No comprendimos entonces la venia silente que, sin embargo, cuando surca amagando en lo visible, entona melodías que en lo antiguo sí conocemos. Pero es más un recuerdo difuso, transido de sueños recientes y de evocaciones alteradas por los gritos frágiles de un mediodía cualquiera. Esa tonada familiar atrapa también el secreto murmullo que se oculta en las rutas evidentes del destino y que nos cubre de sinuosas advertencias. Esa venia es una canción presente. Ahí se desviste la figura primordial que la produce. Su provocación ceñida contenta al residuo fantástico de la sorpresa; su transparencia lívida reduce la luz lunar de su extensa incógnita; y su desaparición final y veloz promueve el rigor ansioso de las respuestas. Es la figura pasmosa de bordes candentes, de perfiles filosos que brillan de a miles. Como las ondas del agua en el contorno de las lágrimas. Es la figura anterior a la figura, que se mueve desplegándose; despertándose de todos nuestros sueños mansos para amanecer aún envuelta en las sábanas prohibidas de la delicia. Es la figura cuyo nombre propio siempre olvidamos porque cambia, se desdobla y hasta se desdice. Es una figura preparada en los albores de la imaginación, que recurre apenas un momento a la realidad para presentarnos un lapsus de su existencia. Es una figura débil cuando se suma agazapada al tropel bullicioso de las visiones. Ella siempre se demora (es como el baile de las musas, como el perfume de las árticas flores, como la sed nuestra ante el vuelo de la mariposa hacia su estrella). Y aquí llega y manda; se aparece. Es la aparecida que rompe el brindis con que, ingenuos, festejamos los puntos del calendario e incluso el supuesto azar de los hallazgos. Ella es un mandato inviolable para los elementos naturales mientras se transforman, es una codicia verde echada a los vientos. |
