y para suerte nuestra no depende de una sola arista; está repleta de direcciones, de llamados y de iluminaciones. Quisiera continuar explicando nuestra poética, para que se muestre la poesía misma, la poesía que es la palabra que construye el mundo y no la poesía de la literatura. Para ello escojo ahora dos palabras ENEIDA – AMEREIDA, que es el título de un texto de Godo, de esos que les dije que estaban en la bilblioteca y que debiesen ustedes leer. Y voy a extenderme sobre esto en dos partes o capítulos; uno hoy día y luego el segundo para la siguiente clase. 

Si todo lo expuesto la vez anterior nos remontó unos 150 años sobre Francia y Boston, ahora volvemos unos 1000 años y de ahí hasta Grecia varios miles más. Es curioso pero este ir hacia atrás es también, oh paradoja, ir hacia delante. Me explico comenzando por Godo: “es necesario aclarar qué entendemos por tradición. Por dos razones. Uno para saber cómo la tradición abre lo nuevo. Dos, cómo ella soporta y escurre en las obras que la renuevan con las lenguas y con las existencias. Es habitual presentar como casi opuestos los términos de tradición y novedad, como suelen decir algunos, tradición y aventura”. Recordemos brevemente lo dicho la clase pasada respecto de la novedad: que está ubicada allí en el fondo del desconocido, que es a su vez el horizonte moderno. Quisiéramos demostrar entonces la no incompatibilidad entre nuestro horizonte de absoluta modernidad con los hechos de la tradición, ¿cuál tradición? Cualquiera desde un punto de vista de su estructura misma, pero una muy particular desde el puinto de vista de su direccionamiento, de hacia donde nos lanza y relanza. La definición que propone Godo para lo que es la tradición es sencilla y en extremo bella: 

“partamos de cierto obvio, por ejemplo el obvio, de que la tradición se hereda. A menudo se dice con ello que la tradición se mantiene repitiendo lo propio del pasado de suerte que en los cambios temporales no se adultere. Pero, se pueden pensar la tradición y la herencia de otra manera. Por ejemplo; la herencia como algo que alumbre, que venga a luz que se de a luz como una mujer que da a luz y que con ello señale, indique o mejor dicho abra un campo existencial. 

Más que atenerse o conservar axiomas. La herencia surge y brota creativamente. La tradición incita en la herencia que la trae a luz de tal modo que es como la vida, y estaría pues siempre presente, doquier y por lo tanto siempre inmediata. Pero, ésta, su inmediatez, la esconde, como la inmediatez de la superficie no deja reconocer el muro. La herencia, en este caso, heredar sería traer a luz la tradición es decir, escuchar –su llamado– para desocultarla. La tradición o real historia en su esencia temporal, sería este esconder y manifestarse, este ascender o bajar como las mareas según las invisibles atracciones, como por ejemplo la luna, sería con ello, el ritmo mismo de nuestro vivir. 

Así, quizás, lo esencial de la tradición no es tanto lo que se infiere de un postulado primero, sino llamado propio que irrumpe, que se obedece o no se obedece, que se cumple o no se cumple, y se oculta hasta volver a reaparecer”. 

En esta suerte de sístole y diástole constante nos encontramos con la Eneida. Y voy a hacer una pequeña confesión. Yo había leído la Eneida hasta dos veces antes de llegar a la escuela, y no me había parecido distinta a cualquiera de los clásicos griegos –a pesar de tener algunos miles de años de distancia-, por lo que su “herencia” no se me había hecho presente. Es más, la volví a leer cuando era alumno de diseño y no tuvo mayores efectos. Creo además que ningún libro merece más lecturas que esas si no aporta demasiado más allá de una mera “culturización general” o de tecnicismos académicos. Sin embargo una melodía extraña surgió definitivamente desde sus páginas, pero a través de otro libro; amereida. ¿Por qué, cómo? Godo continúa: 

“De este modo, tal vez así se construyen las culturas. La tradición por la herencia es una invitación a recrearla, como si su emergencia fuese su mismo ser. Por el modo peculiar que tales o tales hombres oyen ese llamado se constituyen los pueblos en pueblos diferentes, quizás. Pareciera que la historia de un pueblo es la melodía (altura y bajura de notas) que diseña el modo como en él se re-crea esa tradición. Más que una tradición establecida de una vez para siempre, que tienda a mantenerse, hay una pulsación que ora da a luz uno de sus perfiles, manifestándola, ora, tras ser nuevamente oída, revela un lado, o bien otra cara inédita. Y así sucesivamente, descubre ese diamante siempre escondido y que nos llama – si lo oímos – para, renovadamente, hacerlo esplender. ¿Dónde está, pues, siempre tan inmediata, y tan escondida? ¿En el sueño de un futuro, en el recuerdo de un pasado? En occidente al menos ella vive en ciertos modos de la existencia cotidiana, pero en lo más inmediato del hombre; en la palabra; en el lenguaje. 

