1999 Clase 13

Treceava Carta al Taller de Amereida. 

Carta de travesía, Caleta Tortel, Aysén. 


Estimado Manuel. 

Los intentos por juntar a la poesía con algo que no sea ella misma son y serán siempre infructuosos. De hecho, más allá de establecer una relación entre cualquier cosa y la poesía , lo que se logra es apenas permanecer en el intento de ir hacia tal relación; aquí no vale lo que llamamos un resultado, sólo queda la insinuación de un fruto, de su florecimiento. Un poeta en travesía es, entonces y por decir lo menos, una situación extraña aún cuando a éstos la travesía misma les sea perfectamente propicia y del todo natural. Sucede que los oficios, en este caso particular la arquitectura o los diseños, han venido hasta esta región en pos de una obra, de su realización material, de su aparecimiento y habitación concretos y palpables. El poeta se remite a perseguir un canto, a cantar el dios del lugar, a elogiar al dios de cada cual. Remitencia dos veces infinita y etérea que se extiende como el esparcimiento de los vientos a través de los pueblos y allende los tiempos. 

Te hablo de estos asuntos porque he sabido que también vas a ir de travesía, aún cuando ésto no fuese finalmente posible me parece que, dada la abertura instantánea y feliz de nuestro campo, es importante y trascendente acotar brevemente una partida que a ambos nos iguale siempre frente al presente. 

Luego de algunas horas de viaje, desde el aeropuerto de Santiago hasta Puerto Bertrand, en el lago Gral. Carrera, pude dar comienzo a una de las tantas dimensiones que nos ocupan y preocupan. Hicimos una leve caminata desde donde estábamos alojados hasta el inicio mismo del río Baker. En el trayecto nos detuvimos para oír un cuento. Un cuento de historias ajenas en tierras lejanas, que a pesar de hablar del mar no es su contenido en sí lo que pudo servirnos entonces ni ahora en este mar nuevo de Aysén. Está muy bien escrito, como todo lo que escribió E. A. Poe, e incluso el hecho de leerlo por partes generó cierto suspenso y expectativa. Pero no es esta expectación o deseos de saber el desenlace lo que va de todos a todos en ésta o en alguna otra de las detenciones que hicimos para oírlo. Es más, pudimos haber escogido otro cuento, casi cualquiera otro. ¿Es entonces el lugar y su ambiente lo que interesa a la ocasión de oír un cuento? No me parece puesto que con la misma entera propiedad anterior pudimos haber escogido otros lugares para detenernos. ¿Qué es entonces lo que provoca y entusiasma, lo que se produce, lo que nace cuando se oye un cuento? Arriesgo aquí una respuesta que evidentemente no agota ni salva la pregunta: Un tiempo. Se instaura o abre un tiempo otro en la andada. Un tiempo que al estar dispuesto entero en el oír, deja que la calma seduzca a ese oír para que pueda éste completarse y consumarse en sí mismo. Un tiempo cuyo acontecer no tiende hacia su fin, que no está en fuga hacia su término ni transcurriendo en función de un objetivo. Un tiempo así aparecido y vivo es lo que llamamos el presente; recién nacido e intacto, siempre limpio de toda sucesión y por ende inacabable, disponible para su propia construcción libre y celebrante. 

Cuando un tiempo así insinúa su ocurrencia, la travesía va encontrando el sentido de ser en verdad y realmente una travesía que se pasea más allá del actuar programado que toda empresa de esta naturaleza requiere como primera condición para bien llevarse a cabo. La travesía va tornándose como la ocasión propicia y predilecta de la fiesta para quienes vamos en ella. Aunque parezca extraño o antojadizo, es así como el ánima y el ánimo comienzan a prepararse para algo más que sólo el trabajo. Es como recordar que las almas se preparan lenta y pausadamente, casi sin saberlo. Casi en casualidad para que después de todo su gracia surja como el último anhelo que enciende los rumbos en un precioso, fugaz e implacable trazo. 

