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Final

XXIII 

Llegué a un mundo que está detenido ya no en el tiempo, sino en todas las dimensiones; 
una isla que no es tierra sobre las aguas, sino una falla geológica en la lengua. 
Una espesura anterior al nacimiento de las piedras cubre la guerra de sus desplazamientos 
y un abismo confuso se extiende sobre la paz de su persona. 
Aquí el huésped es custodiado por simas que se pasman en la caridad. 
Un cisma rehén la devora 
hasta que todo reconocimiento se duerme intensa y vergonzosamente en el sínodo de las naciones. 
Crucé los relatos del miedo y las mentiras que se alojan serviles en las comunicaciones. 
Un piano desmesurado se entregó en la sobrevivencia estupefacta 
y una cólera deslumbrante absolvió a las cadencias. 
Sólo quedaba un coraje para desdecirse y flotar fugitivo en el propio paso. 
El calor apenas conduce ecos, 
pero las hablas insistían en retumbar en el bullicio aterrador de la tiniebla. 
Entonces el sitio intemporal tramado como la faz de una bestia se resolvió en elogio