XVII Practicando una estancia de horas soterradas, apenas vivas bajo la sombra caliente de balcones y árboles. Tu nombre es una corona grave y misteriosa que no dice más que vestigios. Ni la ruina ni el hartazgo dominan las aceras angostas con gentes como flores cuidadas en un jardín de manos de convento. Las hamacas fundaron las casas al pie del monte; en medio de una selva enorme como la pausa de tu tiempo; a la vista lejana de la playa, como si el mar fueran fauces voraces que intentan tragarse a las haciendas y arruinar los vegueríos. Como si el mar pudiese olvidar la entrada encadenada de África o la partida de la conquista. Aquí juegan los dados sobre el ancho generoso de las ventanas como rodaran sobre la tablazón de los barcos y el ron regado exhala un sudor hirviente en la frente de las esquinas. Juega el dominó entre manos arrugadas y jóvenes mientras el domingo cultiva el candor lento de la tarde. Un campanario se alza para enseñar los colores a la geografía, ya enterradas sus llamadas y abolidas sus cruces. Pero la piedra engastada y pulida sobre las callejuelas es la misma de siempre y los nuevos héroes no pueden opacar al registro del puerto: Después de quince años jugando en estos lares; convertido en marcha por las delicias de la isla, desde aquí partió Cortés al hallazgo de su gloria con la sangre sideral de México, había renunciado a la calma de una tierra sin tamaño, a un paisaje tan quieto como la siesta. En Trinidad de Sancti Spiritu ya se habían quemado las naves para encerrar a los hombres en el placer de una vida sin tiempo. XVIII Las naves pequeñas que buscaban alimentar a Europa con pequeñas flores lejanas, hallaron la talla total del cosmos. Sobre sus velas ilustradas por la cruz santa venía la espada de los evangelios; sobre sus bordas atestadas por el hambre venían los frailes que se convirtieron en armas, sobre los mástiles y prendidos del cordaje venían los locos cuya fe explotó en las proezas fabulosas. Siempre fueron primero las iglesias y los rezos y la obediencia en latín, que no sabían leer ni podían escribir. Entonces la religión que les había explicado ciegamente la realidad del mundo quiso entender a las islas; y hablarles a todos en medio del ritmo salvaje. Compararon y escribieron y relataron mansedumbres, comidas, animales y gentes sin vergüenza. Creyeron que Dios debía estar también gobernando estos cielos; que el diablo reinaba porque la Palabra nunca había nombrado a estos elementos y el terror y las hazañas cundieron como la luz del alba sobre las olas. Creyeron que Cristo había olvidado a los seres extraños que habitaban desnudos entre otros dioses; creyeron que la conversión explicaría el desconocido y blandieron una furiosa embestida a través de los mares calientes. Quemaron los rostros de madera para que se extinguieran los ídolos; enterraron las ciudades para que perecieran las creencias; destruyeron la mirada sabia para que se contuviera la naturaleza. Así creyeron que la luz de Europa iluminaría la oscuridad de América y de África; que todo estaría regido por los mismos cuatro elementos. Pero hay un dios que permanece soberano cuya fuerza y lamentos ni aún hoy se apacigua ni cesa. Un dios magnífico que se avecina sin preguntas barriendo con la astucia y exterminando la soberbia. Un dios que puede convertir al aire en fuego para quemar el verde de los árboles, que puede transformar a la tierra en agua para inundar todos los recuerdos y quedarse con la memoria, que puede alzar a los mares para indicar que su poder habrá de establecerse sin que importen las plegarias ni el arrepentimiento. Es el dios más antiguo, el que partió los continentes en archipiélagos indefensos; que asola para que los hombres conozcan el terror y así respeten la herencia. El Caribe es su residencia y ninguna ofrenda alcanza a satisfacerlo. Y los que vinieron confiados en sus hábitos y sus comuniones hubieron de rendirse ante el poder de sus voces. Siempre un grito agudo, elevado y rasante que como una canción terrible acarrea la historia para arrojarla sobre las pobres cabezas que huyen sin conseguir refugio. Un silbido aterrador que se alza como un coro maldito para batirse contra los oídos, los ojos y el alma. Son los golpes de nubes que cogieron rocas para plantarlas en medio de los caminos; la lluvia que cae con látigos en deriva sobre la espalda abierta de los pueblos; el viento de fuego que levanta todos los cimientos. Es a Huracán que este mar le agradece que, de vez en vez, limpie la vista y perfeccione con dolor la vida de los hombres. |