VII Una playa que cuida los espesores hasta bien andada la tierra adentro promete un regio incunable. Los pájaros la caminan para que los hombres la vuelen, las arenas presiden para que las olas saluden y los puertos hablan para que las fantasías también naveguen. Aquí reinaron los animales mientras las antiguas gentes durmieron el exterminio. La raza nueva no tuvo más que un fruto embrujado en la punta de la espada, entonces hubo un gusto en partir y en una vida creciente sobre el vaivén de tal partida. Hoy se saben los bosques calientes más anchos que una isla, las tintas tatuadas en pieles de fuego, las campanas repicando en templos submarinos. Desde aquí se fundió la lejanía con el oro, se anudaron las riquezas con la vela y se tradujo el poder como vigía. Desde aquí llegaron y desde aquí partieron. En esta costa acaeció el sueño impetuoso que convirtió al viaje en fábula y luego a la fábula en imperio. Las anclas son meros giros que tensan las alabanzas del corazón de los galeones. Así se interpretó a la primera presa, para luego reconocer la caza de un destino. Acá sólo se esperó por buen viento, nunca por un campo seguro. La marea atlántica seduce gélida; es la hermana de un cielo dorado que fue prometido por Dios a sus elegidos. Ese cielo se llama Norte y coronado por un polo se ha unido sin fin a una única estrella. Desde esta playa se cuidó en inglés una mitad de la Tierra para que sólo esa música se escuchara en el mar entero. Un siglo. Cien años más tarde que el castellano la lengua inglesa se hizo la América. ¿Dónde cabe mi pregunta? ¿En qué recodo se sentirá nuestro abandono? Porque he viajado para alimentar una sugerencia y me encuentro de camino con calles en laberinto. Todas las luces de la ciudad se encienden; hay árboles completos que se iluminan, las gentes me saludan al paso, las aceras brillan y las flores cuelgan en las esquinas, en los postes y los balcones. He visto hogares que, como caminan y ruedan, nadan y navegan. He visto un pueblo que en mis ojos es fantasma: intocable y sin señas para orientarse. Lo he visto andar y desandar lomajes montado en la madera de los muelles que son, si no cientos, miles. Lo he visto reflejarse, como una bandera en el alma de una patria, en la talla pulida de cuadernas, rodas y velas. Y los surcos instantáneos cruzan de ribera en ribera hasta desaparecer sobre los prados, entre jardines y paseos o en las limpias escalas de casas frescas y hasta congeladas. He visto un pueblo continuarse hacia adentro como si las aguas mandaran la distancia que rige a los límites. Nadie ha de habitar sin oír sus rumores, sin deslizarse cuando hay hielo, sin ahogar el tiempo muerto que sucumbe como el mal en las venas. Nadie ha de habitar en Newburyport rindiendo un tributo cualquiera, pero más solemne aún: he visto a Amesbury sirviendo a las solicitudes de su río con trabajo común, con alegría sincera y con respeto marino. |