II. Carta Segunda

Hay una extrañeza. 

Tal lo irreal por eléctrica certeza que se instaura 
y se realiza para sí y así sueñan las multitudes 
pero tal lo irreal por realeza que viene en la nube 
que no se instaura ni se realiza             tal inacabable 
dice la inminencia 

Ella en cierto modo estaba prevenida             sus ojos             mar 
diciendo en voz del viento todos sus náufragos             Ahí también 
en otra más lejana deriva su cuerpo atrapado en mi tiempo             el cruce y los roces en favor del sacrificio es entonces por el silencio 
                                                                                                                por el blanco 
así la inocencia 

Ella componía desde su oscuro y profundo anhelo originario             el estigma 
del canto         el vacío             que resucita al deseo a cada vez realizado             en fin 
lo caro al poeta             mas 
sus ojos de pronto convertían al poeta en hombre 
y la inminencia precisaba su figura sobre la piel llamando al exacto espacio 
y al preciso tiempo para que confluyan sobre una relación una estancia 
en que el deseo no necesite llegar a realizarse para que una resurrección ocurra. 

¿es ésto posible? ser hombre sin obra             sin hijos             con sólo palabra 
Tal vez esto saben las musas y por ésto al poeta le ha sido prohibido enamorarse de la musa             Porque entre ellos no puede haber ningún acuerdo 
ninguna conveniencia o condicionamiento 
mucho menos podrían verse atravesar sus miradas espiritualmente 
porque esa mirada responde y establece amanecidas             desnudos             decisiones 
habitaciones con balcones y jardines                 tierra que cuidar                 cultivos de trascendencia y gloria 

Un alma extrañada sobre el elogio             la complacencia imposible             sin ubicación             
residente en la nube             sólo las palabras serán las musas             ninguna otra belleza tendrá perfección en un alma de vértigos 
donarse a la plenitud de una lengua será el alma de Mnemosine 
y el testimonio dado por los hombres 

Entonces vendríais en el viento sin nombre                 alada apenas 
como el horizonte             con la inconsolable inocencia 

Ella sola como el mar mudo se derramaba sobre la estancia 
era el sentido de los ríos y en sus manos se suscitaba el hallazgo 

Ella pudo perdonar todas las traiciones             las promesas de toda tentación             en su paso                 jamás un amanecer se reflejó fantasma 
ninguna alegría fijó esperanza en su risa 

Desde hoy sabemos que en verdad ella no llegará                 que lo que ha sido no cesará de venir como lo que no ha sido nunca ni jamás será 
Así en los reales navegantes el rumbo al caos emerge hiriéndoles los labios como un beso abre la aventura al regalo entre las orillas distantes 
Precipitados desde un borde se habita la vastedad cara a las estrellas guiados por el mar hacia el mar 
Nuestro viaje inmóviles está en los ojos                 la carencia sublime el peligro                 la lengua que puede dar nombre 
Sabed que los dioses donarán mundo en la voz sobre estas landas.

¿Acaso no sabíamos? En un fondo mudo de la interioridad, el hombre resguarda una otra actividad que concierne a su condición, el hombre, además de saber, crece, Y eso lo asemeja a los dioses. 

No hay excusa para la cobardía y la indecisión, el hombre debe saber que crece, así será su testimonio, su jornada. Así tendrá hijos y tradición. 

Sí, nosotros lo sabíamos. Ella nos llevó aventura cuando no se resolvía la partida, nos despojó de comida y sueño. Ella fue a danzar nuestra melancolía, que pintó nuestros rostros una noche, preparó el rito, y en la hora designada por sus signos destrazó su figura blanca entre nuestras identidades. Desde entonces lo sabemos, la severa medida del soy otro, regalada en sagrado a través de todo viaje, en cualquier extremo señalado. 

Por ésto, ella jamás sería madre de nuestros hijos, sino el eco retenido durante el estío, el movimiento desértico de las olas que recogidas por sus pies en la orilla, la noche de pasos errantes entre nuestras propias figuras, en una fiesta lenta del cielo que aparece más claro al vuelo hacia la estrella. 

Otro campo, otra estrella, otro tiempo que la vida del número y la cifra. La andanza en que ella permanecía tranquila para dar con su rostro en lo oscuro, como la estación y constelación de los teatros entre escena y escena, única detención que descontinúa el horizonte ocupado en lo evidente. Ella permanecía tranquila y sin esperanza, no hay que perderse en el extravío, decía; podríamos llegar a amarlo. Ella aguardaba sin amor. Aguardaba sin pensamiento, pues no estaba preparada para el pensamiento, tal el alma, tal luz y tal danza. 

Para conocer hay que saberse ignorante, para obtener hay que desprenderse. Cuando el agua corre, allá lejos de nuestra vista, el oído puede contarnos si el agua es fría o caliente, turbia o transparente. Lo mismo dicen las piedras del río y las nubes de lo divino.