IX Cargamos en sacos y sobres casi todas las imágenes. Incluso las propias, que se reflejaban de bronce líquido escurriendo en las grietas de las aceras, hasta acumularse como anclas viejas más atrás de nuestros ojos. El tiempo se había vuelto un mármol angélico que sobrevolaba la felicidad de la familia. Días caudalosos cargados de ternura, de ardiente paciencia, de espléndidas ciudades. Noches trazadas por el amor sobre los cuerpos de mis dos mujeres, estremecidas por la sed permanente, intensas en la palpitación danzante de una era perfecta. Entonces tiritaron los veranos y los hemisferios volvieron a separarse. Los archipiélagos abrazaron a sus mares como la fiebre de una epidemia y se extendió la súplica de mi exigencia. Esa fue la despedida. Caminamos por un largo pasillo, apretados los tres como un puño bendito, hasta una hueca puerta de vidrio que sólo yo podía cruzar. No quería voltear la cabeza, como un soldado imbécil que marcha hacia la falacia del honor. Pero me volví a mirar cuatro veces: dos rostros que iban haciéndose pequeños y difusos con dos manitas que se agitaban en un aire colado en cascadas silenciosas. Son las cuatro imágenes que se petrificaron en mi vida lejana. X La primera noche comenzó con el odio de la espera, regido por la maniática maldad de los horarios. La noche, en adelante, estaría ya arrastrada sólo por las islas, como un reflejo cruel de mi propio embarcamiento. Había partido negando un obvio imposible porque buscaría, por aires y tierras, los mares. He navegado en travesías menores o en barcos disfrazados por la avidez de un lujo terrícola y hasta con velas que sólo alcanzan estatura en embalses y lagos. Sin embargo indagaría, caminando, los mares de América; sus cuentas en agua, sus vidas fluviales. Este es un viaje dolido en el objeto de su causa que huele a traición y a olvido; transcurre sobre puertos herméticos y en bordes de penitencia; un largo viaje que se ha enamorado del mar manteniendo una distancia seca entre amantes que jamás se tocan. Un amor de orillas arrasadas por el silencio del horizonte, como si el secreto hubiese de arribar hasta mis pies traído dulcemente por la marea, como si de verdad la leyenda fuese a llegar entera hasta mi oído encerrada intacta en un golpe del viento. Pero aún atisbo y hasta persigo; cinco sentidos alterados hacia el inmenso azul pretendiendo un decurso revelado en letras y su esencia esclarecida en canto. Así estoy radicado en la espera y testigo de los dolores de pueblos y pueblos. Eligiendo más a la tarde con sus resplandores deteniéndose; atravesado por columnas y alumbrado por vela; escribiendo, apenas lejos del deber, toda una empresa cuyos frutos tienen la carne de azúcar y el corazón amargo. Es la ley de los oficios: Me creo un poeta y sé, sin siquiera dudarlo, que no soy marino. |