XXI He asistido al dispendio que la soledad instaura en el alma del viajero; lo desafía por la obligación itineraria y el recuerdo feliz de la compañía. Le debo un sentido honor a los amigos que, habiendo ido conmigo en otros viajes, me faltan hondamente hoy día. Sus nombres omito, para que la precisa carencia de sus aires comparezca como la marca pura que sus amistades llevan dentro. Al silencio ingenioso, que en media hora ya sabría imitar a los locales y así reirnos por todo. Al ángel marino, que nunca abandona el entusiasmo y sabe vivir con ánimas y con poco. Al fantasma del norte, porque su alma es gemela de la mía. Al señor de los sabores, porque sabe comer de todo engalanado. Al predilecto hijo del parque, cuya paz se contagia. Y pase lo que pase duerme la siesta. Al maestro de los mares y los bosques, que atraviesa esencias para enseñarlas. Al paciente de familia, porque nació conmigo en la primera aventura y todas las demás le pertenecerán siempre. Al exiliado pálido, que cualquier cosa la toca musicalmente. Al poeta, porque su fe ciega en la poesía desata la fiesta en todo momento y en todo lugar. Al duende, que sorprende con todas las sencilleces y simplezas fundamentales. Al juglar radical, que invade intimidades con la más alegre compañía. Al príncipe primero, por convertirse siempre en el Rey de los lugares. A ellos debo más que toda mi memoria y mis propias hermandades. Fueron la estrella de los caminos, la misma que condujo a los Magos durante el alba del mundo. Estuvieron en las batallas del Tiempo y mandaron sus preciosos regalos a mis pies. Siempre obtuve un sacrificio sin reclamo y jamás dudaron para salvarme toda una eternidad. |