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New York

VIII

Cuando sentimos suficiente el abrigo y la placidez de aquella ciudad atenta 
sobrevino un gruñido amigable; un instante que, colmado de certeza, 
nos liberaba para continuar hacia el sur. 
Había algo cartográfico posado en la senda familiar; 
los dibujos planos y abstractos trenzaban a su gusto los destinos. 
Porque así podríamos decir, aunque significase un delirio: “llegamos a destino”.
En ese entonces no me pareció parte del regreso; 
el mar continuaba pegado en mi brazo. 
¿Tendría ya suficientes recuerdos? 
¿Era esto, un océano nuevo, el fin del viaje? ¿Fue suficiente nuestra despedida? 

Desde el fondo de la tierra emergimos en la ciudad más prodigiosa del universo, 
cuya condición no es exclusiva: la he visto repetida en los espejos de la historia. 
Porque depende, el prodigio, de la página que lo demuestra 
sosteniéndolo en vilo, anunciándolo en anillos. 
Una ciudad cuyo nombre proviene de allende los mares, 
ha sido elegida por el amor de las razas para recrear y procrearse, 
ha sido elegida por Dios para autocomplacerse 
y para designar, arrogante, el sentido celestial de las habitaciones. 
Caminamos en su desierto sin vislumbrar cada cumbre, 
descansamos en sus bajorrelieves sin perder sus alturas 
y nos extraviamos ya no en su inmensidad, 
sino más bien en la vertical ausencia de sus centros. 
Sus luces infectadas por tripulaciones bellísimas forcejeaban con la noche; 
Isabel y Sofía rondaban apacibles, amándonos; 
los gigantescos edificios se colmaban de una ruina soberbia sin predecir su manto de naciones lejanas. 
Hay una pureza que reina en las capitales y aquí ésta era el gobierno del mundo. 
Desde una biblioteca de corazones abiertos como el rezo en la oscuridad; 
desde un tráfago imparable que sólo concede visiones en escorzo; 
desde blancos espíritus congregados por la multitud eterna; 
descubrí mástiles metálicos cuya memoria boreal había fondeado en Valparaíso
y nombres que perduran en aquellos muelles como si una boca los dijera cada siglo 
para que no se hundan insalvados en el compás de la broma. 
Habían números incalculables esparcidos como la fragancia quimérica en las calles, 
en los autos, en cada pieza encofrada en los museos. 

Ni aún el verano cargado siempre como libre y festivo 
soporta a una espera contagiada de la nostalgia que presagia, incluso, melancolía. 
Ni aún en medio del progreso, convertido en abundancia y bienestar, se respira pureza 
si se tarda en demasía la resolución que ordena los transcursos. 

Y temimos por la suerte frondosa del frescor bajo el bosque, 
apaciguados por el candor luminoso de una hija. 
Pensaba en su pronta ausencia, 
en las fiebres de soledad dominando al hambre, al sueño y al desvarío. 
Pero un interludio arrancó desde la gracia y nos concedió sólo luz, sólo bendiciones. 

¿Cuándo fue que este mar castigó a nuestra lengua borrando con puertos la existencia de las plazas? 
¿Por cuál sortilegio desaparecieron los árboles? 
Como si la naturaleza no tuviera necesidad de demostrarse por la mano humana, 
como si la presencia divina ya no fuera el ritual de la comida de los pájaros, 
sino la elevación de la piedra sobre la piedra hacia lo celeste, 
como si a este habitante le bastara el circuito apurado entre los muros rutilantes 
en lugar de la orden del hombre por la cual la naturaleza es domesticada 
-y así comprendida- sobre la paz de los jardines y los parques. 
Pero hay un parque atravesado ya no como centro que conmueve al transeúnte, 
porque su poder se concentra, no se expande. 
Así sus fronteras marcan su comienzo y su fin, no sus puentes. 

Oh americano del sur, atrapado tan lejos de la experiencia cruda que regula tus orientaciones, 
porque las expresiones grandiosas no siempre se vuelven maravilla 
y la locura de la luz también convierte a la noche en oscuridades. 

Entonces la abundancia exótica, la técnica imposible, las lenguas reunidas; 
todo apuntando al cielo con anhelos de infinito 
casi hasta olvidar la verdadera orilla que provocó el nacimiento: 
Allí, sobre los muelles, 
sobreviven mudos los más decidores testigos de tu original ritmo, 
bañados por el óxido vestigio de los países lejanos que aún hoy te alimentan 
y que también te destruyen. 
Allí, a pesar del tráfico endemoniado, del arte alucinante, del tumulto feliz, 
allí se siente New York en los vientos maduros, los atardeceres de imperio, los poemas ingleses.