Cuando por algún quiebre, alguna ruptura de lo obvio, de lo que es tan inmediato en el lenguaje, cuando se quiebra el lenguaje y se la escucha, por esa fisura, por esa rotura ella sobreviene como moción del alma o como luz furtiva en el pensamiento, o como resonancia del eco, o cual mente abstraída, sueño o vaga inclinación, pero ya nunca más nos abandona. 

Así hay lecturas que tocan la existencia más allá del hecho, sicológico como si el propio lenguaje se oyese a sí mismo como cuando niños se oía en la caracola el ruido del mar, y se oye en el lenguaje lo que ocultamente tiene de más propio: su innumerable diamante. La tradición siempre renovada aflora y construye el lenguaje desde la Poesía, para las ciencias y oficios, hasta para la terapéutica y el habla. 

Por otra parte, a la luz de este ritmo de la tradición y la herencia, de suerte que una va en la otra como en la aventura va la tradición misma, nosotros comprendemos lo que impropiamente se llama en las historias; influencias.” 

¿Cuáles influencias? 

Los héroes, a través de las eras, han sido tratados desde diferentes perspectivas en orden a construir alrededor de ellos toda clase de justificaciones territoriales, políticas, sociales, etc. Los mismos héroes que para determinada cultura representan ciertos valores, a la vuelta de los años son reinterpretados y ubicados desde nuevos puntos de vista favoreciendo o aborreciendo pensamientos, ideas, vocaciones, etc. Existen ciertos héroes mitológicos cuya personalidad y acciones tienen una característica o impronta ética indeleble a través de los siglos, pero cada tiempo ha interpretado su forma física, sus cualidades y hasta su historia para adecuarlos a un modelo de comportamiento moral y de justicia que se adapte a las circunstancias. Los héroes son personajes que de un modo u otro han vivido en los límites de lo corriente o lo establecido, llevando su accionar hacia la frontera entre lo imposible y lo increíble. Siempre movidos por el anhelo de un mundo mejor, combatiendo la injusticia y la maldad, construyendo mundo allí donde reina el desorden, reforzando o manteniendo con vigor los fundamentos de la civilización. Ellos son representantes no sólo de las fuerzas benéficas que combaten contra la maldad y la perdición en un cosmos imaginario no terrenal, sino que además representan la lucha del hombre consigo mismo, con sus propias pasiones. Es por esto que la poesía y las artes se han ocupado de ellos tan intensamente. 

Eneas, el personaje principal de la Eneida de Virgilio, ha sido estudiado profusamente no sólo desde la literatura, sino que desde múltiples disciplinas. No se trata de averiguar si él realmente existió o si Virgilio nos dejó velados y misteriosos secretos en su poema. No se trata de conocer sicológica ni moral ni simbólicamente a Eneas. Al hablar de identidad se hace referencia a una igualdad que –en Eneas y en la Eneida- se pueda verificar siempre, sea cual sea el momento y en lugar en que se llevan a cabo las interpretaciones. Muchas veces esta identidad deviene por medio de la comparación; cuando igualamos esto con aquello decimos es “idéntico”. La comparación, bellamente realizada, es una metáfora y el arte a lo largo de las épocas se ha valido de ella para expresar valores y sentidos de todo orden. Al ir un poco más lejos podemos pretender que esta metáfora identificatoria nos ubique en alguna verdad acerca de quien es –aún hoy y aquí- Eneas. 

