V Veníamos del río que se deshace en brazos que abrazan sin inundaciones; en médanos quietos que reflejan la noche para que los días recorran estrellas; en lenguas que cantan y cantan el alcance infinito de su historia. Botarse a sus aguas ha sido una estancia de habitaciones siempre móviles, en las que los hombres construyeron ya no un borde, sino el amor mismo de la familia. Aguas adentro, aguas enteras. Como si un paseo marino fuese toda la herencia necesaria. El río ha ordenado estas ciudades para que sus habitantes le rindan no ya una vista, sino el sabor de sus sudores y la alegría de sus afanes. El río ha limitado su propia marcha ya no en la piedra ni en el edificio del fuego o de la tierra, sino con la sombra del viento hinchada en un mástil y en el ruido ondulado de un remo. El río les enseñó a unirse en el surco invisible que sin embargo sí traza, con la lluvia abundante que jamás destruye y con el curso de una tierra que lo admira. El río ha penetrado más atrás de la visión técnica del país y consiente su pasmo lento y su planicie para hacerse entonces intocable; ya nadie lo ve porque ahora todos lo saben; nadie lo perturba porque hoy todos lo imitan; nadie lo llama porque todos se llaman como él. El río entrega sus umbrales a la Rosa de los Vientos; y desde su boca delta y desde su vientre desembocadura sus hijos se vuelven mundo en la aventura. Algunos siempre retornan. He aquí un río que mientras corría abrió un continente; he aquí el Merrimack que mientras descansaba cerró un océano sobre sus signos y así habló y habló con todos los muchos mares del universo. |