III Habíamos caído sobre un país que existe soportado en la más cara de las dimensiones. Pero nosotros íbamos más allá de la llegada, sin que importara el derredor extraño e indescifrable. Más aviones, estaciones y trenes. Íbamos sin detenciones, sólo en el recorrido que promete la felicidad de la parada, pero el cansancio ilimitado va generando el anhelo corrupto que acierta en la duda hasta convertirse en deserciones. Entonces mi hija jugaba y jugaba ajena al orden corporal del hambre y su tierna prestancia pedía tonos y llegada. Atravesamos una costa prendida en millones de orillas que, como piedras incontables hay en los desiertos, lanzaba muelles y barcos sobre la espuma azul que vestía sus mares. Puentes soberbios elevados sin el auxilio de la tierra que nos soportaban el paso como un beso reconcilia. La última estación nos dejó en la lluvia cálida ocultando los alrededores tras una bruma extranjera y femenina que nos convirtió en solitarios. Nuestra amiga no se presentaba. Hay una risa humana que ocurre en las estaciones terminales cuando un abrazo y un beso reciben ansiosos al recién llegado. Lo contrario es un golpe de soledad que nos desprecia entregándonos a una leve miseria. IV Pero de pronto la vimos, convertida en lo mismo a pesar de los años. Tomó a mi hija en sus brazos y una ligadura instantánea dejó su estela humeando suelta en la cosedura de la distancia. Un reencuentro es más profundo que el gesto del saludo, pero el amor nuevo es sublime. Ella, que había nacido entre el trepidar de las hojas secas de los libros, antes aún que sobre la tierra, aprendió a caminar sobre una balsa que bajaba sobre la marcha de un río. Ella nunca ha intentado saberse otra menos o más que su propia vida; jamás se ha preguntado por las razones de su dominio ni por la certeza de sus horizontes regalados. Ella no quisiera vivir ni más acá ni más allá de todo el borde y sin embargo mucho conoce y ha visitado. Abarca toda la extensión cuidando la gracia de su lengua; así y todo conoce otras lenguas. Ella, nuestra amiga que como un norte gigante expandió su hogar a nuestros pies y redujo a las familias en muchas fiestas, nos llevó siempre hacia el carácter de todo viaje. Y sabía cada vez la suma de lugares, como si una obvia clarividencia sobrepasara lúdicamente a la arrogancia del conocimiento. Sabía la encantada atracción que sus secretos jugaban en mi mirada: Las aguas, siempre el festín de las aguas. Todo un continente de pronto tuvo resolución sobre su figura, como si el pálido rubio de sus gentes fuese la marca indeleble que les cruza la frente a todos los seres marinos. En sus ojos, a veces citadinos y a veces humanos, vi una cifra que consuena y que es etérea. Como un sino ancestral cuyo origen ya nadie atiende, como el contagio de una luz sobrenatural que se ha vuelto integrante. Ella no comprendió desde el comienzo los afanes de nuestra llegada; contemplaba con sorpresa el rigor serio de mis explicaciones y contestaba en preguntas y cotidianidades. Me hablaba en corriente lo que yo creía fuerzas vitales. Hasta que una noche nos contó esa historia: Sarah, de New England, antes de aprender a hablar o a caminar ya había navegado. Entonces cambiamos el viaje por la estancia, acunados como hijos en el seno generoso de su familia, como si ese afecto nos hiciera los residentes, los antiguos. Así nos fue traspasado el dominio sobre el lugar, porque conocimos el nombre de cada detalle. Las lenguas alcanzaron a crecerse unas sobre otras, como columnas que la diversidad sostiene bajo un cielo etéreo y transformable. Así recorrimos mis augurios, enfrentados a un océano tan pequeño como el charco de un patio austero. Pueblos animados en la herencia de los ríos; impecables como la imagen perfecta que persiguen los pintores; cultos como sólo permiten los imperios; marinos como el origen del planeta. Y una ciudad fastuosa por sus parques, bañada en la luz calma del estío que sin prisa nos concedió plácidamente sus dones de gigante. Aquello fue una representación perfecta sin la interrupción abrupta del intermedio. Vimos a los niños navegantes; al habitar colmado en la necesidad de las bahías; a los barcos rodando por las calles; a los amos del mundo inocente. Un movimiento de las aceras derrumbaba los ecos que no tenían respuesta. Aquí comenzó la curva casi enferma de las caminatas, por la que anduvimos como una célula triple, viviendo de las calles de Boston. Anduvimos demasiado bajo un sol que ablandaba minerales, pero así el diagrama de aquella península nos quedó tatuado en la planta de los pies. |