Desde el habla de las preparaciones ruedo ahora hasta una dimensión que toda travesía contiene y posee, y que a pesar de innúmeros esfuerzos y cálculos no ha sido del todo dilucidada: el tiempo de la espera. Sucede incluso que muchas travesías que contemplan en sus derroteros largos recorridos o extensos viajes han intentado construir o conformar estos intervalos de tiempo. Han deseado que el viaje deje de ser mero traslado –sobre todo el de regreso- y se convierta en parte adquirida dentro del total de la travesía. Los resultados arrojan siempre una carencia, que aún cuando se la reconoce como tal, no permite el goce pleno de su vacío. 

La espera es tiempo de extremos, difícil de equilibrar, difícil de fundir en el rigor cotidiano y justo de una faena. Es dulce y amorosa a la vez que terrible y desesperante; es nostálgica y esperanzadora; es lenta e insoportable como fugaz y placentera. Su rigor y disciplina mueve a cuestionamiento, es un filo poético calado muy hondo en los fundamentos que sostienen cualquier aventura. Una espera que se prolonga se convierte en naufragio, una espera programada que cumple su agenda suele ser, a pesar de la precisión en su cumplimiento, una pérdida de tiempo. Pero una travesía no debe naufragar ni perder el tiempo. Las más de las veces esperar no nos conduce hacia una mansedumbre sobre cuyo reflejo nos sea posible simplemente situarnos y estar; siempre será necesario hacer algo al respecto. De hecho es común observar que en general creemos que no es bueno esperar y que separamos así a la paciencia de la espera. Sin embargo esta separación resulta forzosa en cuanto ambas, paciencia y espera, se salvan, se hunden y se yerguen la una en la otra. Es más, en la espera reside la templanza o temple (tempo o tiempo) de un espíritu preparado para el presente en donde el coraje va más lejos que los alcances fabulosos de la valentía hasta convertirse en amor. El amor es el signo prístino y ulterior de toda espera, que como todos los signos reales obtiene su luz de plenitud en la gran Gracia. 

Reconozco que en este punto dejo de ser objetivo y doy un pequeño paso hacia un mundo en donde es la fe la que salva la angustia de las preguntas imposibles. La verdadera espera es una santidad, una bendición sublime que goza sabiéndonos dispuestos y despojados. La condición humana nace en esa espera santa y todos sin excepción provenimos de ella. La vida misma se manifiesta y aparece como nacimiento y son las mujeres quienes mejor saben de esto (se dice comúnmente de una mujer embarazada “ella está esperando...”). El embarazo es la expresión máxima de la espera que se vive como tiempo presente puro, libre de toda perturbación. Un presente cuyo espesor no se acaba, no termina sino que se transforma. El embarazo no es con final, más bien con una transfiguración o milagro; es más precisamente un comienzo largamente anunciado que no revoca ni desconoce su origen. Al contrario, lo sublima porque lo ama. 

Faltaría concentrarse en que semejante traspaso es con dolor. Y con un dolor físico que no tiene equivalencias. Concentrarse en la más honda paradoja humana, la que hasta hoy casi ninguna raza o civilización ha sabido aceptar: la felicidad es una medida del dolor. Todas las travesías padecen y florecen bajo la luz delicada y extraña de esta premisa, todos vamos en ellas embarazados a la espera del nacimiento de un tiempo nuevo que nos cambie la vida de una vez y para siempre. Tal como lo hacen los hijos con los padres, tal como es el tiempo eterno de la familia, la resurrección antes de la muerte. 

He aquí una cuestión notable; una ocupación de sólo la poesía: que el canto del dios del lugar y del dios de cada cual sea andar a la siga de un tiempo. Otro tiempo que pueda abrirle a la ocupación de los oficios una iluminación que, como la leyenda, constituya a América desde su elogio. 



salud. 

noviembredemilnovecientosnoventainueve. 



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