Hay una extrañeza. Tal lo irreal por eléctrica certeza que se instaura y se realiza para sí y así sueñan las multitudes pero tal lo irreal por realeza que viene en la nube que no se instaura ni se realiza tal inacabable dice la inminencia Ella en cierto modo estaba prevenida sus ojos mar diciendo en voz del viento todos sus náufragos Ahí también en otra más lejana deriva su cuerpo atrapado en mi tiempo el cruce y los roces en favor del sacrificio es entonces por el silencio por el blanco así la inocencia Ella componía desde su oscuro y profundo anhelo originario el estigma del canto el vacío que resucita al deseo a cada vez realizado en fin lo caro al poeta mas sus ojos de pronto convertían al poeta en hombre y la inminencia precisaba su figura sobre la piel llamando al exacto espacio y al preciso tiempo para que confluyan sobre una relación una estancia en que el deseo no necesite llegar a realizarse para que una resurrección ocurra. ¿es ésto posible? ser hombre sin obra sin hijos con sólo palabra Tal vez esto saben las musas y por ésto al poeta le ha sido prohibido enamorarse de la musa Porque entre ellos no puede haber ningún acuerdo ninguna conveniencia o condicionamiento mucho menos podrían verse atravesar sus miradas espiritualmente porque esa mirada responde y establece amanecidas desnudos decisiones habitaciones con balcones y jardines tierra que cuidar cultivos de trascendencia y gloria Un alma extrañada sobre el elogio la complacencia imposible sin ubicación residente en la nube sólo las palabras serán las musas ninguna otra belleza tendrá perfección en un alma de vértigos donarse a la plenitud de una lengua será el alma de Mnemosine y el testimonio dado por los hombres Entonces vendríais en el viento sin nombre alada apenas como el horizonte con la inconsolable inocencia Ella sola como el mar mudo se derramaba sobre la estancia era el sentido de los ríos y en sus manos se suscitaba el hallazgo Ella pudo perdonar todas las traiciones las promesas de toda tentación en su paso jamás un amanecer se reflejó fantasma ninguna alegría fijó esperanza en su risa Desde hoy sabemos que en verdad ella no llegará que lo que ha sido no cesará de venir como lo que no ha sido nunca ni jamás será Así en los reales navegantes el rumbo al caos emerge hiriéndoles los labios como un beso abre la aventura al regalo entre las orillas distantes Precipitados desde un borde se habita la vastedad cara a las estrellas guiados por el mar hacia el mar Nuestro viaje inmóviles está en los ojos la carencia sublime el peligro la lengua que puede dar nombre Sabed que los dioses donarán mundo en la voz sobre estas landas. ¿Acaso no sabíamos? En un fondo mudo de la interioridad, el hombre resguarda una otra actividad que concierne a su condición, el hombre, además de saber, crece, Y eso lo asemeja a los dioses. No hay excusa para la cobardía y la indecisión, el hombre debe saber que crece, así será su testimonio, su jornada. Así tendrá hijos y tradición. Sí, nosotros lo sabíamos. Ella nos llevó aventura cuando no se resolvía la partida, nos despojó de comida y sueño. Ella fue a danzar nuestra melancolía, que pintó nuestros rostros una noche, preparó el rito, y en la hora designada por sus signos destrazó su figura blanca entre nuestras identidades. Desde entonces lo sabemos, la severa medida del soy otro, regalada en sagrado a través de todo viaje, en cualquier extremo señalado. Por ésto, ella jamás sería madre de nuestros hijos, sino el eco retenido durante el estío, el movimiento desértico de las olas que recogidas por sus pies en la orilla, la noche de pasos errantes entre nuestras propias figuras, en una fiesta lenta del cielo que aparece más claro al vuelo hacia la estrella. Otro campo, otra estrella, otro tiempo que la vida del número y la cifra. La andanza en que ella permanecía tranquila para dar con su rostro en lo oscuro, como la estación y constelación de los teatros entre escena y escena, única detención que descontinúa el horizonte ocupado en lo evidente. Ella permanecía tranquila y sin esperanza, no hay que perderse en el extravío, decía; podríamos llegar a amarlo. Ella aguardaba sin amor. Aguardaba sin pensamiento, pues no estaba preparada para el pensamiento, tal el alma, tal luz y tal danza. Para conocer hay que saberse ignorante, para obtener hay que desprenderse. Cuando el agua corre, allá lejos de nuestra vista, el oído puede contarnos si el agua es fría o caliente, turbia o transparente. Lo mismo dicen las piedras del río y las nubes de lo divino. |