V. Carta Quinta

He tenido hasta ahora, mucha humildad adeudo. Acepto la severidad de mi condena y la considero justa. 

Sólo la severidad de una nueva hora redime, el dolor de una empresa desconocida, la sed de esa maravilla. Así es, somos como la mariposa. 

Tal vez así se escribe, es parte de una herencia. La hemos aceptado desde donde viene, sin reparos, tal como ella se presenta. Entrar en la falla que otros poetas han abierto a los de ahora. Habitar la impropiedad con la constancia y consistencia que el destino indique, nada puede preguntarse, acaso sea posible que el poeta sepa que lo es. Procedamos. 

Cuanto antes en la labor de nuestro tiempo. La forma será desvelada más tarde. La labor de la palabra. Aquí en América es ir a través de sus mares, la diferencia aquí son los mares, que cobran de la palabra su íntima extrañeza, la posibilidad de la errancia inacabable. Siempre a tientas, como la noche, en los caminos que no son. LLevados por lo oscuro hacia lo oscuro. Las sirenas incluso compadecen y bendicen nuestra espera. 

Allá, durante la tarde, ¿visteis a los lobos? como reinan en su isla de olas, siempre amenazados por su existencia de orillas. Sí, allá en esos bordes ¿visteis el vuelo de los pelícanos? en el filo asesino de la playa, siempre enfilados por ese resplandor térmico de la ola . Allá sucede también la roca de horizontes líquidos, donde las fisuras acogen siempre la máxima tensión que se produce en nuestros íntimos extremos, danzan en su piel las mareas y aprestan a la amistad con el color de la muerte. Más que marinos, nautas. 

No divisareis ruinas, marcas, ni direcciones, sobre estos bordos el rumbo nos es signado, en ello el velo de una extrañeza que se extiende sobre lo que decimos y hacemos. La niebla siempre sobre lo que se disipa de pronto, nos invita a aparecer otros, en alguna otra parte insólita, renovada, desconocida. Por eso la tiniebla se embellece en el eco de los cordajes, ah, esa, la extraña melodía. Estoy cierto que la oíamos apenas, en los limes de nuestra marcha hacia la locura, en la desolación, cuando ya toda referencia se había extraviado y nos dirigíamos sin remedio hacia otro más lejano y terrible horizonte. Esa útil y extraña melodía nos salvaba, era nuestro consuelo, nuestra soberana y preciosa tristeza. 

No cesará jamás el rigor espantoso del alba, allá no olvidarán nada ni podrán beber a la salud del futuro. Allá, mientras me acompañabais en pasos de risa ¿visteis la alegría entre el vértigo? Solos, lejos, hemos perdido estrellas, sin ruido. Volver a amar pasa por desprenderse del olvido y la belleza. Perder una estrella significa en verdad suspenderla, hacia lo alto, sobre nuestra ruta, hacerla firmamento de infinito y arrojarse, embriagados tras su santa luz. 

El olvido no existe. Sólo la información es algo que se olvida, pero jamás el real crecimiento y sus signos, éstos serán acogidos en eternidad a la memoria. 

Los obstáculos no se esquivan ni se destruyen, sino se incorporan a los movimientos y detenciones de la andada, al ritmo en calma y oscuro, comprender que los obstáculos son las herramientas para construir la realidad de nuestra carrera. Esto es el consentimiento a perder lo que más amamos, sin edades o eras, simplemente. Difícil es lo que se nos asigna, por eso las gentes prefieren la nostalgia; lloran por lo que perdieron para siempre, y prefieren la esperanza; llorarán si no se realiza lo que deseaban. Sin embargo, en el mundo nada se pierde, todo se disipa y se transforma, y nada se crea en sí mismo, todo se junta y se separa constantemente. Pasado y futuro ni se pierden ni se crean, ambos son inalcanzables. Este giro radical es la melancolía, y se lleva la vida por delante. 

En los mares de América ella es el terrible regalo que nos acompaña ahora y aquí, ella la melodía en bajos, continua, incurable. Por ella el trance de la vida se ajusta con la muerte y los rumbos se embellecen con la tiniebla. Un presente hecho de irse, de irse hacia la suerte en abandono a la deriva. Como la lejanía es el sonido de una campana que nos viene con este canto. Algunos oímos ese venir de la muerte, delirada, tardía, divina, y vamos luego errantes, nosotros asumimos la maravilla desde los errores, acogimos la posibilidad de toda posibilidad. Decir toda es decir cualquiera, y eso significa que ya no pueda uno perderse lo imposible. 

Ella me contó, una tibia y larga noche, su historia, y recogió para el cuento aquellos hitos luminosos, aquellas fosas tenebrosas, y los dijo como cualquiera viene y cuenta su vida, sin embargo, una profunda diferencia se cernía ante su relato; la melancolía. Por ella supe que lo extraordinario se muestra a aquellos que lo buscan en lo ordinario, que la fiesta no es caminar por donde nadie antes ha caminado, sino aprender a caminar con otros pies. Durante esa extensión nocturna bebimos, pude ver a su través más allá de lo evidente, no por la transparencia de su realidad ni por el vacío de sus desapariciones, más bien porque el mar era como sus ojos y un fulgor incesante, como un viento, ensombrecía su risa. Aquella noche se inició otra plática, contornos y fronteras, como siempre, se hicieron de nuevo, laberintos y los órdenes giraron, la razón al baile. Ya no éramos nosotros quienes conversaban, en verdad hablamos y oímos otros.