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La Española

XI

Llegué a La Española lloviendo, 
atosigado por voces botánicas que salían de los charcos multiplicándose instantáneas, 
como la floración única de los desiertos. 
Fui engañado como los turistas y perdí dineros, 
pero sólo sería aquella tarde, porque el rostro se me partió atestado en la pobreza. 
Al fin y al cabo el Caribe arribaba acompañando mis engaños. 
En una isla que rueda mutilada en la miseria sostuve la mirada 
acumulando indagaciones y cortes frescos de realidad. 
El mar enfrente de mi ventana se editó como una victoria entre los pasajes sórdidos de la historia. 
Me aproximaba a la salvación confiada a los cuentos 
y las cifras se mudaban en sucesos casi nobles entre mis devociones. 

El tumultuoso dialecto de la sospecha fue devorado por la cortesía de unos labios de trompeta 
que ensancharon la ignorancia y la memoria. 
En medio de una plaza en brasas obtuve la cima de la sutileza y la llave de las paradojas. 
Había una piedad asestando el relato infantil de un héroe más antiguo que las repúblicas; 
perfumado como la garganta de la luz; prohibido como la mudanza de la libertad. 
En un instante improvisado fui mutilado por una fachada 
y caí anticipado en la cicatriz que el sol había tallado en la noche. 
Era como el exilio, pero volvía a repletarme de lenguajes enamorados del volver. 
Temblaban entonces las gradas del monumento. 
Volví varios días a verlo, volcado en la penumbra de un ocio inocente como una estirpe 
y abrí las puertas devotas que acariciaban a las apariencias. 
Un soplo desconocido avanzó lúcido, como la belleza, hasta la esfera de mis ropas. 
Sólo la gratitud podía sostenerse en aquel paisaje donde la soledad desplegaba sus almas mercenarias. 

Vagando en una escena ilustre advertí que el alba original también había vuelto sobre sus pasos. 
Había estado, como yo, una vez más sobre la faz de la Tierra. 
Y como entonces, fue ahora un momento de aguas. 


XII 

Estuve así en donde todo es lo primado, 
por aquel gesto que hincó una rodilla en la arena 
y casi cambió el mundo. 

Asistí a tus funerales silenciosos y ocultos que perdieron el rastro de tus huesos durante siglos; 
escapé, junto a tu tumba, de las invasiones poderosas que nos buscaban; 
mantuve el polvo que aplastaba la inscripción reveladora 
y permanecí al acecho de ladrones y demonios. 
Hasta que fue el momento de mi llegada y te vi reaparecer majestuoso, 
inmortal y alabado por los hombres de todos los continentes. 
Entonces me inclino ante tus restos, oh prodigioso, 
porque en tu pasión ciega reside mi historia y en tu amor cúlmine y póstumo nace mi destino. 

Es digna de tu porte esta última morada que gentes generosas te han dispuesto; 
desde aquí una cruz de luces infinitas se eleva 
para que los barcos de todos los mares se guíen hacia los cielos, 
desde donde oyes nuestros clamores y nuestros llamados. 
Desde aquí continuaremos descifrando el hallazgo para honrar tu aventura; 
desde este faro luminoso aprenderemos a cantar la única verdad eterna que tus naves nos legaron: 
la vida allende los mares. 

Una emoción sincera apenas se contuvo en la frontera más interior de mi alma. 
Había venido buscando el origen armado con discursos perfectos; 
con la interpretación sagrada de tu aventura; 
con la seguridad altiva que la razón le obsequió a occidente. 
Confiaba en mis cartas, en los mapas lejanos que obtuve en los libros, 
en la virtud que el cielo concedió al hombre blanco. 
Creía suficiente mi experiencia, superior mi propuesta, fijos mis alcances. 
Pero olvidé que el azar mata en un asalto único aprovechando la sorpresa, 
olvidé también que el viaje es más sencillo y más noble que toda apuesta. 

Entonces, entre oraciones solitarias se apareció la oscuridad sempiterna de tu cripta 
y la magnificencia intacta de tu casa. 
Vi a través de tus ventanas la calma aplastante del Caribe; 
la llama verde de la floresta y el ocaso sutil con que el clima gobierna tu isla. 
Oí en el eco de tus salones el rumor de las aves que todo lo arrullan; 
la antigua voz que dejaste sembrada 
y el tronar de las nubes derramando su música en lluvias de media tarde. 
Estuve sentado a tu mesa, solo, contemplando el hogar, el dormitorio, la campana. 
Dormité en la mansedumbre inicial que se aposa en tus terrazas, 
recibiendo a la caricia húmeda que sofoca a la codicia 
y el repicar leve que aún tu sueño inscribe en la piel. 
Recorrí la plaza que bordea tus dominios ansiando el temple de la umbra, 
atravesé los balcones que enmarcaron tu inmensa figura 
y me abracé con tus aires vivos que todavía mandan visiones y paraísos. 
Y siempre, sin desaparecer ni un sólo instante, 
todo el secreto de tu nuevo mundo -oh gran Colón- estuvo pegado en mi compañía 
contándome la gracia indestructible de tus mares.