2003 trimestre 2 Clase 3

Azar

15 de julio de 2003. 

Nos corresponde, entonces, otro turno hacia la lista de palabras que elaborásemos el primer día; aquellas palabras que enunciaran lo inherente a todo viaje. Ahora decimos la palabra AZAR. 

Nos referíamos entonces a aquellos imprevistos que todo viaje posee, a lo sorpresivo que siempre surge e interviene. Y yo voy a interpretar particularmente los asuntos relacionados con esta situación. 

Suponiendo primero que el azar se hará patente y presente siempre y sin excepciones durante todo viaje verdadero. Sin embargo no es fácil aclarar ni decir qué es exactamente eso que llamamos azar. 

Es ta palabra árabe en los juegos de cartas o naipes significa justamente aquella carta o dado que contiene el número con el que se pierde. Pero en la percepción popular, la que todos tenemos y que además de sabia es la percepción que mejor manejamos, pareciera que el azar puede también resultar provechoso, es decir, que su aparición puede provocar ambas suertes: el buen o el mal destino. Tenemos entonces, pensando en un viaje, dos extremos para aproximarnos desde las palabras hacia la elucidación de nuestra propia lista. 

El primero es que resuelve al azar como un impedimento, como lo que desordena, destruye y desorienta el viaje. Aquellos hechos o sucesos o circunstancias por las cuales el viaje se interrumpe, se anula o fracasa. Y nadie en su sano juicio puede desear que esto se produzca, por lo que debe contar con algún arma que lo defienda de esta clase de azar, que lo libre de l a carta con el número que pierde y extravía. El mundo actual ha encontrado esa arma y la usa con denuedo y sin vacilaciones, sin importar las horribles consecuencias. La defensa se llama planificación. Hasta el más mínimo detalle se calcula y se prepara; itinerarios, destinos, gastos, etc. El no cumplimiento de cualquiera de los factores previstos o, más grave aún, el surgimiento de algún factor no considerado derivan en el desastre del contratiempo. No importa por ahora la gravedad del incumplimiento, el hecho ineludible es la aparición del contratiempo. La planificación invade ahora no sólo los viajes, sino prácticamente todos los aspectos de la vida, incluso en aquel incalculable por excelencia: el futuro. Pero el futuro permanece como aquello que posee el poder de destruir lo planificado. Y así el futuro se convierte en amenaza. Vivimos y viajamos en un tiempo mutilado por los contratiempos, en donde la ventura -lo porvenir- es percibido como amenaza, en donde nos sentimos y estamos seguros durante la indiferencia que transcurre dentro de un cálculo casi universal, cuando -paradójicamente- estamos constantemente amenazados por la ruptura de esa indiferencia1

La defensa de la planificación no son medios adecuados para salvarnos de las cartas o dados del azar, porque un verdadero viaje no puede emprenderse sobre la base de las amenazas ni de las indiferencias. De hecho esta doble mutilación del tiempo, este permanente contratiempo sí puede salvarse durante los viajes, como veremos al final. 

El segundo extremo por el cual se resuelve el azar es aquel en que lo consideramos como las circunstancias favorables. Aquellos hechos, factores y causas que intervienen a favor del viaje. Dicho más simple y sinceramente: las situaciones que responden en orden a permitirnos respetar el plan y el cálculo, la conjetura, la previsión y las suposiciones. Aquello que supuestamente no estaba considerado, pero que se vuelve lo benefactor, que nos acoge, nos hospeda y nos reenvía lo consideramos como algo extraordinario casi salvífico. Incluso llegamos a creer que pueden existir ciertas circunstancias que pueden y alcanzan a modificar radicalmente nuestros itinerarios, plazos y destinos y pareciera que el resultado surge incierto después de todo. 

El drama surge cuando caemos en la cuenta que hemos tratado al azar exactamente de la misma forma en ambos extremos: le otorgamos el poder de modificar y de intervenir decisivamente en nuestro viaje. Así entregados nosotros mismos en los brazos inciertos de un azar fluctuante, vacilante, indeciso y variable convertimos al viaje en un títere sin posibilidad alguna de verdaderamente realizarse. Así también le ocurre al tiempo: ha sido transformado en un mero accidente o eventualidad provocado directamente por el azar. Sucede entonces que el cumplimiento de nuestras tareas e incluso de nuestros anhelos dependen del azar. 

Hay una maniobra para salir de esta sencilla trampa. Nosotros vamos a aprender a viajar jugando en una phalène2. Nosotros sí consideramos al azar, pero al modo como lo hace la phalène; definitivamente no le concedemos al azar el poder sobre el rumbo de nuestro viaje porque no estamos embarcados por la ventura, sino en una aventura. Y la diferencia es fundamental. 

