Martes 17 de agosto De muchas maneras el hecho de poseer una tradición "es necesario aclarar qué entendemos por tradición. Por dos razones. Uno para saber cómo la tradición abre lo nuevo. Dos, cómo ella soporta y escurre en las obras que la renuevan con las lenguas y con las existencias. Es habitual presentar como casi opuestos los términos de tradición y novedad, como suelen decir algunos, tradición y aventura. A veces el hábito lógico de la afirmación y negación pueden llevarnos a engaños bajo aparente claridad y tiene parte en ello cierta pereza de la inteligencia. Para ser breves partamos de cierto obvio, por ejemplo el obvio, de que la tradición se hereda. A menudo se dice con ello que la tradición se mantiene repitiendo lo propio del pasado de suerte que en los cambios temporales no se adultere. Pero, se pueden pensar la tradición y la herencia de otra manera. Por ejemplo; la herencia como algo que alumbre, que venga a luz que se de a luz como una mujer que da a luz y que con ello señale, indique o mejor dicho abra un campo existencial. Atengámonos por un instante a la idea de que una tradición implica una herencia y que esta herencia, a pesar de lo que corriente y superficialmente se piensa, no obliga a mantener repitiendo lo propio del pasado, impidiendo así que las nuevas circunstancias del tiempo y la historia cambien o modifiquen dicha tradición. Por ejemplo una herencia se transmite, en forma directa e inapelable, a través de un testamento. En términos corrientes –específicamente en lo atingente a los bienes y a la propiedad- un testamento está dispuesto hacia el futuro. Quien lo escribe está pensando en lo que sucederá con sus bienes (materiales o incluso espirituales, muebles e inmuebles) después de su propia muerte. Quien escribe esa clase de testamento está intentando colocar condiciones a ese futuro, intentando componerlo para sus herederos. Y éstos a su vez esperan que el testamento les reporte un legado provechoso. Pero hablamos aquí de una herencia poética y por lo tanto tratamos con un testamento de esta misma especie. Godo ha consignado un testamento de otra clase que él recibió y que a través de él nosotros recibimos también. No es un testamento material, pero sí ha provocado heredad y consecuencias. "Todo testamento se dirige hacia un futuro: lo prevé, trata de condicionarlo. Hay que contar con él según lo que Santo Tomás dice en Dante: todo lo que la astrología había anunciado del futuro era cierto y no fatal. El hombre conservaba la libertad de aceptar o bien esquivar el pronóstico. El anuncio valía de advertencia. Cosa curiosa: incluso para quien jugaba con él, el anuncio no perdía su condición inevitable de referencia. Pero ¿qué se espera de un testamento? ¿una herencia, un legado, un provecho cierto? Pero ¿acaso existen las herencias en la poesía? De hecho en general la herencia no coincide con lo que se espera. Y la herencia, por el hecho de sólo tener lugar, se muestra a los cuatro vientos." Significa esto que aquella expectativa de lo que recibiremos no se cumple. Casi como la clásica caricatura del cine, en que está toda una familia reunida para leer la última voluntad del difunto y para disfrutar la repartija. Entonces se enteran que los millones de dólares quedan en poder de la mascota preferida del viejo tacaño. Pero también he oido cuentos reales de abogados que asisten a la destrucción de una familia porque entre los hermanos se pelean a muerte un par de sillas de comedor. Ahora hablamos de consecuencias acaso más difíciles, graves y duras que las recién mencionadas. "Un poeta nunca tiene deudas reales con otro poeta -tristeza de la juventud del siglo y de sus “movimientos”- (genealogías surrealistas). No se es deudor del aviso temático -si se puede nombrar el agua tema del río- ni del estilo y menos aún de las palabras. Un poeta real, es eso: un rey en su quehacer, sin saberlo nunca, buscando voces que confirmen aunque sean anónimas y secretas. Y sin embargo todo el mundo recibe una herencia y deja una herencia. Pero llegan más las cifradas que las biológicas. Lo primero es comprender que sí existe herencia en poesía cuando un poeta acepta, por un secreto lúcido y extraño, maravillarse, entrar y continuar -como cualquiera otro de los horribles trabajadores- por el horizonte donde se desplomó su antecesor. Es al menos mi caso, mi relación no hacia Godo directamente, sino hacia aquello que él trajo desde la noche de los tiempos y nos lo dejó iluminado sobre la faz presente del mundo. La escición en el lenguaje que Godo abrió no tiene un único nombre ni se puede definir con la precisión con que la geología determina la posición de las placas terrestres. Pero existe, está ahí y para dilucidarla debemos constantemente hablar sobre ella. De eso trata el Taller de América. Lo segundo es comprender que esta herencia, este legado trae duras consecuencias. No es cuestión de sentarse a la mesa del abogado a oir la lectura del testamento. "para entrar hay que despojarse; no estar “en limpio”. Quedo perplejo ante todos los que testifican del “limpio “, esos sorprendentes procesos