2003 Trimestre 2 Clase 4

desconocido

22 de julio de 2003. 


VIII 

O Mort, vieux capitaine, il est temps! levons l'ancre! 
Ce pays nous ennuie, ô Mort! Appareillons! 
Si le ciel et la mer sont noirs comme de l'encre, 
Nos coeurs que tu connais sont remplis de rayons! 

Verse-nous ton poison pour qu'il nous réconforte! 
Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, 
Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu'importe? 
Au fond de l'Inconnu pour trouver du nouveau! 


VIII 

Oh, Muerte, vieja capitana, ¡es la hora!, ¡levemos el ancla! 
Cuánto nos pesa este país ¡oh muerte! ¡Aparejemos! 
Si el cielo y el mar son negros cual la tinta, 
¡nuestros corazones que tú conoces están repletos de rayos! 
¡Derrámanos ya tu veneno, y que él nos reconforte! 
Hasta tal punto el fuego nuestros cerebros quema, 
que queremos rodar al fondo del abismo, ¿Infierno o Cielo qué importa ? 
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo! 


Esta es la última estrofa del último poema, que se llama “El Viaje”, de “Las Flores del Mal” de Charles Baudelaire, publicado por primera vez hace casi exactamente ciento cincuenta años, en París, Francia. Lo leemos en esta ocasión para avanzar hacia una de las palabras que ustedes pusieron en la lista del primer día de clases. Me refiero a la palabra “DESCONOCIDO”. 

Todos ustedes habrán oído muchas veces esta palabra aquí en la Escuela; una palabra que para nosotros es un concepto colmado de sentidos y significados. Pero las más de las veces usamos esta palabra abrazados y rodeados de tantos supuestos y para designar tantas situaciones, que se nos extravían sus claridades. Las más de las veces no entendemos de qué estamos hablando cuando decimos “desconocido”. Se parece a la visita de un eco nítido que nadie sabe de dónde viene pero que todos pretenden comprender. Pues bien. He aquí concretamente de dónde viene: de este poema de Baudelaire. Nada más ni nada menos. 

El poeta francés nos hace una exhortación, es decir, una advertencia y una invitación, se trata de hundirnos en el fondo del abismo, hacia lo desconocido, para hallar la novedad. Es esta una invitación extraordinaria porque es la primera que se oye en occidente en dosmilsetecientos años de civilización. Desde Grecia la poesía, y detrás de esta todas las artes, venían oyendo los ecos de otra invitación. Ni opuesta ni contradictoria pero sí esencialmente diferente. Incluso es posible asegurar que el mundo actual no ha olvidado la invitación griega en absoluto. Al contrario, la sigue oyendo y aceptando en todos los órdenes de la vida cotidiana, en las artes, en la política, en fin, en todo momento y todo lugar aún hoy. Es esa invitación que las artes de todos los tiempos reciben de la poesía para obrar en favor de la belleza. Todos los artistas verdaderos se deben irremediablemente a la belleza. No importan los métodos de búsqueda, las danzas de acercamiento, las drogas de inspiración fácil, los materiales, etc. Siempre la belleza allí, residente magnífica, divina y delicada en la obra. Y los griegos tenían un método para alcanzarla, para llegar hasta ella, para obedecerla: la armonía. El objetivo de todo trabajo creativo será la armonía. Y no sólo en el arte, sino en todas las manifestaciones humanas: por ejemplo se trata de que las relaciones familiares sean armoniosas, lo mismo con la interacción entre el hombre y la naturaleza, el comercio entre los estados, y un largo etc. Es el reinado sin contrapeso de la armonía. Es el reinado de un objetivo para conseguir la belleza. El arquitecto León Battista Alberti la define para nosotros: “Definiremos la belleza como armonía, la armonía de todas las partes entre sí ... de tal modo que no se pueda aumentar, disminuir o cambiar sino para peor .... Es el resultado de este gran valor y casi divino para obtener el cual, es necesario empeñar todo el ingenio y toda la habilidad técnica de la que uno está provisto... Es una cualidad resultante de la conexión y unión de los elementos y en ella resplandece toda la forma de la belleza y que nosotros llamamos “conccinnitas”... Es deber y tarea de la “conccinnitas” ordenar según las leyes precisas las partes que por su propia naturaleza serían distintas entre sí, de modo que su aspecto presente una recíproca concordancia. La “conccinnitas” se nutre de la gracia y decoro (decoro en latín quiere decir esplendor). En cualquier cosa que percibamos por vía auditiva, visual o de otro género enseguida advertimos lo que corresponde a la “conccinnitas”. Por instinto natural aspiramos a lo mejor, a lo óptimo y con voluptuosidad adherimos. La “conccinnitas” se manifiesta en el organismo entero... Abraza la vida entera del hombre y sus leyes, preside toda la naturaleza”. Armonía es también unión, ensamble, ajustamiento, hacer que no se rechacen o discuerden dos o más partes de un todo. Armonía la entendemos como pacto, combinación bien concertada, ley, orden, convenio proporcionado, simetría. 