Cuando nos ubicamos en el primer extremo mencionado más arriba quisiéramos mudar lo adverso en favorable. Quisiéramos que sean cuales sean los impedimentos infranqueables, los obstáculos insufribles o los contratiempos insalvables, estar disponibles para consideralo todo como un regalo extraordinario e invaluable. Pendientes de aplicar la única regla por la cual el juego de la phalène siempre se cumple y nos deja jugar a todos desde un puesto inicial en el que estamos en lo mismo, todos por igual: la regla que permite corregirse a sí misma en todo momento y en todo lugar. Porque así podemos preparar y calcular el juego3, pero no condicionados por un resultado en el que importa ganar o perder, sino por un matrimonio entre el lugar y su fórmula. Es decir, un juego en el que lo trascendente y esencial es la experiencia por la que cada cual adviene en la poesía misma. Se trata de un cumplimiento otro, extraño si se quiere, sobre el cual se compone el tiempo presente. 

No es lo mismo atravesar un continente que dejarse atravesar por éste. Esa es la clave: dejarse atravesar4

Cuando nos ubicamos en el segundo extremo mencionado, aquel que dice que el azar se presenta como la buena suerte, sobreviene una consecuencia que de igual forma nos avisa y advierte que el azar no pude ser el dueño de nuestras posibilidades. Porque podríamos interpretar esa buena suerte como la buena ventura, y siendo así nos hallamos con lo siguiente: Para ser merecedor de las bienaventuranzas5

hay que hacer algo, hay que colocar una contraparte; que además resultan ser bastante difíciles de cumplir. En efecto, no es fácil alcanzar la pobreza de espíritu, la mansedumbre o la misericordia. Concluyo que para admitir azares favorables hay que estar incluso más dispuestos y abiertos que para enfrentar la dificultad. Razón y acierto tuvo Pascal cuando decía que el azar premia a los espíritus preparados.

Notas

Nota 1. Amereida vol. II desde pág. 81. 

Nuestra época moderna remata hoy en la per- 
fección de sus cálculos.   La forma acabada de es- 
tos cálculos es la planificación 
Para   la   planifica- 
ción, el cálculo se extiende hasta lo que era has-
ta aquí lo incalculable por excelencia:  el futuro. 
La planificación  (y su útil indispensable, el cálcu- 
lo de probabilidades)  le quitan al futuro su ca- 
rácter de incógnita. 
¿Por qué asistimos al desarrollo tan notable 
de la planificación prospectiva?    ¿Es por una ma- 
yor comodidad en las explotaciones?  Pero entonces 
¿por qué la previsibilidad  es así más cómoda? 
Si la previsibilidad es de este modo más có- 
moda, es porque el futuro se siente como amenaza. 
En efecto, mientras no es tomado en conside- 
ración por el cálculo, el futuro permanece como 
lo que es capaz de trastornar la planificación pre- 
sente 
Pero la planificación no hace más que acentuar el 
carácter amenazador del futuro.   En efecto 
1) Ella transforma   en presente  anticipa- 
 do todo lo que puede en él, calcularse

2) no dejando al futuro más que su parte 
 de imprevisto, imprevisibilidad, en po- 
 cas palabras: la amenaza que él presen- 
 ta contra toda previsión. 
El tiempo de nuestra época es así:  por una parte, 
factor determinado o coordenada especial en un 
cálculo universal; por otra, amenaza para ese mis- 
mo cálculo. 
En   este   Tiempo,   el hombre sólo puede 
vivir         en tránsito,  es decir,  en la indiferen- 
cia del pasado, del presente y del porvenir 
con solamente   la posibilidad amenazadora de  la 
ruptura de esa indiferencia 
Romper esta doble mutilación del Tiempo     tal es 
la condición previa a toda modificación de la vi- 
da



.Nota 2. SEGUNDA CARTA SOBRE LA “PHALENE” Conversación sostenida por Godo con los Miembros del Instituto de Arte U.C.V. en el año 1969.(fragmento).

