scribo con la ambición de un oído precioso, único consuelo real de mi labor. Ese suelo dado será como el fuego. ¿Acaso el fuego no redime? Con su don, con la lánguida figura que burla ágil sus contornos, como el bajar y subir el pie durante el paso, como las visiones con los párpados casi cubriendo los ojos. Una figura sola que se presenta desvanecida en la vibración de destellos y sombras, atravesada de humos y aromas. Una figura inefable, cuya proximidad nos suspende, a tientas sobre las pertenencias y los registros, para cedernos la cadencia del ángel, un ritmo cuya dimensión no posee tiempo ni lugar. Consistir en tal tarea era el velamen aquella tarde de nieblas, cuando su ámbito donaba un invisible al invierno. En el filo de la nube se reducen los gigantes de la tierra, esa frontera que muda sus propios bordes en saltos al abismo, donde aflora la mascarada para desdecirse en las mejillas pudorosas. Una fiesta; ésto era. Ella perdonaba a los que no saben lo que hacen, y bebió y cenó con los malditos, la gracia de su porte ocupó el horror de su presencia entre los indeseables, soportó la discrepancia y ese anuncio perdió a los hombres en su piel de risas. Pero algunos permanecimos fieles a la sola distracción, a la aventura inconmesurable de saberse otro, desconocido, en medio de la Gentileza. Ella era ese aire gentil más allá de la belleza, ese respiro que alza la voluptuosidad de un presente y así dona la paz a toda estancia, la renuncia al tiempo de las amigas y a los lazos de la familia. Ella sólo andaba de paso, siempre su alma en la disputa entre ninguna patria y el advenimiento poderoso de los desvíos y los naufragios. Por eso el trance de su tránsito deslumbró a los naturales de una tierra, de una madre, que en ella vieron la posibilidad de conocer, de vivir países lejanos, religiones opuestas, el lujo de las reinas, el esplendor de los seres en otros mundos, la maravilla de otras lenguas. En tal feroz desarraigo se podía vislumbrar el hermoso lazo que nos une a un lugar y que nos corresponde, una invitación precisa a construir la bonanza de un campo abierto. Jamás podríamos existir migratorios, como las golondrinas, si nuestro oficio ha sido desvelado en las mutaciones del país que nos registra y acoge. Ella proponía la real prudencia, que no pasa por esmerar los cuidados del tacto o del buen gusto, que no es evitar acciones inseguras ni preveer los fracasos, sino el floramiento incondicional de la curiosidad, el aparecer manso de una sabiduría que no se mide ni se evalúa según el juicio, más bien se posa frente a nuestra vista, extendiéndose largos o pequeños momentos. Entonces admirábamos el paseo de los pelícanos en el filo de las olas, su precisión en el peligro, el sucedimiento de noches consumadas en conversación, el vino y la música. Entonces contemplábamos la luz del sol sobre las cabelleras, las rutas del viento en las arenas, el amor de los cuentos realizándose a pesar nuestro. Entonces ella fue la lluvia de llanto que arrasó los refugios, el terrible augurio de su estigma, la ignorancia de la abertura residente en sus propios cantos que pasaban y pasaban frente a nuestros paralizados brazos. Nada debíamos esperar de sus contactos, mucho menos exigirle permanencia. Esa renuncia es la que enseña a no pretender la perdurabilidad, que toda obra debe construirse por acabar mundo y no por la avaricia de un recuerdo. La gloria nombra a sus elegidos en los círculos de un sagrado silencio. Es la condenación. Hemos faltado también en las cosas que no son del juicio, donde nuestro castigo consistirá sólo en la memoria, no en la libertad ni en el cuerpo. La memoria no cesará ya de saber ese nombre, y eso quiere decir abierta, desde ella, toda nominación. Se ha adquirido una condición de humanidad, se pertenece a una especie dentro de la especie. Esto es la identidad, que se consigue sólo cuando el alma se abisma en otra alma más pura, más inacabable. Cuando ello ocurre es indetenible una nueva forma de nombrar, porque esa otra alma es maravilla si fue intervenida por los dioses. Así es afectada Mnemosine, así la imperdonable huella que yace en nuestro camino, porque desde ahí con otro paso andaremos, cada cual otro. Pero ¿cuál nombre? quién ella. Algunos sabemos con mediana exactitud de qué se trata un nombre, y ya hemos crecido bajo su espanto. Estamos preparados a lo extremo. Ella nos cantaba mar adentro mientras nosotros andábamos la orilla, ella desde la preciosidad del caos agitaba apenas. La tristeza era indispensable para saludarla. Ella alejó al tiempo, y quedamos en el vuelo quebrado, anhelante. Tal vez vivimos en ese lugar que no es, donde ella danzaba realmente. Una realidad que aparece pero no está, una realidad que no es en el tiempo, que no puede ser proyectada como futuro, que no podrá recordarse, pero que nos ilumina y nos conduce, que vamos hacia ella enceguecidos por su sed, que nos hará cenizas. Amaremos a la mariposa. Ella, que comparecía como tal, allí donde el otro es, siempre oía, siempre. Cualquiera pudo acercarse y decirse. Debimos renegar del éxtasis, de la embriaguez, ante su oído debimos quedar impropios, esto es extraviar incluso el nombre, los órdenes aseguradores, las drogas, todos los bienes. Así su oído revertía los opuestos y transformaba el juego de las semejanzas. Se escindieron los contenidos de nuestra propia voz y asumimos la carencia. Hubo un alba alcanzada por el infierno y aún así brotaron de ella los cometidos del arte y se esparció una paz entre oficios y oficiantes. La pura disponibilidad de esa vida de mujer salvó el drama de nuestra enajenación. El agradecer será el intento y su nobleza. |