Décima Carta al Taller de Amereida.
Estimados.
Sí habríamos de recoger, entonces, el vago retorno de una voz que nos cuenta y nos canta de la raza americana. Nosotros sabemos, aquí en Chile, de españoles y araucanos, conocemos de su mestizaje aún cuando pretendamos pensarlo como algo menor o incluso indeseable. Pero en estos confines nunca tuvimos próximo el éxodo africano; a los negros frente a frente. En O Sertoes de Euclides da’Cunha hay una bellísima referencia a una épica americana en donde sí participan los negros pero no como raza sino como pueblo, como lugareños, como las gentes de un país o de una patria. En esa guerra del Brasil el combate es entre el gobierno y los de una región.
Entonces hay otro lugar en América que va a convertirse en la punta de lanza, a golpes de sangre y pases de magia negra, para la liberación de una raza en todo el mundo. Una pequeña isla del Caribe va a ser el primer golpe de una lucha que perdura hasta nuestros días: Haití.
Ésta era el centro álgido de las pretensiones colonialistas de Francia. El comercio es fabuloso, incomparable con la Jamaica inglesa o la Cuba española. Aquí llegan 1.500 barcos al año, muchos más que a Nantes, Marsella y Burdeos juntos. En esta última ciudad hay 16 fábricas refinadoras de azúcar isleña y otro centenar de destilerías que exportan brandy. Hay 24.000 marinos empleados exclusivamente para el comercio con la isla. Todo el chocolate de Francia es cacao de Haití y qué decir del café o del algodón. Y todo esto lo trabajan los negros desde la punta del látigo. Lo mismo es invertir en telares, en barcos, en fábricas, en negros.
En Haití reboza la prosperidad, incluso hay mulatos, cuyos padres aún son esclavos, que gozan de riqueza y que viven a la europea. Llegan los teatros, las óperas, las orquestas desde París, las ciudades como Santo Domingo o Puerto Príncipe crecen límpidas entre el lodo y los campos. Relatar aquí las crueldades, la tortura, el infinito abuso, los espantosos crímenes cometidos en contra de los negros, no tiene mayor sentido. Creo que todos sabemos que son cuestiones inenarrables y que superan a la más sádica de las imaginaciones.
Ciudades hay de 20.000 habitantes de los cuales 10.000 son negros esclavos que jamás siquiera han soñado una revuelta a pesar de la independencia norteamericana, la revolución francesa, la ilustración y todo el cuento de los europeos libres ellos y nadie más.
Sin embargo todo se complica cuando los colonos más ricos deciden que merecen representación en los Estados generales en París. Exigen 24 puestos considerando el total de la población colonial (que para estos efectos sí considera a los negros). En París responden que entonces ellos contabilizarán a las mulas y a los caballos en cada distrito. Pretender participar en los Estados generales significa abrir el debate en torno a la situación de los esclavos. De hecho ya existen en Francia sociedades y círculos en pro de la liberación de los esclavos. Están inspirados en ideas inglesas que proponen la abolición de la esclavitud. Los ingleses han descubierto que fue una bendición perder las colonias en Norteamérica porque en la India se produce todo mucho más barato, descubren que es mejor tener trabajadores libres a un penique diario que esclavos caros en América y que el florecimiento de Haití viene a perjudicar los intereses del imperio puesto que ahora la idea es traer el azúcar desde el oriente y no ya desde el caribe.. Así nace la Abolitionist Society, que tan humanitarios panfletos y proclamas reparte por el mundo.
De pronto los mulatos consiguen llegar a la Asamblea General en París; el odio entre estos y los blancos de la isla finalmente se desata y Oge, uno de los representantes mulatos en la Asamblea se levanta en armas y se viste de revolución para su campaña en Haití. Es derrotado y su cabeza es expuesta en el camino que va a su pueblo natal después de haber sido muerto mediante horribles y públicas torturas.
