El azar proviene de la plenitud que fluye en la levedad de un giro en los trances del abismo, la vuelta de llave que abre y cierra un campo, un giro que confirma el camino que no es el camino. Tal dimensión de las posibilidades, para acontecernos, requiere de nosotros estar preparados. Tal vez sea buena una detención así. Somos seres con destrezas y danzas, con posición y palabra. Así nos regalan el espíritu y la vida con sus fuerzas, pero todo esto no basta para acceder al hacerse del mundo, es menester construir; construir lo que nos cabe en la creación de un mundo. Eso nos indica a través de oscuridades, se nos hacen señas como ecos desde allá, en la premura virgen de la Abertura, sobre las naves de nube, el ego-tiempo de los ángeles. A hacer la diferencia. Tal vez deba sacrificarse la escritura, que ella no necesite acontecer la poesía. Esto quiere decir la conversación, el poder oír unos de otros, y es también el silencio, el retiro. No escribir es por consagrarse al decir, aún cuando el habla no vaya con un oído que la acompañe. El trance, sólo así lo que se calla puede surgir y hacerse en algún canto, ser canto. Lo callado es siempre hecho por todos y no por uno. Tal el rey en la palabra, aquel que la realiza en el tránsito de los hombres, entre los pueblos, en la Leyenda. ¿Las cartas? acaso la reunión de lo callado y del decir, el paso, en un silencio extraño, una instancia breve que acumula viento en la memoria, graba un cuerpo donde, mucho después, vibrará una voz. El paso con ritmo de ola, no por el rumor ni la constancia, sino por la ondulación, el movimiento de onda convocado desde la separación de la tierra y las aguas. Una carta evoca una voz, pero no la establece, la mantiene suspendida en un aquí y ahora inalcanzables, la conduce en una melancolía insospechada que se resolverá sin conciencia, sin razón, siempre inminente, como una realidad sin una dimensión particular. Eso que una carta siempre resta es el orden asegurador de cronologías, de cifras en tiempo. Sucede que el envío de una carta es siempre todo gratuidad, es decir, mero presente, no puede ser colocada a la expectación de un modo de lectura, no puede ser totalmente retenida como recuerdo. Por ello una carta es siempre un hallazgo, para quien la envía como para quien la recibe. Ella no induce respuesta, no desea correspondencia o continuidad, es la abertura de una otra posibilidad, es la aparición real del campo de la novedad. Produce la espontánea curiosidad - el cerrado sobre - pero de un modo en que esa admiración no se traducirá en conocimiento, no puede ser sólo información. Su contemplación se hará desde la perspectiva de una actividad que los hombres realizan por divina naturaleza; el crecimiento. Una carta permanecerá ni en el pasado ni en el futuro, sino más bien en el vértigo inconsolable de las almas que crecen, aquel abismo interpelado por los divinos deberes. Allí, en la santidad de un jardín mudo de la interioridad, que nadie en verdad conoce. Sí, es cierto que un desconocido es provocado a florecer cuando se hace una carta. Quien la envía quedará a enfrentarse con la libertad de quien la recibe, y viceversa. Ambos serán requeridos por el entendimiento, por la memoria y el juicio, y si nada de ésto les alcanza para oír, entonces habrá ocurrido la hermosa gravedad del acogimiento, pues habrán reservado lo expuesto en un oscuro lugar y momento de sus vidas. Así la creatividad de esos que van -como tú y tu hermano- por el frondoso parque, hablando y hablando, como si la palabra los llevara más allá de sí mismos y precisamente esa lejanía les devolviera hacia una identidad única e irrenunciable. Tal vez ese ir hablando quiera ser lo inolvidable, no la temática ni el sentido, no los motivos ni las palabras, sino el irse mismo de la vida a través de un tiempo solo, inubicable por los recuerdos, ajenos a las estaciones y al nombre de los árboles que obsequian el cobijo de su sombra. Tan sólo el paseo, inmaterial, musicado. Haber crecido un poco, en verdad, a traer a la muerte. Hombres y dioses poseen idéntica naturaleza, ambos proceden de una sola profundidad y se deben al mismo inacabable misterio, pero los hombres mueren, tienen en ellos a la muerte, y esa diferencia es la sed de una perfección, el reclamo inagotable de la ofrenda y el sacrificio, más allá del deseo y la voluntad. Por ello los dioses no pueden consentir el coraje, porque nada temen, porque no pueden enfrentarse a algo, no conocen un enfrentamiento. No se trata -en los hombres- de enfrentar la mortalidad, debemos aprender de lo divino. Más bien requerimos reconocerla para que ella esplenda, para que su presencia surja de la libertad y no de un predestinamiento. El amor entonces es una lentitud, una real pausa configurada en trance, un pasar impropio bajo el lucimiento de los océanos inmensos, desgarrador y melancólico, pero siempre certero de su espantoso rumbo. No os detengáis, pues, hermosos. Que vuestra andada logre confundirse con el ramaje que baja a bendecir la limpidez de las fuentes, esas que evocan el torrente cegador emanado de la hondura, allá, en los dominios del caos principal. Vosotros tendréis el hueco, el hueco apenas, hospedaje de la calma nocturna que apacigua la vibración del lugar y su fórmula. Vuestros cuerpos reposarán tras los vientos tibios que reducen el estruendo de las nubes cargadas con antiguos cuentos de magníficas eras y gloriosas naciones. Basta saber el paso que no cuenta, desde éste arribad a los bordos de vuestras fuerzas para reconocer la estima del peligro que siempre os aguarda en el íntimo filo de ojos mudos, un destello implacable de oscuridad se abalanzará sobre los prados, tal vez así la sombra húmeda de los himnos pudorosos que recorren toda berma, todo vacío de los caminos. Si tan sólo pudiera acompañaros un instante, ah, sobre los carruajes y las arboledas, yo sería el que os roza los oídos, imperceptible, como los nidos de nieve y fuego, como las árticas flores. Sí, y el rubor de mi aliento vertido entre los gestos que un homenaje rinden, como sacrificio y obra, como el gasto en polvo de las piedras. Yo sería los túneles de viento que conducen el vuelo de la mariposa hacia la estrella, yo la sed que os provoca la navegación de nubes hacia los ecos celestiales, hacia las rocas nombradas en los horizontes predilectos de un equilibrio dado en fundaciones nuevas, en virtud de aquel coraje que nos dignifica y atestigua. Jamás olvidéis la severidad de vuestra nueva hora. |