Todo esto es lo que Baudelaire acaba con una sola invitación (que a su vez el recibiera de Poe, como anota Godo en “Hay que ser Absolutamente Moderno, pero eso es tema de otro momento). Ya no más la armonía como objetivo sino el desconocido como horizonte. 

“que queremos rodar al fondo del abismo, ¿Infierno o Cielo qué importa ? 
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo! ” 

Porque sucede que el abismo en realidad no tiene fondo, es un sin fondo. Ese rodar es un “ir hacia” que no tiene fin: el fondo del abismo no es alcanzable, allí no se puede llegar. Y el fondo del desconocido funciona exactamente igual. En esto es que se parece al horizonte y se diferencia de un objetivo, porque este último es como un blanco hacia el cual se dirigen todos los lanzamientos y sobre el cual después se verifican la calidad de los aciertos. En este horizonte, en los confines, no se puede verificar con esos métodos ni con esas precisiones, Se trata de estar yendo siempre. Es un sin fin, como el amor. 

Lo que Baudelaire vislumbrara como “lo nuevo” va a ser luego recogido por otros poetas y después por artistas de todo el mundo. Rimbaud ensancha el horizonte y agrega: “no sólo desconocido sino sea esto con forma o informe. Hay que entrar hasta el fondo para arrebatar a cada época su cuota de desconocido y traerla en la mano, como Prometeo tenía la luz”. Por eso Rimbaud encontró amarga a la belleza cuando la sentó en sus rodillas; porque estaba hecha con la armonía y no con el desconocido. Luego Lautreamont señaló vigorosamente que la poesía no debe ser hecha por uno sino que debe ser hecha por todos (no para todos sino por todos). Y acuña la fórmula más aguda que cierne la poesía moderna: “Una cosa es bella cuando se parece al encuentro fortuito de un paraguas y de una máquina de coser sobre una mesa de operaciones”. Cuando estas tres cosas fuertemente dispares azarosamente se encuentran se revela una región desconocida. Y he aquí finalmente que la armonía desaparece como método de construcción, elaboración, evocación, invitación, etc., de la belleza. A partir de este momento todo trabajo creativo queda abrazado por los mantos de este horizonte y es así que esta Escuela lleva cincuenta años andando. La explicación de Lautreamont es por cierto cifrada y sus interpretaciones pueden ser variadas, pero en esta escuela hemos adelantado en una durante los últimos cincuenta años. Lo hacemos en los proyectos de los talleres; en cada uno de los proyectos que ustedes llevan adelante durante sus estudios. Cada año, las materias propias de la arquitectura y de los diseños aquí recomienzan como si fuese la primera vez que nos enfrentásemos con ellas. Desde el primer año ustedes han de vérselas con la complejidad entera de un proyecto de belleza. Es así que esta escuela y la maduración de ustedes en el oficio no progresan; porque el compromiso artístico es siempre el mismo y requiere de cada vez la misma intensidad y la misma pasión. Cada año, y en cada proyecto, volvemos a no saber. Es decir, a situarnos en un campo sobre el cual el progreso no sirve para nada, porque nosotros no avanzamos sobre una línea de tiempo marcada como sucesiones. Esa mesa de operaciones es nuestros proyectos, y la máquina de coser y el paraguas son todos aquellos elementos que hallamos por medio de la observación. Elementos que no estaban relacionados en la cruda apariencia, pero que el ejercicio artístico de la observación reúne y trae a presencia. 

En las travesías nuestra mesa de operaciones es la vasta extensión del continente americano, el paraguas son nuestras obras proyectadas por los oficios y la máquina de coser es la palabra de la poesía. Esa reunión de la palabra y el oficio sobre la extensión americana provoca ala belleza a que venga a nosotros con su reino. Y nosotros además todo esto lo celebramos. Celebramos esta reunión de los elementos distantes sobre un campo nuevo. Y estos no son actos conmemorativos o de lanzamiento ni enunciativos. Es la fiesta del desconocido mismo sin la pretensión de conocerlo ni desenmascararlo (deja que lo oculto se muestre oculto). La celebración más sencilla y también la más radicalmente profunda que quisiéramos acometer es la fiesta con este Taller de América finaliza su etapa. Se llama phalène y ustedes, con las cartas iluminadas que están dibujando en las tareas, están preparando el juego de la pahlène. Un juego que se realiza precisamente sobre ese fondo inalcanzable de los abismos; sobre la derrota preciosa hacia el desconocido: la poesía. 


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