Quinta Carta al Taller de Amereida
Estimados,
Como lo que no sucede siempre abunda, entonces valgan las cifras para comenzar. Que no quede oído extraviado en confusiones ni una sola palabra resonando apenas en algún lugar recóndito de la memoria. En aquel jardín ulterior que nadie en verdad conoce es que se oye finalmente el canto crucial de la leyenda.
Si Carlos V nunca estuvo en el Caribe, hay - por contraposición - otro hombre que no sólo estuvo sino que vivió y mandó sobre este con su propia fama durante y después de hacer la más dorada y fabulosa conquista de todo el nuevo mundo. Este hombre es Hernán Cortés.
Nadie puede explicarse por qué Velázques, gobernador de Cuba, le entrega a Cortés el mando de la flota que irá a por México. Es jugador empedernido y mal pagador, le gustan los enredos con mujeres casadas y con mujeres en general. Es un hombre al que se lo busca constantemente para ajustarle toda clase de cuentas; ha estado en el cepo y en la escala de la horca, de la que salva accediendo a casarse con Catalina Suárez. Muchos reclaman deshonras de su parte, incluso el gobernador, no es buen soldado pues no es hábil en el manejo y uso de las armas, no es marino destacado pues no ha ido a ninguna de las expediciones al continente desde que llegó de España. Hernán Cortes lleva quince años deambulando, disfrutando y sobreviviendo en las islas tropicales del Caribe, cuando llegó tenía apenas 19 y ahora es bien conocido en toda la comarca.
En este tiempo sí ha aprendido una buena cosa; el arte del que se servirá para dominar a dos emperadores poderosos: la política. A Moctezuma el azteca lo engaña, lo conquista y lo mata; a Carlos el alemán lo engaña, lo deslumbra y lo desprecia. Siempre es amigo de los cortesanos adecuados; ríe en la cara de quien está traicionando en ese preciso instante. Cortés sabe exactamente como funciona el alma humana de su siglo.
La flota que mencionábamos son once naves, 580 soldados, 109 marineros, 2 curas, 15 caballos (que se han puesto por las nubes en la isla).
La conquista de México no comienza en Sevilla, comienza en el Caribe.
Una vez que ha llegado a Tabasco pacta con los indios y entre los regalos que éstos le entregan vienen veinte mujeres. Cortés sólo las acepta si se bautizan y se hacen cristianas. Cumplido rápidamente el sacramento procede a repartirlas entre sus capitanes. Entre estas indígenas está “Doña Marina” o la Malinche, que será la amante por mucho tiempo de Cortés y además madre de su hijo Martín. De aquí se marcha a Veracruz, donde se produce limpiamente el primer golpe demagógico clave por parte de Cortés. Considera un resquicio legal para emanciparse de la autoridad que es sobre él el dueño de la flota y gobernador de Cuba: considera que sus nombramientos para descubrir y rescatar sólo son válidos en cuanto se hallen sobre islas y que esto que pisan es claramente continente y tierra firme (por supuesto cosa por todos bien sabida). Se reúne el pueblo - que en absoluta mayoría son sus propios soldados -, nombra alcaldes y regidores, forma cabildo y renuncia mansamente a los cargos que le ha entregado Velázques. Para su honda sorpresa el cabildo de Veracruz lo nombra y lo aclama en el mismo cargo - capitán general - que ya traía, pero ya no depende de la autoridad de La Habana sino de la de Veracruz, es decir, de él mismo.
Aquí lo visitan los excelsos embajadores del gran Moctezuma, extienden sobre la tierra unos petates y colocan sobre ellos lo que ya sabemos; un gran disco de oro y otro de plata, además de muchas otras joyas. Mientras este tesoro es enviado al rey Carlos V hacia Tordesillas, a Moctezuma se le envían una silla tallada, un sartal de cuentas de vidrio, una gorra de terciopelo con la imagen de San Jorge matando al dragón.
La segunda trampa de Cortés a los poderes que lo quieren detener sucede cuando los pilotos de sus naves declaran al cabildo que estas se encuentran irremediablemente comidas por la broma y que más valen los mástiles, cordajes, trapos y herrajes en tierra firme que en el mar. El cabildo autoriza que con prontitud y cuanto antes se rescate todo lo posible: Las naves se desarman, se barrenan sus cascos y se las hunde. De esta forma se desvanece toda posibilidad de que alguien pueda tentarse con traicionarlo, volviendo a Cuba para planear otras cosas que el curso actual de los sucesos. Nadie puede regresar, por lo tanto todos han de seguirlo.
