XXII Hubo una mañana nubosa que, cuando comenzaba a descansar sobre las olas, se convirtió en toda una era. Un puro vistazo casi sin tiento llamó a las tribus, al hombre exuberante que dormía y a los dioses desprevenidos. Aquel llamado tomó la posesión de muchísimos mundos para meterlos en redoma. Estaban los montes sumidos en un vapor primitivo y abundante; las orillas vírgenes intentándose inventar; el cosmos todo girando en piedras talladas e ignotas. Aún se recuerdan los sonidos con que la selva regía sobre el día y la noche; la paciencia que gobernaba a los animales y las guerras que se perdieron en los corales. Pero el llamado devino en nombre y el encuentro del Lugar tuvo su hora en un mapa. Por aquel indicio se abalanzó la historia tropezando sin cesar en la maravilla. El estrépito se divulgó hasta golpear las campanas más antiguas: Europa despertó temblorosa con la fiebre encendiendo pólvora y delirando reinos sin acabamiento. Entonces América comenzó a criarse huérfana, arrancada de sus rocas gigantescas, esterilizada como una herramienta mortal. Y el llamado heroico se extinguió fulminado en la ignorancia y en el asombro. Vinieron las naves en cantidades despiadadas a levantar fachadas fantasmas que bautizaron a la muerte, para poder elevarla como estandarte. Vinieron todas las cosas que vinieron para llevarse las estrellas y así evitar el rostro pleno de las civilizaciones. Vinieron hasta los mismísimos naturales una vez más, para morir en sus propios reflejos, hundiéndose sólo de pronto en un mar ocupado y sembrado de perlas inútiles que lloraban sus brillos en la oscuridad de los cofres. Vinieron a cambiar su pobreza y su hambruna por islas que se mecían indolentes en la panza de los niños dormidos; atraídos sin límite hacia la abundancia; hacia un sueño de lunas preciosas que vagaban en los ríos; hacia las cuencas doradas del hallazgo. Y aquí vinieron primero. El primer naufragio abrió las fauces indómitas de una empresa inalcanzable y ya no pudieron las leyes ordenar al lenguaje. Los cuerpos se traspasaron lenta y dolorosamente, pero ya no hubo un torrente maldito, porque ya el diablo perseguía y era perseguido y su rostro fue colgado en la cima de las torres para que el pecado se encontrara con su fuente. La luz de las albas se coló en las maderas que aguardaban erigirse en monumentos, en la imagen india de los altares cantando tallados sobre el botín. La lluvia, la imperecedera testigo, hizo barro y costillas para el nacimiento de otros hombres y el calor les mudó los ojos, les deformó las manos y les cambió el paso. Ya no tuvo importancia la multitud y fue repartido hasta el último confín del paraíso; a buscar un nuevo Árbol de la Vida para que el oro no acabase de brotar. El mar depositó sus jornadas sobre la calma, pero quiso enseñarnos sus secretos y se resistió a la marcha desesperada una y otra vez, aunque no siempre con éxito. Incluso balsas diminutas lo desafiaron y canoas como insectos consiguieron extenderse en su fragancia. Entonces comenzó el andar de los pobres a sudar la riqueza y los tesoros, mientras el Rey y sus cortes se encerraban en un núcleo pestilente. La justicia quemó la insolencia milenaria y persiguió a las huestes salvajes. Incluso se hirió a sí misma corrompiendo sus armas y sus cerraduras. En las islas se levantaron los mandatos tiernos que abarcaron los vértices infinitos curando espantos y esparciendo lecciones de plata y cobre, y fuegos verdes y de bronce. Las rutas atravesaron y doblaron los signos de todos los continentes, flotaron los blancos vestidos sobre las flores del algodón, abanicándose con la dulzura en cristal del azúcar, hablando entre los humos de la boca, sentándose a escribir dentro del ébano con plumas de maíz y tintas de sangre. Porque también habían venido con toneladas de cadenas cargando carne de color, y criaron a la gente como carne, hasta que la sal del Caribe las endureció más que a las bestias. Las ciudades empedradas sonaron como alarma, pero barracones, bodegas y galeones se siguieron llenando en una costa oscura olvidada por las piadosas conversiones. Era la cruzada morena y negra que como una marea glaciar arrebató las arenas calientes. Las noches se iluminaron torturadas por los gritos de las madres cuando decapitaron a sus hijos. Pero hubo otros hijos, casi ocultos en la hierba monumental de los campos o en los fondos atroces de las minas. Y la cópula del universo engendró siglos para el deleite de las razas. Hacía ya mucho tiempo que todos habían aprendido a hablar: Unos para decir Imperio y otros para quedarse en silencio. Pero la noche nunca fue imperial: Se plagaba de carreras atormentadas por los tambores, incrustando en las cicatrices el poder de la