Treceava Carta al Taller de Amereida.
Carta de travesía, Caleta Tortel, Aysén.
Tercera parte
Estimado Manuel.
La participación poética conlleva casi naturalmente – aunque sea una herencia nueva – la realización del acto poético. Más o menos simples, con mejores o menores cuotas de belleza conseguida, etc. Esta carta no es para hablar de nada que intervenga en estos actos, es sólo para presentar algo del que hicimos entre todos - incluido el poema - el último día de travesía.
Hubo tantas otras instancias delicadas en el fulgor salvaje que las aguas esparcen sobre bordes y playas. Muchos momentos detallados fuera de la excusa constante; soberbios paisajes resentidos antes de la primera marca. Sabernos entonces en la huella de los titanes agraciando esa herencia, perdidos incomparablemente más lejos aún... más solos.
Cuando los ojos resumen lenguaje y la mirada se sumerge atrás de sí misma, mientras un puro gesto dulce coloca, en la espesura que hay entre hombre y hombre, un predio virgen cuyo rigor nos despierta al cuerpo, nos exhala un vaho tibio que penetra en los anhelos y que finalmente nos cuenta una historia inventada como destino que sí llega y sí alcanza a ser cuento. Entonces los labios se convierten, una vez más, en la herida abierta que como un puente eterno se despliega entre el alma y sus confines más distantes. Siempre el sueño enterado de día que busca lo más propio, lo único alto, lo irreductible sin nombre que reside en todo el derredor, aparece indicando un desvío, una salida inminente que jamás habrá de usarse, un amor latente que nunca se hará evidente y que como latencia nos acompaña en las horas felices y en las más tristes. He allí y a pesar nuestro, a pesar de la gloria sentida que surge de toda obra que da testimonio de hombres, a pesar de la alegría derramada a favor del mundo, el sol negro y tenebroso tiñe con su ritmo de bajo continuo zimbrando un surco por donde, sin remedio, nos abraza la melancolía. Oh preciosa desdichada, cuídanos tú también el rumbo y glorifica el sentido final de nuestro canto.
El acuerdo como reunión
y el fuego que irrumpe lo leve
de otras mentes de roce de dualidad
al archipiélago su paisaje profundo
para el reconocimiento
en lo centrado enmarcado
tus venas en la visita hasta el gesto
de lo único
en la fría ilusión de soledad
como lluvia y madera las estrellas
de la antihuella
si memoria es voz latente esta cicatriz
es tiempo por la proa
si esparcidos una vida en movimiento
es flora por la ronda de cumbres
del cielo otros signos en claridad
nunca un mareo hacia el no horizonte sus huevos
de densidad hasta lo difuso
siempre en velocidad y torpeza
entonces la unión al entregarse tras la angostura
ahí un trébol tras la angostura
tu rojo bajo zig-zag verde mi estela
aquel contorno en el centro
los soberbios paisajes y una constelación
se vinculan en el foráneo
en el rumbo del pie destinado
como embrión guardado en tu difuso
de la contracurva
los fragmentados
y una sola trama de la luz
para ser de seda
para el traspaso
inmensamente proyectivo
sobre un horizonte pacífico y extraviado
de reflejos entre gotas de sangre
entre sensación de la nada que, latente
hasta lo fusionado, ancla sin recodo
las grietas
del recorrido
Salud
noviembredemilnovecientosnoventainueve