Primera Carta al Taller de Amereida Estimados
Ya que hablábamos de mar... y expresamente de éste; el Mar Caribe. Que hablar no va por saber ni por mostrar. Que no se trata de aprender ni de demostrar. Esta carta que viene a propósito de una primerísima destinada en Carlos Covarrubias, viene también -para ustedes- como la apertura o inicio de una conversación. Conversación así dicha en sí misma y llena de cifras que ya resolveremos más adelante.
Se trata, ahora entonces, de los hombres que habitaron este mar durante el siglo XVII, exactamente entre 1620 y 1680. Son 60 años que tuvieron sangre para el Caribe y plenitud para la “Cofradía de los Hermanos de la Costa”; acaso la más extraordinaria agrupación de piratas que conoce la historia. Y si de historia he hecho mención, pues bien conviene revisar brevemente algunas de sus señales.
Cristóbal Colón había fundado “La Española” en la costa caribeña de lo que actualmente es La República Dominicana. Sin embargo, el afán conquistador español iba por oro y tierras; esas fueron sus arras, por lo que estas fundaciones iniciales no avanzaron de ser caseríos, para pronto ser abandonadas o apenas convertirse en lugares de mero paso. Aquí llegaron los renegados y presidiarios fugitivos; los ex esclavos, lo desertores y los vagamundos de todas las naciones y de todos los climas (excepto españoles). Se reunieron aquí bajo un sólo y fundamental precepto: la libertad.
Al comienzo llevaron sólo una vida dura y primitiva; recolectores de fruta, cazadores de algunos animales cuya carne secaban para luego ahumar con humo de madera verde. Esta carne ahumada era llamada “bucan” por los indígenas arawacos, y quienes comerciaban con este producto con los barcos no españoles que arribaban a las américas, comenzaron a llamarse bucaneros. Este comercio -ilegal según las leyes españolas- es reprimido y La Española es atacada por los ejércitos del imperio. Este ataque es el verdadero inicio de los cuentos.
Los bucaneros sobrevivientes se reagrupan y se guarecen en la isla “La Tortuga”, al norte de Haití. Si hasta ese momento habían sido cazadores e incluso ganaderos, ahora se van a convertir en un grupo que busca unión para defenderse, ahora van ellos a dar los primeros golpes en lugar de recibirlos. Piensan que es la única forma de mantener lo fundamental: la libertad. Ahora son un cuerpo o corpus mayor que se ordena bajo una suerte de constitución cuyas leyes y reglas jamás fueron escritas en documento alguno. Se mantenían vivas en la voz:
Se vive en La Tortuga sin prejuicio de religión ni de nacionalidad (en tiempos que en Europa existen profundas divisiones debido a la reforma de Lutero y las luchas entre los imperios colonialistas)
No existe la propiedad privada ni individual. En la isla jamás se dividió la tierra en lotes y los barcos eran de uso común; cualquiera puede tomar el que desee para llevar acabo una expedición.
La Cofradía no interviene en la libertad de cada cual, no hay impuestos ni policía. Los problemas entre filibusteros -que así se llaman desde que asaltan barcos y ciudades- se arreglan hombre a hombre.
Nadie está obligado a combatir en las expediciones. Se abandona a la Hermandad en cualquier instante y no hay persecuciones ni por traición o abandono o venganza.
No se admiten mujeres (de raza blanca).
En esta constitución no existe ni un solo deber para con la comunidad. Es una sociedad masculina y no se preocupa de los más desprotegidos. Funciona siempre la ley de la eliminación natural: el más fuerte vence sobre el más débil. Aquí se autoriza todo lo que cada uno quiere hacer y se prohibe lo que a nadie interesa.
Nombraban a un “gobernador” que era en verdad un jefe militar que en tiempos de paz poca autoridad o poder poseía. Y he aquí un asunto extraordinario; el gobernador era elegido, lo que resulta ser una situación democrática completamente revolucionaria para tiempos en que el poder es depositado directamente por Dios en reyes y príncipes.
Esta es una sociedad anarquista y utópica que tuvo lugar y momento. Una sociedad que extravió a propósito los puentes que la unían con otras sociedades para condenarse a un extrañamiento imposible e infecundo. No le interesa si el mundo la considera dentro o fuera de sus leyes, sólo cuenta que sus hombres sean y permanezcan libres.
La leyenda en torno a ellos los ha convertido en héroes a pesar de lo sanguinarias y despiadadas que fueron sus empresas. Son personajes simpáticos para el cine y para la literatura. Pero aún por sobre estas equivocadas visiones tan arraigadas ya en el inconciente colectivo e histórico, surge una buena pregunta; ¿por qué los transgresores de la ley en tierra no corren esta misma suerte?, ¿por qué no hay una sociedad semejante entre los bandidos terrestres? Una respuesta que aventura: es por el mar, por el Mar Caribe.
Salud,
Jaime.
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