El tercer movimiento es doble o compuesto. Cerca de Veracruz está Cempoal, una de las grandes naciones que los aztecas mantienen sojuzgadas. Cortés al unísono envía alegres y fraternales mensajes a Moctezuma y subleva a los de Cempoal contra él. Los recaudadores de impuestos que periódicamente envía Moctezuma, y ante cuya presencia temblaban pavorosos los indios, ahora quedan prisioneros. Protegidos por el ejército de Cortés, no pagarán más tributos al rey de los aztecas. Hay bailes y regocijos, con gritos de guerra, tambores, flautas de caracol. Cortés es ídolo en Cempoal. Y Cortés es la esperanza de Moctezuma, porque libera en secreto a los recaudadores prisioneros y los envía al rey, diciéndole que está indignado con los de Cempoal, que han hecho tales insolencias, y que los deje por su cuenta para ponerlos otra vez en su sitio.
El cuarto golpe de Cortés es una sumatoria que demuestra su habilidad para manejarse en los malos usos de la política y que va a convertirse en el golpe maestro. Luego de aplacar sangrientamente un motín entre sus hombres parte hacia el interior, hacia México, hacia Tenochtitlán. 500 soldados, 32 ballestas, 13 escopetas, 15 caballos. Moctezuma tiene a 40.000 indios de guerra. No es cuestión de simplemente llegar y armar pelea. Se requiere necesariamente dominar el arte de la combinatoria o alternancia entre las palabras dulces, las cuentas de vidrio, la espada. Cortés llega hasta el corazón de la grande y magnífica ciudad sin siquiera repartir un empujón. Pone con cuidado a Moctezuma dentro de sus círculos de seda y de hierro. Cuando está comenzando a enseñorearse de su conquista se entera de que Velázques ha enviado a destruirlo con Pánfilo de Narvaez y una flota increíble; 19 naves, 900 hombres, cañones, ballestas, 80 caballos, escopetas, lanzas. Deja Cortés a Pedro de Alvarado y a cien hombres más en la custodia de Moctezuma y se vuelve a enfrentar a Narvaez. Cuando está cerca de su campamento, envía subterfugiamente y sin mucha publicidad tejuelos y pepitas de oro, envía rumores con palabras llenas de halagos y de promesas fabulosas que contrasta brutalmente con las duras órdenes de don Pánfilo. Cuando llega el día de la batalla Cortés la tiene ya ganada. Dura una hora y no mueren más de veinte hombres. Cortés tiene ahora 900 hombres más, 80 caballo y pólvora y tocino y municiones. Ha bien aprovechado el último regalo del gobernador de Cuba.
Este hombre extendió sus afanes hasta conquistar México y robar todos sus tesoros. Hernán Cortés no es el ejemplo ni el parámetro con que se identifica a los conquistadores españoles; es una excepción notable. Baste decir que la otra conquista dorada; la del Perú, fue llevada a cabo por Francisco Pizarro, el porquero en muchas otras expediciones fracasadas. Con Cortés comienza oficialmente la mezcla de las sangres, el mestizaje; tras él se avecina con violencia la confluencia de una Europa bárbara y una América virgen. Ya nada, después de él, puede conservar su marco. Todo se desproporciona, se inmensa, se extiende. Los descubrimientos son ahora por la conquista y las más de las veces la fábula de México va a enceguecer a los que vengan. Ya no hay límites ni para los horizontes verdaderos ni para los sueños imposibles que se hacen en la mente febril de los conquistadores. El nuevo mundo es pura maravilla donde todo resplandece a la luz de México, el Perú, El Dorado; es una invitación abierta a todas las razas del mundo cuya puerta de entrada es el mar Caribe. No en vano vivió Cortés 15 años entre sus islas. Ese tiempo de juventud lo marca, lo conforma, lo presiona y le hace - aunque no lo admita - la patria y la memoria. El Caribe en él es vida que ya no se borrará; es una parte esencial de lo que esencialmente es, de todo cuento y de todo canto. Hernán Cortés ya no era solamente español; era caribeño.
Salud
martesquincedejuniodemilnovescientosnoventainueve