XIII Un aroma de sueños se descuelga a mitad de la noche y nace el humo de la vigilia, luego se yergue la soledad del viajero incrustada en páginas y páginas que ya no redimen ni sanan. Porque yo aprendí a viajar en compañía cuando los bosques comenzaban detrás de la neblina, en el mar más lejano de la Tierra. Fue durante el inicio de las lluvias heladas que incendiaron el derredor vegetal de los caminos, en la trampa de la vida, cuando vagábamos sin oficio, durmiendo con los rostros pegados en el cielo, distraídos por la sabiduría de noches sin tiempo. Embriagados por el abrazo del aire libre que abundaba rondando en la espesura, cuando no podíamos llamarnos hombres siquiera. Desde entonces he cuidado a mis hermandades con la semejanza prendida en las manos y he andado siempre conversando, moviendo el agrado del camino con cuentos y riquezas, temiendo a la locura en pedazos que trabaja en los solitarios. He levantado la reunión de las personas haciéndola correr sobre el vigor de las rutas, albergándonos en el hogar de la especie, En el ancho corazón excesivo que vence a la melancolía. Y atravesamos los senderos exquisitos y bebimos en las fuentes de los jardines y nos desnudamos en la estampa nocturna de los montes. Seguimos la huella de los libros para hallar a sus criaturas. Más allá de los ríos ligeros y de los ríos profundos, continuamos el paseo, creyendo en la multitud como en un gigante invencible. Así -acompañado- atravesé continentes. Ahora padezco la traición en un barrio isleño; casi he sido comprado por la seducción de las aguas. Y hay una nota esclava que no descansa para recordarme que mi favor ha sido extraviado en la tristeza y en la amargura. Sin la risa y en silencio, en un largo y demente silencio. |