1999 Clase 04

Cuarta Carta al Taller de Amereida 


Estimados, 

Estas cartas van haciéndose curso de continuidad y cabe por ello preguntarse si acaso son - al menos - mediana luz sobre los asuntos que tratan. Con mejor exactitud la pregunta es si por ventura el mar Caribe pueda cobrar algo de la trascendente y bella relevancia que él es para amereida, más allá de una primera visión histórica-geográfica o anecdótica. 

Vuelvo a escribirles con este semejante riesgo más que amenazante, pero recordando que siempre una carta contiene una cuota de imprevisto que bien puede salvarla de convertirse en sólo correo. 

A lo nuestro. 

Existe una casi inacabable y voluptuosa galería de personajes insignes que han construido o erigido a la esencia del mar Caribe; ya dijimos de los filibusteros, de los mayas y estamos leyendo de Hernán Cortés y de los aztecas. Hoy quisiera detenerme en un personaje que tal vez resuene como la antítesis de los mencionados hasta aquí. Éste nunca estuvo en sus aguas o en sus costas, pero su vida será decisiva para la vida no solamente de este mar sino del mundo entero. Me refiero a Carlos V. 

Ha muerto Isabel la Católica y muy poco después muere Fernando su marido. Mientras llevan su cadáver a el entierro en Sevilla, un joven de inexpertos quince años que vive en Flandes, Alemania, recibe el testamento de sus abuelos los reyes españoles. Sobre su cabeza pesa por azar ahora la corona de Castilla y de León. Desde entonces esa cabeza acumulará con casualidad y sin desearlo muchas otras coronas. Por el momento es la cabeza de un joven de carácter débil, de pocas palabras y sumiso a sus maestros. No tiene ni la menor idea del idioma castellano y no lo habla ni en una sola palabra. Ha vivido en Flandes bajo la dirección del emperador de Alemania. Se le ha encargado su educación a dos tutores; uno le atrae hacia los libros, el otro lo inclina hacia los caballos. No podrá expresarse bien en latín pero se le tendrá por buen jinete. Un día dejará los caballos y se irá melancólicamente a un convento. Así es el siglo XVI. 

No sólo ignora las cosas y asuntos de Castilla sino que no podrá entenderlas. Por ese entonces América es apenas un trazo débil en el mapa; se conoce la cara fácil que mira a Europa, la atlántica. De el Caribe se tiene siquiera una mitad, faltando toda la costa que recorre landas y aguas entre la Florida y Yucatán. Durante los cuarenta rápidos años que gobernará Carlos el continente virgen de accidente quedará todo explorado y visto: serán los cuarenta años que más profundamente cambian y transforman al mundo en la historia humana (después de los treinta que vivió Cristo). El rey empujará a las naves pioneras de Magallanes que darán por primera vez la gracia que es la vuelta al globo, se fundarán virreynatos y gobernaciones; se erigirán todas las capitales de América (excepto La Habana y Santo Domingo). Los exploradores abrazarán la costa del Pacífico, doblarán la cordillera de los Andes y saldrán navegando por las desembocaduras del Amazonas, del Orinoco, del Río de la Plata. Se crearán ciudades a las orillas del mar como Buenos Aires o Valparaíso, hasta el tope de la montañas como la Paz o Quito. Los ejércitos aplastarán a civilizaciones y pueblos con la cruz, la espada y los perros de Valdivia al sur del sur hasta Coronado en California. Cargando imágenes santas, cañones a pie y de a caballo los conquistadores medirán varias veces el largo y ancho de Europa. 

Estando sentado Carlos en Tordesillas discutiendo el famoso tratado que adjudicó a su reino la mitad del mundo, un grupo venido de allende los mares se presentan y no sin algo de impertinencia le dejan un gran disco de oro, otro de plata y un casco lleno de pepitas de oro. Vienen de México. Carlos nunca a oído nombre semejante. “Esto os envía Hernán Cortes, humilde criado de vuestra alteza”. Así le caen México, luego Perú, Quito, la Nueva Granada, Chile, toda la América. Es como cosa de milagro. 

Ahora bien. Mientras los caballeros y cortesanos de Flandes y de Castilla, y los banqueros de Alemania y los frailes de Toledo agasajan, festejan y usan a Carlos V, en Santo Domingo los conquistadores españoles sueñan, planean y realizan las conquistas. En Europa los grandes señores y gobernantes envidian el que Carlos lleve a la fortuna sentada siempre de su lado, lo ven transformarse rápidamente en un señor grande y ambicioso. Los desplazados reyes de Francia y de Inglaterra no saben dónde ponerle la trampa, dónde darle la batalla. Se decidirán finalmente por el Caribe. Es un mar americano donde va a decidirse el poder y sobre todo la riqueza de cada reino europeo. Y va a decidirse a través de sus aguas y no en sus costas. Se trata de las riquezas de las tierras, pero a través de un poder marítimo es que se obtienen y se guardan. Toda esta aventura de la que hablamos se inició y se siguió sobre las naves (sobre ellas se mantiene hasta hoy el poder militar sobre el mundo: eso es la marina norteamericana, la inglesa, la rusa, etc.). El mar Caribe fue el centro de todo uno de los imperios más vastos que ha conocido el hombre. Un imperio cuya cabeza gobernante estaba en Europa, pero que sus empresas, sus rumbos, sus destinos fueron hechas por los hombres que estaban lejos de la corte, que andaban por un mar salvaje y nuevo repartiendo coraje y crueldades. Carlos V siempre llegó tarde a las decisiones; otorgaba y extendía permisos, cargos y concesiones cuando quienes las requerían ya se habían arrojado a la aventura. Sin más desautorizaba sus propios designios si algún adelantado le traía oro y tierras. 

En verdad Carlos V nunca gobernó del todo sobre el Caribe. 


Salud 

martesochodejuniodemilnovescientosnoventainueve 


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