Melo a Godo

martes 18 de marzo de 2003 
texto publicado en los diarios, por Gerardo Mello cuando la muerte de Godo 

En Viña del Mar hubo un Poeta

Eramos seis. Hoy tampoco somos muchos. Tal vez algunas decenas, en distintas ciudades del planeta, los poetas que no podemos concebir la poesía sin Godo. Aún más: no podemos concebir al mundo sin Godo. Todo comenzó una larga noche en un bar de Buenos Aires, teníamos 20 años. Salimos con los brazos entrelazados, encendimos una fogata en medio de la plaza, y quemamos centenares de versos. En el aire quedó la frase de Godo: “no afirmo nada, no niego nada, celebro”. Celebramos entre las llamas nuestra propia ligereza juvenil y la partida del viaje hacia la poesía. En nuestra bolsa de viaje Virgilio, Homero, Dante, Hölderlin y el Quijote. Siete, ocho horas de lectura, solitaria o en común, durante años. Godo se conocía de memoria el mapa de todos los viajes. A nosotros nos quedó el de Dante, y así fue como partimos hacia el Infierno, el Purgatorio, el Paraíso. Había una consigna tal vez juvenil y arrogante, pero la única para quien no quiere decir lo que ya se ha dicho: “Dante o nada”. Nosotros la repetimos incesantemente sobre las aguas del Amazonas, en los burdeles, en las iglesias, en la selva elemental. Más adelante, en las cordilleras de América, en las metrópolis del norte y en las viejas ciudades fundadoras de nuestro mundo, por las calles de Europa. El lo sabía todo y lo contrario de todo. Conocía la lengua y la palabra, la letra y la sílaba. Después inventó el lenguaje. Atravesamos los golfos, el surrealismo, el ultraísmos y los demás. En el dulce país de Chile inventó a la más bella de las mujeres y al amor más fervoroso. Y en ese mismo instante también inventó al amor que mueve al sol y a las demás estrellas. Y vio al Dios de amor, luz de luz, lumen de lumine. Buenaventura, el seráfico doctor, enseña que sólo se entra al Paraíso con elegancia y cortesía. El fue el más elegante y el más cortés de los poetas. Kavafis, el padre de la poesía griega contemporánea, nunca editó un libro en su vida. Godofredo tampoco lo hizo, aparte de algún que otro texto publicado en Francia, en Alemania y en Brasil. Pero toda su obra fue primorosamente impresa, durante años, por una refinada curaduría del Instituto de Arte de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, etapa de su vida de poeta. Ahora que ha partido, cuando ya no es necesario obedecer la rigurosa discreción de su cortesía y de su elegancia, esta obra comenzará a ser celebrada, y crecerá el número de aquellos que hoy ya no comprendemos al mundo sin Godo, a la poesía sin Godo y de aquellos que sabemos que en Viña del Mar hubo un poeta. 

Gerardo Mello, desde Río de Janeiro


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