XIX Atrapados como la sombra del cuerpo por el sol poniente, largos en el sufrimiento. Hoy se anteponen los estigmas del éxodo en cada niño sonriente y sus orlas tostadas riman sobre el abrazo de tres continentes. Todo el ritmo ha sangrado en la cuenta de los campos; el humo primero permanece y estas ciudades hierven cándidas y rescatadas del tumulto del progreso. Los bailes sacuden la impostura en el éxtasis que los sudores reparten; empapados en el pandemónium ordenado en la costumbre. Los tambores que son hijos de los hijos laten en el corazón sagrado del rito. Que nadie huya en el fragor del aguacero caliente, porque los vahos húmedos lo alcanzarán más temprano que tarde. Que nadie sepa la magia traspasada en la tersura de los huesos, porque las tumbas abiertas respiran encuentros y no pueden abandonarse al alba verde de las cruces. Ya no hay hogueras ni fustas aceradas ni padrenuestros. Ya no queda una punta de caña ni hoja de tabaco que cuidar muriendo. Ahora la pura fiesta honesta regocija la mezcla en la danza furiosa y delicada. Cantan y cantan como un hueco en la caverna dorada; como una ráfaga entre los pechos desnudos que se acercan y se acercan. Todos acuden para verse en el eco espléndido de la luna sobre la bahía, sacan los instrumentos de los cofres de la memoria y arde la espera, inquiriendo cuándo vendrá el llamado ignoto de los hijos y de la esperanza. Tuve la inocencia más humilde en mi abrazo, la que recién despierta después de cuatrocientos años que se pasó durmiendo encerrada en un solo puño blanco. |