Tercera Carta al Taller de Amereida.
Estimados,
Cuando se habla de un mar aquí en este taller, cobran sentido sus pueblos. El Caribe tuvo de estos pueblos aún mucho antes de la llegada de Colón y con un cierto asombro siempre caído de poca luz es que digo de los mayas.
Son innumerables los antecedentes históricos que encontraremos en los libros de los estudiosos. Antecedentes y referencias para saber de su sociedad, de la religión, de la política, de sus tecnologías, etc. En esos libros hallaremos - como sucede en casi todos los libros - verdaderas maravillas que relatan y demuestran la magnificencia de esta civilización en sus más variados aspectos, sin embargo yo los digo ahora porque fueron y son un pueblo que tiene una relación con el Caribe; a saber que habita a sus pies. No eran buenos marinos, no construyeron embarcaciones sobresalientes por lo que no se aventuraron del todo al mar. Ni siquiera edificaron demasiadas construcciones en la costa, pero son esas construcciones el asunto y materia de esta carta.
Cuando hoy se entra en las ruinas de una ciudad maya, no es necesario atribuirle una inconmensurable extensión ni remontarla a una época tan antigua como la egipcia o la de cualquier otro gran pueblo de la antigüedad. Aquello que se expone ante nuestros ojos es ya lo suficientemente extraño como para que surja allí la maravilla. A cada trazo de vista asoma una herencia de refinamiento, gusto, arte y plenitud (como también muerte y crueldad). Aún cuando hasta hoy Yucatán está poblado por mayas que hablan maya (y un mal castellano) y viven como tales, nuestro tiempo ha extraviado posiblemente para siempre las claves para comunicarse con semejante esplendor. Cuando llegaron los españoles la civilización maya había desaparecido bajo la selva y el olvido hacía ya 300 años, después de florecer durante más de 900.
Toda ciudad que se muestre como ruinas ante un visitante provoca evocaciones y produce un dejo de necesidad por saber o por ver a sus antiguos habitantes caminando por los empedrados, subiendo las escalinatas, trabajando en un monumento o simplemente bebiendo agua de alguna de sus fuentes vestido magníficamente. En Palenque, Chichen Itzá, Cobá o cualquier ciudad maya esto no es diferente. Entrar al espacio de juego de pelota es una experiencia que conforma una relación peculiar por lo fugaz y por la sobrecogedora realidad de lo permanente, entre el tiempo presente que ahora vivo y el tiempo pasado cuando aquella extraordinaria fiesta se llevaba a cabo. Relación en la que surge y se muestra el tamaño de los muros, los tallados en la piedra, las significaciones de la ceremonia, el espesor y aroma de la selva que rodea toda la vecindad, lo difícil y sangriento que era el juego en sí. Lo mismo sucede al subir la gran pirámide o recorrer un templo con mil guerreros de piedra.
Toda esta ciudad fue abandonada sin más. Todas las tesis y especulaciones con que los historiadores han pretendido justificar los motivos o razones para este abandono no han convencido a la posteridad. Los mayas construían impresionantes ciudades con templos, pirámides, frescos, relieves, dioses y mucho más para luego abandonarlas sin motivos aparentes. Incluso destruían parte de estas obras cada cierta cantidad de años para luego volver a construirlas prácticamente idénticas y en el mismo lugar. Luego las abandonaban para siempre.
¿era lo importante estar en obra, más que la obra misma? ¿era un modo de vivir y de hacer ajeno a la avara perdurabilidad? ¿es posible tener semejante grado de desprendimiento? ¿de dónde les vino tan severa necesidad de abandono?
Cuando se visitan las ruinas de la ciudad de Tulum, una de las pocas y tardías ciudades mayas en la costa, estas preguntas cobran su relevancia porque sirven también para los modos del mar. Así es como se presenta la vida en el mar y aquí, al borde del Caribe es que resulta posible mantener abierto al continente este debate mediante.
Salud. Jaime
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