II No era un tiempo de partidas. Mi ciudad se aprestaba a celebrar sus aniversarios y todos se ocupaban en los afanes de la fiesta, colgando presentes de plaza en plaza, reuniendo vestigios con nacimientos, embelleciendo las estancias e inventando los juegos de la gala. A mí me dejaron la palabra. Las arenas cambiaron su tamaño como una erosión fluvial, el invierno declinaba secándose en la tierra, las horas inertes se hicieron conocidas. Entonces se abrió un turno para cometer una aventura. Mi lugar se fue juntando con lejanías que bramaban urgidas, mientras una dotación de apariciones en trastorno mudaron su rostro fantasma en una alineación entregada en favores. La casa se puso vacía como si el día costero pudiera justificar el uso libre de una salida. O de una entrada. Finalmente, con la alzada de un sol guardián de la familia, se dictó una mañana escogida. Hacia el norte fue el acierto que cayó como un punto cualquiera, avalado apenas en la sospecha trascendental que preparan los azares. Dejamos todo lo posible, creyendo que bastaba el sueño de la alegría. Aquella mañana mi ciudad estuvo quieta, sin despertarse para la despedida. Su ritmo normal propuso un saludo ancestral: “Suerte y buenos vientos, para que la voz te alcance hasta el retorno.” Una breve excitación emocional sucumbió entre los papeles, el dinero y la espera. Pero acaeció la señal alimentada en los arribos. Y partimos. Sofía, mi hija dorada cumpliéndose en los brazos; Isabel, mi mujer amada, riendo sencilla y yo, el de la palabra, sumido en una empresa extraña, cuyos inéditos instrumentos no alteraron a nadie. Como si la realidad fuese un secreto contenido sólo en mis ojos, para que su contemplación y sus designios circularan hacia el canto. Hay un abandono fructífero cuando comienzan los viajes y no importa el acecho de las tormentas ni la cercanía invisible del peligro. Todo se vuelve extraordinario y los días y las noches sucumben animados en el éxtasis ligero de sus marcas. Ya volando sabemos que no hay flores en el aire; pero la ventanilla muestra luces como jardines cultivados en la vastedad de la tierra; las nubes vagan como los insectos, sin dirección ni tamaño que midan sus raíces y el cielo desciende raro hasta accidentarse en la inmensidad superior del océano. Luego tuve una concentración primera e inicial, sostenida como una nota de risas por el amor de mis mujeres, en las costas de inglés que dominan navegando todos los mares del mundo. Visiones bellísimas de la forma de nuestras carencias que se esparcían como el progreso espiritual sobre la ignorancia de mis lamentaciones terrestres. Porque inicié viaje blandiendo las preguntas que supuse radicales; admitiendo que la sola visita arrojaría respuestas e iluminaciones y confiando en los métodos infalibles de la razón para obtener certidumbres. Sin embargo fui abandonado. (Ni la lectura ni los hechos contentaron la sed). El calor de agobios mantuvo la respiración en el portal de la boca, el cuerpo húmedo se aquietó aún durante el paseo y la lengua debió acumularse de nuevo. Hay un inglés parado en toda la costa, entrando al mar lo mismo si es tibio o si está helado y su derrota jamás se traduce en fracaso como en nosotros, los terrones del castellano. |