Pero hablemos de juego. ¿Juego no vale regla, elementos, o principio y fin, marco?
El juego, como tal, es, de suyo, en su jugada, indiscutiblemente una “obra” pues él se hace, se abre para que esplenda la aparición de la poiesis misma del aparecer. Además, lo propio de un juego – que es de suyo “obra” – hecho por todos – cualquiera – es que admite en su regla, elementos, formas, y a todos, desde un mínimo hacer a un mayor hacer en orden a complejidades.
Un juego de todos en el que ese todos se da juego. Esta admisión pide una regla. La regla que abra tal admisión. Un límite plausible para pensar tal regla es verificar aquello que es peculiar de ese “todos”.
Un límite propio de ese “todos” es la ocasión del despropósito. Es decir, la regla ha de ser tal que admita la constante “corrección” de cualquier propósito. Esa “corrección” se dice así porque la regla la mantiene en el ámbito del juego que ha de conocer sólo un límite. Ese límite consiste únicamente en salirse del juego. En el juego poético de cualquiera la regla da cabida a cualquiera aparición que quiera estar en juego, simplemente. Al punto que si alguien permanece en el juego con el fin deliberado de destruirlo, sin querer irse del juego, es un elemento más del juego. Y la regla debe valer para él.
La regla trae consigo siempre un cálculo. El cálculo de ese juego que juega – muestra, delata – el juego poético de mundo. Es decir, esta Obra hecha por todos.
Por otra parte la regla debe, de hecho admitir y abrir juego y hacer jugar a los cualesquiera, a todo el mundo, con lo que hay allí. Allí, es a su vez, el allí “local” y el allí contemporáneo, vale decir el allí de no importa qué parte y momento del mundo. Y en cuanto es, propiamente, juego de mundo, puedo jugarlo doquier con cualquier otro doquier, convirtiendo todo en doquier. Es decir, puedo jugarlo en medio de una tribu amazónica con lo que hay “allí” y haciendo venir una luz atómica desde EE.UU. para un instante del juego.
Cualquier es también cualquier “Allí” sin folklorismos de ninguna laya. Pero la regla del juego es sólo regla en la medida en que ella es esencialmente poética, es decir, que tiene la virtud específica de comparecer con “los cualquiera” el esplendor de la poiesis misma, que ese es el único objeto del juego. Excluido otro fin. Por tal especificidad y exclusión la Phalène es de suyo Obra.
En tanto la regla se expande verdaderamente, la verificación del juego u obra esplende en sí mismo. Todo cuanto transcurre en el ámbito donde la regla juega es elemento y juega como elemento.
Por ello es que no juega a perder o a ganar, porque la regla fundamental admite la incesante “corrección”. Pero, en cambio, sí, puede decirse que no hay juego si la regla no fue adecuada para que cupiera cualquiera y para que así cupiendo todos, compareciera esplendente la poiesis del juego-mundo. En este sentido la Phalène no puede dejar de ser Obra.
Esto cierra la paradoja. La phalène misma es Obra y en consecuencia su oficio es necesario como oficio y se expande en regla, elemento, objetivo. El oficio de hacer poesía por todos y no por uno.

.
Nota 3. Amereida, página 78

¿ entonces ? 

acaso la obra hic et nunc      digamos improvisada     lo cual  quiere 

decir hecha allí mismo y no sin preparación ni preparativo y con 

todo el tiempo que se quiera   puede casar a la tierra con el nom- 

bre        es esta una celebración local     la poesía  el  acto  poéti- 

co      matrimonio de la mar con el dogo      la poesía semejante a 

aquellos franciscanos joaquinitas que partieron a bautizar a todos los 

hombres para que el mundo y su historia tuvieran acabamiento 

para apresurar así el fin del mundo       la poesía como acto parte a 

celebrar las bodas del lugar y de la fórmula    –    operación difícil 

como un sermón  que reconoce lo singular   nombrándolo    opera- 

ción dos veces infinita        pues es tarea inacabable finalizar el 

mundo   y puesto que todo recién llegado  ( sobreviviente )  ha de 

recomenzar la nominación por cuenta de su propia vida 






este vuelo quebrado      anhelante       lo hemos llamado phalène po- 

co importa



Nota .4. Nota 49 de amereida vol. II 

Hay un espesor entre hombre y hombre. La espesura no es la de esta trama inextricable de arbustos, la espesura invencible. El arte de la cortesía, de la convención de los oficios, como santo y seña para ahuyentar el miedo mantiene a todos los humanos y hace que nos atengamos los unos a los otros. Ni el amor basta para atravesarla. No se puede cruzarla por la convención de los caminos. Hay que ir a campo traviesa. Saber, saber, saber, que el camino nunca es el camino. Harto difícil será para todos nosotros comprender esto y eso es lo que hay de todos a todos en medio de la espesura. Hay otra distancia-tiempo que va de voz a voz. En la voz, no en el farol que está en la mano se puede cruzar esa espesura. Ella no tiene sentido, como no tiene sentido la pregunta de ¿quién eres tú? Ya no estamos como “tus”, ninguno en la espesura. En la espesura, y ella está en todas partes, aquí y en las ciudades, sólo podemos entender u oírnos en virtud del rumbo, de los rumbos que nacen de nuestras propias incertidumbres. La incertidumbre de atravesar gratuitamente la mera travesía, lábil, débil, humana, como si los seres humanos fuésemos, todos, unos hermosos desdichados..


Nota 5. Capítulo V al VII del evangelio de San Mateo

 “Bienaventurados sean los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.”

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