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Santiago de Cuba

XVI 

Los mandatos, las cartas y las cédulas corrían viniendo y entrando. 
Los marinos de toda laya también. 
Entre todo el tumulto las piedras de tu orilla acantilada cobraron forma, 
la vista se convirtió en vigilancia, el paso en trampa y el saludo en cañones. 
Pero tu ciudad pagó siempre la deuda con sangre 
y la crueldad se ensañó con la comarca. 
Nunca aprendiste la lección: 
Al mar no puede oponerse jamás la roca, contra un marino no valen los soldados 
y las quillas van siempre más lejos que el tiro de los bronces. 
Nunca confiaste en la abundancia de tu lengua, en el sabor de tus versos, 
en la gloria eterna de tus hazañas. 
La ceguera indómita redujo tus esfuerzos al polvo del fracaso 
y la ambición nos destruyó la puerta del progreso. 
Perdiste el envío de la salvación que flotaba a tiro de piedra en la danza sensual de la marea, 
renegaste de la ayuda de los vientos 
cuando te visitaron haciendo flamear el orgullo de tus estandartes. 

La lluvia fue poblándose de miedo y el monte se llenó de murallas y castillos. 
Los muelles quedaron lentamente abandonados y el vacío los pudrió reclamando su botín y su nada. 
Por evitar la hondura la tierra se transformó en refugio 
y toda riqueza hubo de ser enterrada nuevamente. 

Desde aquí, en la altura soberbia que se apoya en el Caribe, conseguiste sólo vestigios 
y a pesar de la figura portentosa que se dibuja en el recuerdo, no hubo días felices en tu estancia. 
Desde aquí se pudo saber la invitación inigualable conque el mar convocó a tus naciones; 
la estatura insolente que las olas donaban al torrente de tu sangre; 
las estaciones rutilantes que el Caribe casó con el vértigo de tu gesta. 
Pero hoy, desde la Fortaleza de San Pedro de la Roca, 
sólo se aprecia la belleza de tus paisajes, oh castellano. 

Hay un sur transversal hecho de pura longitud, 
hecho a pedazos de piedra y en trozos de madera fabulosa. 
Mil veces derrotado en el saqueo, el incendio y el temblor. 
Aquí el sol hierve transitando lomajes, huyendo de la sombra generosa. 
El ruido humano ha sido apaciguado en el clima señorial y antiguo, 
aunque los carruajes pobres no relucen ni ensueñan; más bien tardan y transpiran. 
Las gentes espían al futuro recelosas, dándose a la marcha lenta que manda en la provincia. 
Las casas abiertas se deslizan cerro abajo, 
hasta tocar con las aguas sin avisos ni prólogos: únicamente hundiéndose. 
Entonces la bahía emerge tímida y vacía, 
dominada y vigilada por los empeños que su historia le cobra, 
porque esta ciudad de singladuras ha alterado el curso de sus proezas. 
Este mar que fuera el nido de las aventuras de un nuevo mundo, 
que estuvo en el filo extravagante que cortaba todas las rutas, 
que amanecía florido de banderas de todos los puertos; 
este mar hoy luce abandono y maltrato; invisible incluso en los mapas del turismo. 
Denigrado en la ausencia de costumbres, enfermo de escapes, olvidado hasta por el contrabando. 
Aquí se botaron las naves preciosas y las infames, 
las que trajeron la luz sobre las bordas y las que metieron al negro en barracones. 
Desde aquí se cruzaron los señores, los piratas, los indios y los negros. 
Cinco siglos han anclado en este borde, hundiéndose ahora por la herrumbre y la ceguera 
hacia el fondo cristalino y silencioso, apestados de aturdimiento, 
sin una lengua que los oiga ni una gesta que los cuide. 
La tradición nauta ha corrido mal destino 
y se agota el respiro de cada vela que supo amar estos vientos. 
Un puerto cerrado que dicta el testimonio de una era perdida 
porque las generaciones ya no oyeron, en el cuidado sitial de los hogares, 
la maravilla de sus propios cuentos. 
¿Es posible, aquí, juzgar por la circunstancia? 
¿Decir que volverá el mar a lucir su puerto cuando desaparezca el estigma injusto que lo sojuzga? 
¿Que se abrirán los anchos horizontes? 

Porque he visto las calles sumergirse apaciguadas y sin drama en la quietud tropical de sus aguas. 
He sentido los bailes y los ritmos del África cantarse en castellano 
indicando, entonces, que aquí los océanos son mero puente y nunca impedimento de abismo. 
He conversado largamente con colores que la naturaleza no ha inventado; 
porque son el premio marino del sufrimiento humano. 
Y los niños juegan y lloran en las laderas que se atropellan para ir a dormir sobre el Caribe. 
Las palmas huyendo de las postales para hincarse ante Huracán 
y los rayos bajando sin inquietar a las olas. 
Esta ciudad aún podría recordar a quién pertenece. 

No puede el peligro corrupto y moderno pasearse sin cuidado 
porque en la hondura próxima los esqueletos de hueso y maderamen levantan la espuma 
y proyectan sus siluetas coralinas en las nubes. 
Ni aún la pobreza puede más que la sangre; no importan los años de exilio terrestre. 
Tendrán que perderse otras escuadras en las franjas salinas de la traición. 
Los cargamentos centenarios serán conducidos hacia otros campanarios 
mientras noveles cursos renacen para arrostrarse como pioneros bravos entre cayeríos y corrientes. 

Y Santiago de Cuba recordará el porte de su nombre para rescatarse como siempre. 
Las naves volverán a hacer aguada, a carenarse y a construirse. 
Pero esta vez habrá una raza, preparada por los siglos, para desembarcar sobre su privativa leyenda. 
Y cantará y bailará a la guía de los candiles perpetuamente.