mezcla, casando a los ritos con el agua y con la gente. La noche siempre regalada para el uso del misterio, para la fábula que creó ancestros en los huracanes, para la fiesta. Y hubo en una noche un golpe de maderas huecas y al alba sólo quedaban cenizas: Todo fue arrasado hasta que el último barco se hundió enfrente de sus propias fortalezas. Entonces vinieron de nuevo. Ahora en máquinas aéreas y vapores de lujo, y sembraron lo mismo y pagaron y pagaron para cobrarse venganza. Repúblicas imberbes vendieron sus conquistas y el amo siguió reinando y el pobre volvió al pueblo lustrado que se quemaba en el fondo de sus hileras y sus surcos. Vinieron adornados en metales refulgentes montados en marfil, en dominios siderales, en la causa razonable y superior. Acabaron con las partidas pero siguieron comprando, desde las gélidas sumas hasta el trópico, porque a pesar de las almas puestas en la suerte y aún sabiendo los usos de la guerra, no bastaba la costumbre ni las raíces como pies enterrados en la andada. La cruz se tornó piedad sobre la miseria y nunca la cara límpida pudo enfrentarse con sus visiones. Y todavía hoy continúan viniendo y comprarán hasta el último tallo que no se rinde alzándose hasta tocar el aroma del sol. Los vientres seguirán pariendo gangrena sobre las heridas de la historia, y sordos negaremos los desvíos finales que aman diáfanos el peso de nuestros pasos. El odio se asegura en los repartimientos y se escurre creando sombras aterradoras en los limes del futuro. Todavía hay coronas imitadas que se incrustan en los sueños; doblegándose en los paseos, en las reuniones de salón y en los arrabales perdidos que no cuentan. Así partimos algunos sólo armados con la ardiente paciencia para entrar en las espléndidas ciudades. Atravesamos por años todo rincón del continente preguntando y oyendo, preguntando y oyendo. Así sabemos que América tiene océanos intactos flotando en las montañas y cumbres submarinas cursando abismos y flores árticas inexistentes y arenas siempre vírgenes. Nosotros fuimos otra vez a los ríos, a las cimas y a los desiertos, y fuimos hasta el fin de las leyendas y anduvimos cantando y construyendo otra cosa que caminos. Todo para que este rumbo tropezara con la isla del comienzo, donde siempre reinó la tardanza y cundió la demora. Y todo lo oído y lo cantado y lo construido y lo visto habrá de comenzar una vez más, porque aquí hallé la parte del origen, del fecundo, del que siembra presente para obtener destino. Aquí nació una raza americana que hoy vive puesta en el espíritu de su propio tiempo. Cuando las flores leales se posaron fuera de las casonas, el ritmo salió a hacerse persona. En la iglesia y en los ingenios se oyó fundada la última de las expediciones y un códice no escrito fue la ley de los secretos que ahora rondaban como la mariposa. La tierra, que siempre se da a pesar de la desdicha, fue cortada en sus cintas coloniales. Los carruajes permanecieron, pero sus sombras recitadas sobre la piedra condujeron parejas salidas del encuentro primigenio. Las campanas enverdecidas sonaron con melodías que alababan la reunión de los fugitivos; se obsequiaron los saludos en la entrada de todas las familias; la descendencia comenzó a extraviar sus hilos de Ariadna y el laberinto fue habitado como la vastedad inexplorada de los besos. Mientras miles de islas continuaron preñándose de guerras hubo una que creció hasta casi hundirse con el tonelaje de sus vivos. Siempre se le ha ensañado la pobreza y el mundo le sigue repartiendo batallas a diestra y a siniestra. En la isla más grande del centro del universo también se tomaron las claridades para beberse la riqueza. Ya no hay ligaduras que rescaten a los que se sumergieron en la podredumbre del futuro, ni podrán acumularse previsiones. Pero hay un sueño que vive y existe bajo todas las culpas, porque se inventaron una nueva epopeya para atravesar ni tierras ni océanos, sino el habla y la sangre. Y sus héroes inmortales anduvieron de poetas y soldados repartiendo la voluntad del mejor de los regalos. Un panteón habitado por hombres quiso a los dioses habitando en los niños y una santidad inexpugnable, sin nombre, reapareció recogiendo los frutos preciosos que se fundaron. El habla fue finalmente la experiencia y el primer golpe, el de la puesta en marcha, abrió las cuentas de la poesía. Desde aquí podrán crecer las bendiciones que naveguen por América, sugiriendo los modos con que esta leyenda invita como la libertad de la piel. Porque acaso lo único que esta isla posee sea la más pura realidad que logró unir dioses con hombres. Porque aquí un pueblo aprendió la gracia que abundaba en el paraíso. Porque una verdadera raza, amándose, se regaló a sí misma un nuevo mundo. |