1999 Clase 09

Novena Carta al Taller de Amereida. 



Estimados. 

Las dos ocasiones anteriores fueron un breve y anhelado excurso. Un paso simple por la compleja cifra poética. Fue necesario sólo para expandir un tanto el aire que rodea a este taller y sobre todo al aire que desde hace un tiempo irrumpía sin cotas entre mis conversaciones. 

Ahora es el momento de volver y volvernos sobre nosotros mismos para precisamente ver otra vez a todo mar y especialmente a éste que hace ya algún tiempo nos ocupa; el Caribe. 

Hablamos antes de piratas y bucaneros, de los mayas, de Carlos V, de Hernán Cortés, algo de la poesía en sí misma y de otras cifras. De todo esto hemos hablado recogiendo, por ejemplo, mucho de la historia, mucho de la geografía y sin embargo nada de lo puesto en oídos es una clase ni de historia ni de geografía ni de nada. La materia poética no dicta clases, está en todas partes porque la poesía es la posibilidad preciosa de que los oficios posean y se conformen así con una propia materia. La poesía en su ser nada más que dar curso a las cosas, permite que exista lo propio de cada oficio. Por eso puedo ir hablando por la historia, la geografía, la literatura; trayendo hasta acá algún indicio siempre recuperado, vuelto a ver, que deslumbre con una nueva referencia no siempre tan directa ni explícita. Es amereida la que se rodea de todos estos asuntos para cantar con una clara y firme realidad, la belleza al continente. 

Que todo el primer semestre queda dentro de una misma era: el siglo XVI. 

El siglo XVI fue tiempo de hazañas extraordinarias que exceden los cálculos posibles y que suponen un modo, una forma en el ser del hombre que las realizaba. La conquista es la manera de esos hombres que se aventuraron a América; siempre violenta, derramando sangre, derrochando maldiciones y cobrando bendiciones con la exaltación de la espada y la devastación del fuego. España mataba indios lo mismo que franceses o ingleses piratas. Inglaterra y Francia se mataban entre sí lo mismo que a los indios o que a los imperialistas españoles. 

El Dorado hizo venir a pueblos completos que abandonaban Europa (incluso desde Prusia y Dinamarca) encantados tras la hipnótica riqueza de las palabras y de los cuentos. Hombres bien dispuestos, armados de toda la fantasía que pueda caber en un alma tras el oro más fantasma de toda la historia. En la selva murieron de a miles por flechas, fiebres y desamparos sin haber hallado siquiera una remota pista. Incluso nosotros hemos visto, gracias al cine, a Lope de Aguirre y tantos otros vagando desquiciados a mitad de la nada. 

Los reyes de Escocia, de Inglaterra, de Francia, enviaron expediciones tan abastecidas y adecuadas a los establecimientos europeos que eran derechamente colonias plenas de esperanza llegadas a fundarse en lo que allá conocían de oídas como “los Jardines del Darién”. Acaso sea esta una de las selvas más crueles del mundo. Colonias que fueron diezmadas teniendo que regresar sus escasos sobrevivientes vistiendo andrajos, navegando balsas primitivas y hambrientos hasta la miseria. 

El siglo XVI hizo esto mismo en el Missisippi, en la Florida, en el Amazonas. Siempre tras otro México, otro El Perú. Durante esta época vinieron pocas mujeres a América y las que llegaron eran violentas como sus compañeros de la tropa. Comparada con el virrey don Diego de Colón, María de Toledo su mujer, era un ser formidable. Panamá tuvo su gobernadora; Pedrarías Dávila. La mujer de Pánfilo de Narvaez defendió con más inteligencia y mejor fuerza su hacienda de Cuba que el propio don Pánfilo. La mujer de Hernando de Soto fue llamada brava cuando se defendió mientras su marido andaba a la conquista de La Florida. A Beatriza de la Cueva la vencieron sólo el terremoto, la inundación y la muerte; que mientras tuvo sólo hombres enfrente, los vio doblegarse débiles ante el menor gesto de su enorme voluntad. Y estas eran las gobernadoras, de la mujer de la pura tropa ni hablar porque no se puede con la altura de los heroísmos. 

Sucede que el siglo XVII es de otras maneras. Ya no es la conquista sino la colonia. Ya no se mata a los indios, se los incorpora – como esclavos, por supuesto -. Ahora va suceder una luz extraordinaria que no sucedió en la América del Norte ni en África ni en la India ni en ninguna otra colonia de naciones europeas: va aparecer el mestizo. Es un alma diferente porque es raza nueva, es otra sangre y no se debe descuidar esta consideración. no es liviano decir conformar un nuevo mundo reconociéndonos primero. El Caribe es entonces el campo propicio donde además surgen mulatos, zambos y todas las combinaciones. Lo habitan miles de indígenas, los españoles, algunos otros europeos y miles y miles de negros. Estos nuevos habitantes que son resultado de la mezcla no odian a muerte a los conquistadores porque son sus padres, no reniegan de los indígenas porque son sus madres y así queda que no van a resolver sus diferencias esenciales con reyertas ni rebeliones a gran escala. 

Es tiempo de reposar, fundar y meditar. El mestizaje es el origen de América, allí está cifrada una buena cuota de nuestro pasado y por lo tanto de nuestro destino. En ellos nace la población de teja de barro, de iglesia con torre blanca, de campanas a la hora de la oración y a la hora de la alerta. El sentido religioso de América no se forma exprimiendo la imaginación en la celda del monasterio sino echándose a andar por amplios caminos, anchos ríos, aires siempre abiertos, en un mundo florestal, virgen, voluptuoso hasta los extremos abisales de la naturaleza. 

La mujer de este siglo es de encajes en lino blanco y sedas. Las hay mujeres de gran vuelo espiritual como nuestra patrona de los oficios y de América toda; Santa Rosa de Lima. Está sor Juana Inés en México, la de las rimas inolvidables. Podrá decirse que el S.XVI fue de genio, este es de ingenio. Se lee mucho en América. Al año de publicarse el Quijote ya circulan por estos lares 1.500 ejemplares. Don Quijote y Sancho pasan a ser personajes populares: en Lima y en México se hacen mascaradas en las plazas, que todo el mundo comprende, reconoce y aplaude. 

La colonia funda su imperio en la montaña, sobre la cima de los Andes, a donde no llegan las tentaciones del mar. El conquistador era castellano de la tierra adentro. Incluso los piratas quieren reposar, tener sus campamentos, sus islas La Tortuga. En vez de hacer como Drake un viaje alrededor del mundo, Morgan lo hace dando vueltas al Caribe y en vez de zarpar desde Plymouth lo hace desde Jamaica. Para conocer el mundo una isla basta y sobra. 





Salud. 

martesveinticuatrodeagostodemilnovecientosnoventainueve 


Sign in  |  Recent Site Activity  |  Terms  |  Report Abuse  |  Print page  |  Powered by Google Sites