La poesía es tal precisamente porque cuando dice o canta, al mismo tiempo calla y es eso que calla acaso lo que deviene como la poesía misma. Junto al decir se da el callar y cualquier interpretación que se adentre en ese campo tiene pocas posibilidades de ser exitosa o coherente. Sí podemos buscar reflejos, consecuencias y coincidencias en lo que el poeta escribió, pero de ahí a obtener sus verdaderas y profundas motivaciones y a decir con responsabilidad lo que el poeta quiso decir cuando dijo esto o aquello hay un abismo. Además, quisiéramos sostener que no existen dos o más clases de poesía; sólo hay una y cuando llamamos “poema épico” a la Eneida estamos segregándola hacia un terreno que tal vez nos permite estar más tranquilos a la hora del estudio y del análisis, pero que en cuanto al poema no avanza para nada. Es posible decir que Virgilio se adentró en el mundo histórico y mítico porque su contexto, en ese momento, lo permitieron y hasta lo exigieron, pero el resultado es infinitamente mayor que la causa. No esta la ocasión para descubrir la trascendencia que la obra virgiliana tiene para la civilización occidental, pero pensamos en Eneas precisamente porque es alguien completamente diferente a cualquiera otro de los héroes que la poesía y la literatura han producido jamás. Nosotros, los latinos, hemos heredado a Eneas no sólo como un personaje que nos represente en cuanto a valores ni como modelo de acción o vocación. Eneas no es un semidiós que nos establezca modos o ejemplos ni de comportamiento ni de valentía. Ni siquiera es un reflejo de las complejidades del alma humana aún cuando sus dudas, sus pecados, sus fracasos y sus logros sean un magnífico espejo de cuanto el hombre es. Nosotros lo heredamos no como un capital –poético, cultural, etc.- del que disponemos para progresar. Heredamos a Eneas para que él nos de a luz una tradición que, si bien permanece callada en el poema, se oye de todas formas después de todos estos siglos. Si un camino ha sido abierto por la Eneida, precisamos que algún otro haya sido cerrado. En verdad son todos los caminos anteriores los que, más que cerrarse, han quedado incorporados en un nuevo tiempo. 

Cuando Virgilio decide escribir un poema épico, es evidente que tiene en cuenta a la Ilíada y a la Odisea. Pero este tener en cuenta no es, en ningún caso, repetir lo que fueron estos poemas griegos. Por el contrario, ellos son la luz necesaria, lo que se requiere para reestablecer o remirar aquello que conforma la más profunda esencia de un pueblo: su leyenda. La Eneida es la leyenda de la fundación de Roma en el sentido de ser su fundamento más primigenio; allí donde está el más hondo modo del ser romano. La Eneida, más que interpretar ese ser, lo crea. Eneas era un mito como muchos otros que tenía el mundo romano, pero Virgilio lo lleva más allá del mito y lo convierte en la leyenda fundamental. Pareciera ser que los pueblos, las razas, las grandes naciones, requieren de un leyenda o epopeya fundamental para ser eso que son. No se trata simplemente de una identidad cultural o de la historia de independencias o las guerras de los padres de la patria, no hablo aquí de construcciones de ciudades o conquista de territorios. Me refiero a la creación íntegra de esa patria, desde el cero hasta la máxima grandeza. Ese acto de creación, que sólo lo puede la poesía, es lo que regala el origen y por lo tanto el destino a una nación y también a un imperio. Virgilio le regala a Roma su origen y al mismo tiempo le dicta su destino. No en términos de vaticinios ni predicciones como hacía el oráculo griego, sino en el sentido de sentido. Es decir, le da sentido al modo romano. Más aún, le da sentido al ser latino, a la latinidad toda. No es un sentido único y es más bien complejo, porque decíamos que en la poesía junto con el cantar se da el callar, ésto aún cuando sea tremendamente explícito el dictamen en la Eneida: en el canto VI, Anquises le dice a su hijo: “creo también que habrá otros que tendrán la habilidad para dar al bronce el soplo de la vida y sacarán del mármol rostros vivos, defenderán el derecho con más elocuencia, describirán con el compás el movimiento del cielo y la salida de los astros; tú, romano, regirás a los pueblos con tu imperio. Tu oficio, recuérdalo bien, será imponer el hábito de la paz, perdonar a los vencidos y dominar a los soberbios.” Éste puede ser interpretado una y otra vez. Sin embargo es éste un mandato de destino y muy extraordinario por lo demás, pues es la primera vez que una nación poderosa tiene como destino u oficio “imponer el hábito de la paz y perdonar a los vencidos. La latinidad es este modo y aún cuando se argumente que Roma ya había comprendido que su forma de ser imperio estuviese basada, entre otras cosas, en “urbanizar” al resto del mundo, aquí aparece con toda nitidez esta vocación. El mismísimo Dante va a decir que Roma cumplió con esto y que sólo bajo la pax romana pudo nacer Cristo. 

La Eneida es la historia de un buscador de patria, de un errante. Eneas no es un guerrero y si bien debe librar una guerra siempre será “Eneas el piadoso”. Incluso en el momento cúlmine del poema, cuando va a matar a Turno, detiene su brazo y vacila un momento. Semejante vacilación no es una cuestión menor, no ha sido puesta allí para enternecernos ni para darle suspenso al desenlace. Esa vacilación es el tono de Eneas; es la expresión de lo que ha sido su peripecia; siempre llena de “piedad”. 



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