Quinta clase del 20 de abril de 2004. Muchas veces, en este taller, nos hemos referido a amereida. Y hemos dicho que es un poema, una travesía, un libro, etc. propongo considerarla hoy como una visión. Amereida es la visión de la Escuela. Y es una visión propia y original. Tener una visión propia significa muchas cosas; un estado especial que influye en la vida, en el trabajo, en los estudios. Pensemos por un momento que es como un horizonte hacia el cual estamos siempre mirando y hacia el cual nos dirigimos intentando llegar. Nunca se llega a él, pero sus luces y voces nos iluminan y llaman y orientan en todos los quehaceres, en todas las tareas e incluso en todos los anhelos. Pero tener un horizonte propio no quiere decir sostener una dirección única, no significa andar sobre un camino exclusivo ni postular un rumbo absoluto. La vida es demasiado plena de posibilidades y probabilidades como para pretender la arrogancia de establecer que sólo algunas de éstas son válidas. De hecho es justamente al revés: poseer una visión propia, un horizonte original, permite precisamente esa abertura de las posibilidades y probabilidades. En la claridad de lo peculiar se acepta la diversidad y el ir hacia ese horizonte con la justa medida de cada cual. Esta escuela ha permanecido fiel a su visión y con y desde ella anda y camina hacia el tal horizonte desde hace más de cincuenta años. Ustedes, los alumnos, cuando egresen, deberán encontrar su propia posición en el mundo. Una posición desde la cual puedan llevar adelante sus propios intentos. Suyos y propios, no los de esta Escuela. Por supuesto que no se trata de olvidar lo aprendido ni de renegar de la formación recibida, pero es que esa formación quisiéramos que justa y necesariamente los impulsara, a todos y cada uno, a hallar una posición propia desde la cual acometer la construcción del mundo. Es más; esta Escuela es también todas vuestras posiciones; esta Escuela es también todos sus ex alumnos y ellos son testimonio de la visión. Seríamos un completo fracaso si todos ustedes, al egresar, quisieran seguir en la escuela en vez de ir a por el mundo. Pues bien. El día lunes pasado realizamos un acto en Valparaíso; recibimos a los alumnos de primer año. Aquella fiesta no fue un acto de iniciación, porque ni ustedes ni los ex alumnos ni nosotros los profesores somos iniciados en amereida. Una iniciación implica determinar, de antemano, conductas y modos de ser y de responder a los requerimientos que el mundo propone. Los iniciados en algo se entregan a una dirección definida y consagran su tiempo a cumplir con preceptos obligatorios. Esto no es ni menor, pero la poesía jamás va a tener iniciados. Su canto seduce a la libertad sin opción, a la primigenia. Seduce al instante o momento en el cual ustedes deben hacerse cargo de hallar, desde el más hondo e íntimo fuero personal, el llamado del propio destino. La poesía le canta el dios a cada cual. Que de ahí puedan ustedes juntarse y reunirse con otros y otras para construir el mundo, en hora buena, pero esto es ya un segundo paso (esto es por ejemplo la Ciudad Abierta). Tampoco hicimos un acto al modo de un bautismo. La poesía no bautiza a nadie; los poetas no son profetas que anuncien la salvación ni que anden ungiendo elegidos. Amereida no es salvífica porque no va a salvar a nadie de nada. Amereida no es la promesa de un mundo mejor ni resguarda el secreto de la bondad o de la esperanza. Nadie en esta Escuela ha sido ni será bautizado en amereida, o en la observación, o en el arte moderno. Nadie en esta escuela es nombrado con un nombre ajeno a sí mismo o con una palabra que no le corresponde. Amereida no canta en el nombre de la arquitectura o del diseño o de cualquier otro oficio. ¿Qué hicimos entonces el lunes al aterdecer en Valparaíso? No hicimos un mero acto por trámite para cumplir con una tradición (por lo demás las tradiciones vacías no existen porque nada alcanza a convertirse en tradición si no celebra algo profundo y real). Recibimos al primer año con acto de saludo. Es el saludo de amereida., así, el saludo de un pueblo. En ese acto se juega la composición de un pueblo. No importa por ahora si se trata de un pueblo de palomas o uno de estorninos, porque ambas metáforas de las aves quieren indicar una configuración acerca de cómo ese pueblo avanza y se mueve, no tanto sobre cómo se compone. Baste entonces decir que han sido recibidos en el seno de un pueblo y que gozan con toda la libertad para atender al horizonte y a un destino. Es este un destino abierto donde todos, absolutamente todos, pueden jugar (tal vez sólo se queda afuera del juego aquel que Claudio Girola llamaba el “aguafiestas”, aunque esto ya es otro asunto). Jugar en el acto del saludo, de esto se trata, aunque lo verdaderamente importante es comprender por qué es fundamental este acto. Un saludo, lo que hace, es provocar la aparición del LUGAR; un Lugar de encuentro. Toda construcción del mundo está basada en la comprensión de la Tierra en cuanto y como Lugar. Por esto amereida es la poesía del Ha-Lugar. |