Sexta Carta al Taller de América
Estimados,
Como si en algún momento resultase simple traer quintasesencias hasta el oído: así son pues las cartas.
La palabra poética, la poesía es también algo más sencilla y un tanto más elemental que lo sugerido en sus definiciones posibles. Hay por ella una libertad siempre novicia que concede y permite feliz, cada vez, un nuevo comienzo. Así es como somos cuidados sin prisa en el baile del tiempo.
Tenemos entonces el eco de un mar. Que presto y lejano el Caribe completo sirva como la luz vocal que ilumina todo atravesar; que sea como la prenda de amor obligada que induce al regreso cuando se hace una partida; que se apodere del rumbo como el aroma anterior que seduce a los sentidos mucho más profundamente que el mero nombre de un río o los dulces colores de un pueblo o la amabilidad de una raza.
El mar Caribe ha sido nombrado como el signo, donde cada múltiple son del aullido llevado lento y oportuno al discurso, revela cauto y radical la larga procedencia del justo anhelo. Anhelo para el ineludible equívoco que se atraviesa como la claridad de la tarde en el curso manso de la esperanza. Anhelo que realiza con carne verdadera en el cauce duro y solitario que ocupa ancho nuestro íntimo fantasma, cuando invita feliz al reinicio de cada pasado. Anhelo como el fondo consentido que toda vocación solícita presenta entre hombre y mujer, entre la familia. Anhelo que es la búsqueda necesaria de cada huella perdida más atrás del lejano y difuso perfil que trazan en la acusada frente los recuerdos. Anhelo cuando ruedan ideales y firmes las arquitecturas reales de la imaginación boca abajo; en la llama de la palabra; en los fáciles entornos de la amistad. La más alta y pura señal aparecida sobre una amplitud tan amada, tan cotidianamente propia, es la incisiva gestión del anhelo que trabaja siempre sola y desnuda ante desacatos desesperados, sobre los ojos jóvenes de los sueños, entre la arena limpia cuando se cae a través de los dedos crispados por la violencia fecunda del esfuerzo.
El camino arriesgando la continuidad de su trazo, el abrazo del solo descanso cuando se cumple mansa la jornada, la distracción atrevida en la extrañeza cuando una legión de ángeles hacen la guardia durante el puro paseo. Esa sola, extraña y útil melodía que entonces se oye es también el coro de los anhelos.
Y renunciar a todo lo que canta y lo que cuenta, pegado en el tacto sensual que ahonda en el oído. Y no separarnos ni separarnos, hasta que un siempre largo último acorde se reúna feliz con el que siempre sigue, y sigue hasta el verde sometido que vuelve agreste la ruta animada. Sálvennos, que no se ha detenido sumándose al recodo, al baldío, entre la sobresima del caos y esa canción que han traído a esta instancia, que el tiempo los bendice difusos en los vestidos lunares de la ausencia cuando atrás de todo tiempo saluda a vuestra mansedumbre.
Que aquí no se trata entonces de alguna de estas cartas simples vaya por ser o por convertirse en la seña que marca lugares. Sería vil pobreza decir de los mares y los mares para solamente darle a la travesía su dónde. Es mayor esta suerte alegre, porque la novedad, la gracia, la preciosidad desconocida que el Caribe contiene ¿es acaso su patrimonio exclusivo? ¿no hay por ventura otro lugar en el mundo donde se den estos modos y maneras, quehaceres y aconteceres? Pues toda América es este mismo canto, toda la latinoamérica y su presente. Es más, sí hay un mar que de hecho está lejos del Caribe y que ha sido apenas descubierto, recién recorrido y por muy pocos aún habitado. Un mar que desconocemos casi íntegramente y que con nuestros pobres y breves asomos ni siquiera hemos llegado a imaginar la magnificencia de su porte ya muy paciente. Un mar que en su suerte amplia sí posee una carta de poeta que lo cante, una carta bellísima de mar verdaderamente nuevo. El mar de Aysén está como estaba el Caribe hace 300 años, y está también como es el Caribe ahora exactamente.
Aún sabiéndolo y mientras quien lo quiera lo diga ¿nos basta para los mares la comparación como el designio? ¿es útil proponer la idas o las huidas? ¿cuál lo infinito puro de nuestro anhelo gracioso?
La latinidad no se nos resuelve fácilmente pero tampoco nos condena. Somos profundamente libres para vivirla. Esta es nuestra paz creativa.
Ante un visor del tutelaje, baja la urdida cifra celeste a convocar la mirada de polvo. El que una canción sea trance, hundida afinando el futuro, es la sombra feliz de los versos. Toma tu espada, en el bramido torno de la fiesta, peregrino. Para destrazar las largas certezas, que una balanza de razas mide la ironía pálida de la mezcla. Entonces la luna se empedrezca, en el fervor vago del sentimiento, que nos despista de la primavera. Rauda la historia, convoca sus permisos, su credulidad. Y nos arrasa.
Salud
martesveintidósdejuniodemilnovescientosnoventainueve