XX Un aguacero se detuvo sobre el cielo sin descargar su potencia eléctrica; sólo pasó de largo. Ya la tarde ladra deslavada en los techos y las ventanas que nunca se cierran suenan con más llantos adentro. La azotea siempre supera a los balcones y manda a que las ventanas que se descuelguen reptando hasta las gradas invisibles de la calle. Las cornisas dictan bordes extasiados en la manera elegante de los términos cultos, como si faltara la culminación de los ascensos. La ropa colgada expone un tránsito de huecos, de manos solas que ya no pertenecen a la gente, sino a la casa. Las grietas trizan cada piedra pegada en el azul, en el verde, en el blanco. El sueño por conquistar al aire frío perfora las fachadas goteando herrumbre de calores hacia el pasar de los vecinos. No hay luces interiores, no hay luces callejeras y el sol desaparece legando su poder a la marea de la noche. Hay ancianos que ya no salen de sus sillas y atisban por el filo del marco de las puertas, fumándose el tiempo. Los niños tampoco los han visto y andan en su mundo sin pedir más que puro aliento. Y otros torsos desnudos se rozan diciéndose libertades inauditas, paseando en caballos musicales. Estas calles son surcos rectos hendidos sobre la masa agujereada de la ciudad, que como canales corren submarinos revelando un abismo. Y sobre ellos flotan las conversaciones delirantes y calan los amigos de la danza y los amantes en verso. En la Habana Vieja he navegado un mundo. |