1999 Clase 15

Treceava Carta al Taller de Amereida. 

Carta de travesía, Caleta Tortel, Aysén. 

Tercera parte 


Estimado Manuel. 

La participación poética conlleva casi naturalmente – aunque sea una herencia nueva – la realización del acto poético. Más o menos simples, con mejores o menores cuotas de belleza conseguida, etc. Esta carta no es para hablar de nada que intervenga en estos actos, es sólo para presentar algo del que hicimos entre todos - incluido el poema - el último día de travesía. 

Hubo tantas otras instancias delicadas en el fulgor salvaje que las aguas esparcen sobre bordes y playas. Muchos momentos detallados fuera de la excusa constante; soberbios paisajes resentidos antes de la primera marca. Sabernos entonces en la huella de los titanes agraciando esa herencia, perdidos incomparablemente más lejos aún... más solos. 

Cuando los ojos resumen lenguaje y la mirada se sumerge atrás de sí misma, mientras un puro gesto dulce coloca, en la espesura que hay entre hombre y hombre, un predio virgen cuyo rigor nos despierta al cuerpo, nos exhala un vaho tibio que penetra en los anhelos y que finalmente nos cuenta una historia inventada como destino que sí llega y sí alcanza a ser cuento. Entonces los labios se convierten, una vez más, en la herida abierta que como un puente eterno se despliega entre el alma y sus confines más distantes. Siempre el sueño enterado de día que busca lo más propio, lo único alto, lo irreductible sin nombre que reside en todo el derredor, aparece indicando un desvío, una salida inminente que jamás habrá de usarse, un amor latente que nunca se hará evidente y que como latencia nos acompaña en las horas felices y en las más tristes. He allí y a pesar nuestro, a pesar de la gloria sentida que surge de toda obra que da testimonio de hombres, a pesar de la alegría derramada a favor del mundo, el sol negro y tenebroso tiñe con su ritmo de bajo continuo zimbrando un surco por donde, sin remedio, nos abraza la melancolía. Oh preciosa desdichada, cuídanos tú también el rumbo y glorifica el sentido final de nuestro canto.






      El acuerdo como reunión

y el fuego que irrumpe               lo leve

de otras mentes            de roce         de dualidad

al archipiélago             su paisaje profundo

                                                               para el reconocimiento

        en lo centrado                 enmarcado

tus venas en la visita hasta el gesto

                                                                     de lo único

en la fría ilusión de soledad

como lluvia y madera las estrellas

de la antihuella

si memoria es voz latente esta cicatriz

es tiempo por la proa

si esparcidos una vida en movimiento

es flora por la ronda de cumbres

del cielo otros signos en claridad

nunca un mareo hacia el no horizonte sus huevos

de densidad hasta lo difuso

siempre en velocidad y torpeza


entonces la unión al entregarse tras la angostura

ahí un trébol tras la angostura

tu rojo bajo zig-zag verde           mi estela

aquel contorno en el centro

los soberbios paisajes y una constelación

se vinculan en el foráneo

en el rumbo del pie destinado

como embrión guardado en tu difuso

de la contracurva

los fragmentados

y una sola trama de la luz

para ser de seda

      para el traspaso

inmensamente proyectivo

sobre un horizonte pacífico y extraviado

de reflejos entre gotas de sangre

entre sensación de la nada que, latente

hasta lo fusionado, ancla sin recodo

las grietas

del recorrido







Salud 

noviembredemilnovecientosnoventainueve




 


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