I Yo nací en un parque sin fines. En sus recodos aprendí todas las libertades y también todos los pecados. Recé mientras jugaba a cultivar el alma, y pude hablar hasta que la conversación me concedió el triunfo inmortal de sus poderes. Allí fueron creados mis amigos y el perfume exacto que descubría a las mujeres. Entre sus árboles secretos y sus cerros ocultos tuve la noción ideal de la naturaleza. Junto a mis maestros adiviné al hombre y casi fui el hijo predilecto. Luego fuimos expulsados. Pero así es como conozco todas las ciudades; las ciudades madres luminosas que enternecen con la voz del regazo; las ciudades felices que engañan con la magia seductora de sus calles y de sus plazas; las ciudades mortales antiguas que exigen tributo con la maldición de las artes. He vivido enteramente en cada una, escribiéndoles las cartas. He llorado en la hora heroica de sus muertos y me contagié con el ritual sagrado de sus mártires. Puedo oír la música preñada que se desliza en el sudor de sus niños y también he visto todas las herencias que aguardan en el rastro de sus cielos. Cementerios, plazas, muelles y catedrales han recibido mi paseo sobre sus rigores espléndidos. Casas, tiendas, monumentos y sitiales estuvieron en el cierre de mis manos. Compartí las alegrías que explotaban en el júbilo de los coros y alcancé refugios durante la guerra de las lluvias y del frío. Mientras la desgracia asolaba yo tuve la suerte. Corrí junto a las multitudes tras la protección de los vientos y padecí el dolor de la soledad abandonado sobre el polvo estéril que anida en los bordes de los caminos. Así es como recito todas las fábulas y cambio todos los cuentos. Pero hay una ciudad cuyo nombre imposible ha sido escrito más allá del conocimiento; lejos de la historia y atrás de los ojos. Una ciudad de un tiempo que se levanta y que sucumbe a cada instante; que se ilumina y se oscurece durante el lapso de un rayo inextinguible; que comienza y se hunde sin huellas. Una ciudad de un tiempo que siempre se inicia y que siempre termina; que ronda en los perfiles de toda amenaza para que sea la fiesta. He dormido en sus arenas con el sueño prisionero que irrumpe en los anhelos y la he soñado extendida por toda la tierra; como un evangelio pobre, propio, libre. También la he negado más veces que Pedro. He sido consumado en el arbitrio feroz de sus contradicciones mientras ella me hacía digno de la gentileza. En la reunión del barro y de los dones busqué sus cimientos, la base profunda donde residen sus fantasmas y sus ánimas, pero he hallado solamente un coraje. Tal vez esta ciudad perdone los descuidos, las blasfemias y conceda siempre maravilla para que sean virtud los errores; para que luzcan todas las posibilidades oportunas; para que jamás pueda alguien ser expulsado. En esta ciudad donde espero se entierren mis huesos -la ciudad abierta- fui adelantado al viaje. |