de identidad. Que la poesía nos guarde de nuestros “propios muertos”. Es preciso que los deseos más fuertes se quemen para dejarnos “impropios” hasta la latitud cero de impropiedad; sin drogas, sin inconscientes, sin ilusiones ni devolución de sombras, ni eco astral, ni súbitas revelaciones de mi “propio aniquilamiento”. Mejor la severa medida del “soy otro” y los fragmentos de desconocido que quieren llegar a los labios para decirse desdiciéndose." He estado hablando sobre las herencias poéticas; del modo como la poesía ha calado la vida de esta Escuela. Pero cuando digo la escuela me refiero no solamente a quienes tenemos por ocupación la poesía misma, sino que extiendo el legado a todos los oficios; a los profesores, a los alumnos y hasta a los ex alumnos. Porque esa impropiedad de la que nos habla Godo no es sencilla al interior del ámbito académico, mucho menos lo es en la vida del ejercicio profesional o en el marco de las relaciones humanas, familiares y sociales. Se requiere algo más que buena voluntad. Es un camino extraño, duro, que compromete todas las dimensiones de la vida. ¿Quién puede decir que será otro justo cuando el mundo le exige comprometer una individualidad extremadamente definida? ¿Quién puede ser otro cuando los compromisos reales, de vida o muerte, imponen ferozmente el éxito personal en todos los ámbitos? ¿Alguien puede creer que la felicidad está justamente en los procesos imprecisos de cambio más que en la solidez aparente de las bases “culturales”? La severa medida del soy otro implica aceptar que una vida se vive coherentemente no cuando se alcanzan las metas definidas por los estándares sociales; implica aceptar que una verdadera formación se recibe aprendiendo a oir aquellos intereses íntimos que nos llaman y convocan, no cuando se acumula conocimiento práctico. Por el simple y natural hecho de que esos intereses van cambiando a través de la vida. Ninguno de nosotros puede asegurar las condiciones estructurales sobre las cuales nos tocará -en suerte o desgracia- desenvolvernos como oficiantes, como familia, como agentes creadores. La ceguera de naciones como la nuestra es creer que la capacitación profesional conduce a la realización personal; creer que una persona puede desarrollarse a través de la adquisición de datos e información. La severa medida del soy otro significa dedicarse, aquí y ahora, a oir el modo en que las verdaderas preguntas surgen desde nosotros mismos, y dedicarse entonces a poseer las armas para entrar en esas preguntas, lo que no implica, en absoluto, responderlas. Nuestra herencia es de este modo, nuestra tradición no se trata de mantener inalterables los preceptos del pasado, sino justamente hacernos y rehacernos las preguntas fundamentales. Por ello el desrendimiento, los desapegos. Porque no se puede andar cargado con falsos muertos, no se puede preguntar cuando ya conocemos la dirección de las respuestas. Para preguntar hay que efectivamente no saber nada, volver a no saber, ser otro. "Primero es necesario que tomemos la dimensión humana, desde el arco tenso de la adolescencia seducido por el blanco, hasta la cordura aislada ermita del arco tenso por sí y para sí, en la única misión de ser lo que es blanco por el sólo hecho de tensarse. Y saber a partir de esa renuncia al blanco, que el gran espíritu pertenece a los pobres, esa aristocracia del espíritu que Nietzsche indicó haciéndonos señas del lado de los que se aferran a otras cosas que la cosa verdaderamente importante que hacen. Ir en el sentido contrario que el de los bienes que se acumulan... Pero el espíritu de pobreza va aún más lejos. Hay que desistirse incluso del por qué nos desistimos; como explicó MaÓtre Eckart. En esa desnudez se podrá reconocer el rito, el culto, ya que en todo culto yace el Dios (finesa de Walter Otto saludando al alba y al crepúsculo Helios Hyperion); culto que exige la íntima querella de nuestro vicio más serio. Sería bueno reconocer que en la más banal manifestación del rito, la deidad transcurre. Y ese crucero, ese viaje acaba en el país Circeto de las metamorfosis, del juego loco de las imágenes, siempre recomenzado; entran siempre en el mismo río y nunca en la misma agua, metamorfosis de la luz en todas sus gamas inagotables, ya que la noche es también luz. Este arte sin embargo no corroe la libertad de la aventura. Circe dio a Ulises la alternativa entre dos rutas crueles. La aventura de las transformaciones expone la multiplicidad sobre la unidad que es la posibilidad de transformar. El comienzo inagotable o caos sin antes ni después pero siempre inminente incesante ya que es la posibilidad misma de toda mutación. Es una luz silenciosa, homogénea que absorbe las gamas tenues de la blancura polar, y tomar la inminencia del número artificio puro que emerge y canta (tonal, atonal, relativo, disyuntivo, aleatorio, etc...) Sí, es entonces cierto, hay flores árticas inexistentes. Henos aquí casi listos para salirnos del juego del tiempo, juego de apariciones y desapariciones. Baudelaire nos dice (Nietzsche también) la fuerza de esta pasión o viaje metafísico." |