Tal vez haya sido esta una llave o posiblemente existieron otros muchos signos anteriores, pero el hecho sólido y lábil es que en la profundidad verde de los montes y en el entorno húmedo de los campos ha comenzado una canción extraña que ningún blanco entiende ni sospecha. Una canción antigua y nueva que sí escuchan atentos el cochero que maneja los carruajes, el mozo que tiende los manteles, los trabajadores que cuidan los campos. Incluso la oyen los que son nada de nada: esclavos de un negro. Escuchan y ríen mientras los grupos de sombras se esparcen fugaces e imperceptibles por toda la comarca con la canción del vudú; “¡mejor morir que vivir esclavos!” es lo que dice la voz. Durante una noche casi casual marchan decididos hacia el altar mágico y los pocos y desprevenidos blancos que les han visto venir pensaron que tal vez habían unos casamientos. Pero los agitados tambores llaman a juicio y a venganza. En el altar de piedras y fogatas se baila con frenesí, se sacrifican animales y se pinta todo con su sangre. Hay emoción y tensión “¡mejor morir que vivir esclavos!”. Es la noche del gran vudú, la noche inolvidable del 14 de Agosto de 1791.
Cuando despunta el alba, desde Cap. Francois hasta los montes sólo se ven hogueras creciendo furiosas y apenas se oyen ya los gritos de horror blancos y mulatos decayendo en la devastación. La marea o lava negra avanza incontenible a punta de machete entre el campo y la ciudad atravesando blancos con crueldad aprendida y violencia recién nacida. Durante tres semanas el humo y la sangre igualan la noche con el día.
Hay represalia; los amos han de cobrarse. Los negros han convertido 280 haciendas en pura ceniza, han quemado millones de dólares en siembras y han matado a 200 blancos. Ahora todo el camino a Cap. Francois tiene a 10.000 negros colgando de sus árboles. Dos meses ha durado este comienzo.
La continuación viene por parte de un cochero de 40 años. Su padre era cacique en África, fue cazado por los blancos y traído hasta Haití. En francés se llama Toussaint. Creció callado pero resuelto, es el mejor jinete de la región, fue bautizado y aprendió a leer. Sabe que los negros deben ser libres, pero es católico y no gusta de incendios ni de masacres. La hacienda de su amo fue respetada porque él ordenó paz a sus negros, pero cuando la ola de venganza blanca arrasa con saña en todos lados por igual se esfuma de su frente para siempre toda neutralidad. Ayuda a que la familia de su amo huya a Estados Unidos y se incorpora a los rebeldes. Al poco tiempo es jefe indiscutido; sabe hablar bien gracias a la lectura, cura enfermos gracias a las hierbas, sabe combatir gracias a la paciencia de los años en silencio.
Los mulatos y los blancos se unen, superando anteriores diferencias, ante la amenaza de Toussaint, que ahora comanda un ejército de 10.000 decididos a seguirlo hasta la muerte. Este ejército pelea contra la burguesía adinerada que pretendía poder en detrimento del Rey y por eso los negros enarbolan la bandera de la monarquía; para ir contra sus opresores directos. Sin embrago en Francia la revolución le baja la cabeza a Luis XVI. Nadie puede creerlo, nunca se vio atrevimiento semejante: ¡decapitar a un Rey! Toussaint necesita un rey; se pasa a Santo Domingo y allí se declara súbdito de Carlos V. Los españoles, que están en guerra con Francia, reciben a los negros reconociéndoles todos los títulos de generales y brigadieres además de declarar libre a cualquier esclavo que pise territorio español. Toussaint se eleva y su nombre reluce a la vista y al oído y se esparce así de rápido y de poderoso. Cabalga más que ninguno, se presenta siempre en el frente del peligro. En cada lugar se le unen cientos encantados por sus arengas y por sus victorias. Ahora tiene un nombre de batalla: Toussaint L’Overture. Hace una campaña relámpago y vence con un ejército disciplinado que no comete excesos. Los blancos acaban huyendo a Estados Unidos e implorando asilo a los ingleses de Jamaica. Si los negros son ahora súbditos de España, pues ahora los blancos lo serán de Inglaterra, que cuando de dinero y de tierras se trata, pierde todo pudor libertario. El imperio británico comienza a mandar tropas al caribe justificándose vergonzosamente por cargar ahora contra sus recientemente defendidos los negros. Mientras tanto, en Francia, la revolución progresa y en un clima de emoción política la Convención de ciudadanos declara la abolición de la esclavitud en una jornada que el mundo recordará siempre.
La consecuencia directa es que Toussaint puede ahora pelear bajo los estandartes de la República francesa y que España pierde a su mejor aliado en el caribe. El negro prodigio va luchar contra Inglaterra, contra España, contra los blancos y siempre resultará vencedor. Haití es una isla de negros y muchas veces a Toussaint le basta una carta para acabar con una batalla antes de haberla comenzado y con tres mil hombres que se pasan de su lado.
Salud.
martestreintaiunodeagostodemilnovecientosnoventainueve.