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¿Un nombre?

VI

Rodamos devueltos en el rumor de las dunas 
por las cúspides de una orilla cénit siguiendo los escombros palpitantes de un rastro legendario 
hasta un puerto cuyos hábitos seducen el abrazo de un cabo femenino. 
Allí un barco ciego me condujo. 

Esta es una isla que gobernó las rutas fabulosas de los hemisferios, 
que envió hombres hasta el último y más desolado de los confines, 
que leyó en la niebla las partidas 
y de la mano de la muerte impuso su leyenda en los oídos de todas las latitudes. 

Su orilla aún está infestada de máquinas marinas de toda laya 
que de a miles y miles plantan una espera. 
Sus anclas son más que un bosque dulce, 
más que la pesca y aún más que la historia. 

Esta isla desciende del matrimonio entre un monstruo y la poesía. 
Y es una hija pródiga y fiel que decide su distancia 
y que gesta sus movimientos como lo aprendió hace cientos de años. 
Es una hija silenciosa que admite curiosidades novedosas, 
pero que aún se reserva el estallido del viento sobre los colores 
y que no resigna su reverencia ante la luz de los faros. 

En ella comenzó un nombre 
que abriría la sed moderna por el poder de las naciones. 
Se dijo ese nombre para que Dios continuara gobernando el terror de las quietudes 
y el diablo arrancara en las tempestades. 
Se anunció ese nombre sobre todas las bordas del mundo 
para que todos lo hombres recordaran, sin cesar, la hondura. 
Se sugirió ese nombre para marcar cualquier emprendimiento sobre los horizontes sin senda; 
para designar cada noche de nuevas estrellas, cada calma muerta, cada tormenta de espuma. 
Se gritó ese nombre desde los mástiles y las proas cuando la amenaza se convirtió en poema, 
porque así un desconocido tuvo tiempo propio 
y sus extensiones volvieron al seno abrigado del mundo. 
Porque así también se enfrentó el mayor de los miedos 
y pudieron entonces las musas nadar nuevamente junto al siseo de las quillas 
y danzar con la útil y sola melodía del cordaje. 

Ese nombre que creímos fantástico o cantado sólo en el mito 
ha abierto tumbas verdaderas sobre el suelo de esta isla. 
Tumbas en cuyos fondos también se ve el mar; 
tumbas que abrigan a la locura terrible y a la niñez inocente; 
que ligan huesos roídos con nacimientos y cuentos antiguos con residencias eternas. 

El nombre que convence y convierte, que abruma, inventa y recrea. 
Como los náufragos que se devoraron entre sí 
mientras la sombra salina los extraviaba más allá del dolor, 
mientras el sol hirviente les secaba perpetuamente los ojos, 
ellos volvieron sin embargo al mar cada vez que la vida les susurraba ese nombre, 
ese puro y espantoso nombre. 

El nombre que que aún se lee en los reflejos brillantes de las bandadas de esta isla; 
que todavía recorre golpeteando la madera de sus muelles 
y que roza el balanceo de las boyas. 
Aquí, antes de embarcarse, todos lo preguntan una vez más 
y todos atisban y otean desde la orilla. 
Como si la verdad, la belleza y el drama estuviesen rondando a pocas millas; 
como si la silueta siniestra y alba los observara semi sumergida aguardando renacer con mejor furia, 
con más veladuras y con la culminación total de la aventura. 

Por supuesto, Moby Dick es el Nombre en la isla de Nantucket.