A una destinación prudente es debida la plenitud de un pueblo. La medida en cuestión no reside en la Tierra, sin embargo, es la Naturaleza quien se da amable por los hombres para reunir sobriamente lo humano y lo divino. En esa reunión, antigua o nueva, se donan gigantes los dones, se reserva abrigado lo reservado y se llevan a cabo con dolor los sacrificios. El temple decidido de una nación, su madurez como tal, exige del don, del sacrificio, y de lo reservado. Esa reservación guarda celosa el secreto de la lengua. Allí residen en paz los nombres que aguardan pacientes subir al claro de los hombres, por ella lo que se destina puede ser liberado del todo y acontecer así en cuanto lo que es como es. Es decir, puede el origen principal permanecer volviendo si el Tiempo ha sido abierto por las nuevas fundaciones, puede la Providencia favorecer lo porvenir si una tradición de belleza se manifiesta en las nuevas construcciones. Pero aquel regreso de un origen o el favor providencial transcurren a través de lo reservado, y lo que de ellos obtengamos será en la medida de dones y sacrificios. Esa medida, residente eterna de la vastedad, rige severamente a todos los hombres, sobremanera a los poetas, pero de un modo en que sólo ellos habrán de velar y desvelar el alma de una nación. Ellos vivirán, a pesar de todo, poéticamente. Es decir, cualquier pesar, sea que provenga de un don o de un sacrificio, será enaltecido con gracia finalmente en el espíritu poético y entonces será siempre regalo. Sólo la poesía puede mudar lo adverso en favorable, por ello se condenan los poetas en vivir la adversidad inagotable, en lo que extraña, en los reales abismos, para indicar a los hombres un rumbo. Y sobre ellos no puede recaer ningún reconocimiento ni alabanza, no pueden siquiera ser del todo bien comprendidos, pues esa sola instancia corrompería su entrega al dulce y necesario caos de lo primero, de los principios. La alegría de un poeta es otra; es la tristeza. Él es el único que ha de atestiguarse como lo anónimo, como iluminarse con la sola luz de las tinieblas. La condición humana es para el más inalcanzable que para ninguno, y al mismo tiempo más urgente. Por eso su tránsito abrupto de sombras veloces que le conducen entre nacimiento y muerte de una vez y a cada instante. Por eso urge su voz cuando ocurre siempre el viento sabio que viaja allende los tiempos; en la Leyenda. Él ama desesperada y bellamente, aún sabiendo que deberá renunciar al amor, al desespero, y a la belleza. Conoce demasiado de los dioses y comprende que no puede decirlo. Por el silencio se canta lo callado y por el canto surge y acontece lo innominado, lo que carece de un nombre. Sólo la lengua abre en verdad al mundo y la poesía es esa instancia. Por eso el poeta es la conversación, el poder oír unos de otros, él ejerce la más inocente de las ocupaciones, él dona y funda lo que permanece, él maneja el más peligroso de los bienes; el lenguaje. Por eso, para que sus sacrificios estén a la altura de sus dones, una otra virtud se antepone; el coraje. Así, aquí junto, el momento de la libertad acaece. La posibilidad de renegar mansamente de todo ésto y aprender a labrar la tierra como cualquier terrestre, la posibilidad de una vida no menos poética a través de un oficio, tener hijos, y una mujer. Pero los prófugos habrán de de ser, alguna vez, recibidos con fiesta en el seno dispuesto de la tierra única donde nacieron y crecieron. Esa tierra madre que nos reconoce desde lejos el paso y despierta alegre en la eterna juventud de toda memoria, que bendice la fidelidad de sus hijos prodigándoles calma y mansedumbre cuando el invierno hostil arrasa, belleza y eros cuando septiembre funda, sabiduría y prudencia en los otoños de la tristeza y melancolía magnífica cuando el verano tierno rasga e irrumpe. La naturaleza atenta que recoge gentil el gesto del tiempo para cedernos con reverencia el presente y proteger con rigor nuestra estancia en la construcción del mundo. Ella recogerá también nuestros huesos. La única salvación de un poeta es intentar ser también un hombre. Entonces, mientras la amplia noche derriba sagaz los póstumos alardes de la atardecida febril y la luz se fuga veloz más allá de los ojos, un respiro hondo de la tierra me advierte, abjura y finalmente pasa, como el amor adolescente, como la vida. Es cierto, muchas veces uno se obliga a caer en la misma trampa, incluso sin esperanza de encontrar otra cosa que el mismo dolor. La certeza y certidumbre de este método residen en la inminente plenitud preciosa del Dios, por eso los hombres continúan y continuarán, porque la única manera de llegar a ser hombre es semejarse a Dios. Los dioses no se equivocan y al hombre le es indispensable el error, precisamente porque la perfección es divina es que lo humano no está junto a ella. El camino de la humanidad no pasa por ser dioses sino por la severidad conque ellos nos regalan. Nos condenaremos a la errancia, a la demora. Allí las avenidas celestes, las peligrosas ambrosías, el jardín imposible. Allí el rasgo cegador de la belleza y la plática de las musas. Sobre la muchedumbre gloriosa que, aún sin saberlo, despide nuestra partida incesante, nuestra santa espera. En los sagrados recintos que hospedan al cambio, leve y vigoroso, decisivo. Tendremos la real fiesta, en pureza los corazones, las heridas hermosas, el deseo florecido. El saludo vasto de lo ríos que andan andando de aguas a la tierra, en la marca de la hondura que al mar donan. Los bosques de selva jubilosos de naufragio y aventura, la travesía. Quedaremos en lo abierto, donde la distancia y la ausencia surgen, haciendo y deshaciendo lo blanco, el ritmo, un destino. Donde el habitar se torna constantemente impropio y nos impulsa y exige renovarlo, para tener, alguna vez durante un brevísimo instante, algo propio. Como el gran sol cuando sin pompa renueva la faz de los glaciares, quebrándolos en pedazos que se fundirán en las heladas aguas. Como el fiel viento vuelve cada tarde a cantar las leyendas sobre su escultura. Al rigor, virginidad de las arenas. Nuestros cuerpos y almas serán fuertes, y conseguiremos soportar por más tiempo la plenitud de lo divino. Poética |