1999 Clase 02

Segunda Carta al Taller de Amereida. 

Estimados, 

Existen varias clases de correspondencia si de cartas se trata, y este taller ha de convenir en una diferente, nueva y esencial que consiga distinguirlo de una manera que haga sentido. Vuelvo hoy a escribirles una carta y queda ésta - como todas las cartas- en el justo intermedio que existe entre un texto y una conversación. La cifra de esta zona intermedia entre lo escrito y lo hablado reposará por ahora sin precisarse para que sus distingos logren consonar hoy con diversidad y con memoria. 

Hace unos quince días, mientras buscaba infructuosamente - aquí en la escuela - un mapa para averiguar cuál es hoy la isla donde Colón fundó La Española, uno de ustedes fue presa del azar y con el aire solemne que la ocasión perfecta y precisa regala a quien la aprovecha, me dijo “he aquí” entregándome un buen número de mapas muy adecuados a todo este tema. Esa es una clase de correspondencia y surge y se establece bellamente más allá de la mera casualidad. Sucede por el hecho magnífico de estar en taller, por el hecho crucial de leer todos a Bernal Diaz del Castillo, por el hecho presto de esta reunión que sí va de todos a todos en este tiempo. 

Pero volvámonos sobre el contenido de estos mapas y al eco prístino aún guardado en sus signos y en lo hablado por nosotros hasta aquí. Sucede que hubo desde los mapas otra clase de correspondencia; una directa desde el mar, puesto que del Caribe hablábamos. 

Hace algunos días asistí a una cena en Santiago y me correspondió compartir mesa con un hombre de mar, un marinero real y verdadero. Dejo de lado y aparte las anécdotas y los modos de las casualidades y me extiendo brevemente sobre algo que él dijo y que puede descifrar algún lúcido signo contenido en la vida de los bucaneros. Dijo que todo marinero es un tanto apátrida, una especie de extranjero de la tierra firme. Decía que estando a bordo de un barco se es libre porque sólo se responde ante el capitán. Por el contrario, al desembarcar se pierde esa libertad absoluta del mar porque en tierra se debe responder ante las complejas y múltiples leyes, ante la siempre inquisidora policía y ante los severos y parciales jueces. En tierra se deben rendir cuentas y eso es un arrebato de libertad. El marinero admitía su incomodidad frente al orden terrestre. 

Los hombres del siglo XVI habitantes de la isla Tortuga no sólo estaban incómodos ante tal orden sino que renegaban del mundo y en ello sus modos y posibilidades de establecer una otra manera de vida. Sin embargo hay una trampa sutil pero grave en semejante utopía y sin quererlo ésta se dejaba oír levemente en la conversación que sosteníamos sentados a la mesa aquella noche. 

Este marinero estaba acompañado allí de su mujer; tenía hijos y aún cuando no lo admitiese directamente en su discurso apasionado por el mar, su corazón estaba con esa familia. 

Me explico. Le pregunté cuál era uno de sus más queridos anhelos. Me habló de sus hijos. Se expone por sí solo entonces todo el asunto. 

En la Tortuga nadie podía tener realmente un verdadero anhelo puesto que todo cuanto necesitaban o deseaban ya estaba allí, al alcance de la mano. Nadie podía pensar en el progreso social o en la evolución técnica o filosófica. No había que mejorar las cosas. Todo ya está y una sociedad así, siendo “perfecta”, no puede continuar ni continuarse. Es una sociedad siempre presa de su circunstancia, de los hechos políticos, económicos, sociales, etc., externos que la sostienen en su independencia, que entonces es sólo aparente. Una sociedad que no puede hacer mundo puesto que está fuera de él. Una sociedad que no puede perdurar más allá ni resiste la más simple pregunta: ¿Cómo es el presente? Es esta una pregunta carente de cualquier sentido en la isla Tortuga, puesto que el presente para ellos no existe en cuanto a situación temporal. No hay presente porque no hay tarea ni deberes ni esfuerzo para alcanzar algo. El tiempo para ellos no es el constante fluir de la realidad sino más bien una dimensión estática, inútil y siempre homogénea. Se deduce que para estos filibusteros no hay tiempo, no hay trascendencia, no hay la idea de la perpetuación de nada. 

Por ésto es que no se admitían mujeres y aún no se las admite tradicionalmente sobre los barcos. 

La mujer, en su vínculo con el hombre, hace una sociedad con temporalidad. Aparece el domingo, que no es otra cosa que el presente puro cuidado por su prodigio extraordinario (En la tortuga todos los días eran ordinariamente domingo). Aparece la muerte como un traspaso y no sólo como la consumación de la valentía. Los hijos son la trascendencia antes de la muerte, son resurrección vital. Es por ellos que se vive el presente, ellos son el regalo. 

Nosotros somos hombres y mujeres del tiempo. Requerimos del esfuerzo, del sacrificio y del trabajo para que nuestros anhelos, más que cumplirse y acabar, permanezcan siempre como tales. La medida del anhelo es la medida de la Gracia. 

En 1655 comienza el ocaso de los habitantes de la isla Tortuga. Bertrand D‘Obregon - que está mandado por Luis XIV - es electo gobernador. Francia sabe que no conseguirá doblegar a la isla mediante la fuerza militar ni con la creación de lealtades. Lo ha intentado antes y siempre obtuvo fracasos. D´Obregon contrata a cien mujeres para que vayan a pasar el resto de sus días a la isla. Desembarcan todas juntas. Son prostitutas, huérfanas, presidiarias. (No importan en absoluto tales orígenes, que por lo demás son los mismos que aquellos de los filibusteros.) El efecto es el deseado. Los hombres se emparejan, algunos tienen hijos, la ropa recién lavada cuelga secándose al viento afuera de las chozas, los guisos y las sopas calientes aguardan sobre las mesas. Los bucaneros son ahora soldados, burgueses que - sin saberlo - sirven a los intereses de Luis XIV. Combaten siempre con fiereza y crueldad, pero ahora responden ante una sociedad como cualquiera otra del mundo. 

Pero en el fondo lo que llega a la isla es algo más profundo aún que este nuevo orden. Lo que realmente llega es la redención. Tiene ahora sentido la palabra volver. Ahora los hombres de mar que tienen familia siempre volverán a la isla Tortuga después de las expediciones. Ha aparecido el Destino. 

Entonces ¿es ésta una condición de todo mar; ser una zona sin tiempo, intrascendente e inhabitable? Se lo pregunté a mi comensal marinero; “el mar es un extremo: allí el hombre se extravía, allí el hombre se halla”. Fue todo lo que al respecto finalmente dijo. 



Salud. Jaime 

veinticincodemayodemilnovescientosnoventainueve


Sign in  |  Recent Site Activity  |  Terms  |  Report Abuse  |  Print page  |  Powered by Google Sites