Carta de Alemania

Querido Arturo:


La Partida 

Me encuentro ahora a bordo de un tren en dirección al sur, en el medio de los tiempos y los lugares de mi extraño viaje. Había decidido escribirte esta carta hace algún tiempo, pero no tuve la excusa precisa. Valga ahora simplemente el movimiento de este tren, a toda velocidad, tragándose el paisaje, meciéndose manso y sin pausa, como una analogía simple y oportuna de mi viaje. Creo que esta carta es de tu correspondencia porque fuiste tú quien, en innumerables conversaciones de café al borde del Pacífico, me incitaste a dejarlo todo en las manos del presente y a partir en la aventura. 

Te corresponde además porque tus instigaciones no sólo eran de esas que los amigos se dedican en el coro de los vasos al fragor embriagado de la madrugada, sino además tuvieron el tono de la vastedad que corre entre ciudadanos abiertos; pues eso somos. Y por último, esas sugerencias fueron deliberadas como decano de nuestra facultad, haciendo que todo este viaje tenga también el sentido universitario profundo, que es el ámbito en el que actuamos y donde además nos ganamos la vida. Espero entonces, ante todo, ser honesto y fiel con esas matrices iniciales para que mi carta sea ya no las simples noticias del viaje, sino que te permita, al leer, afinar el oído en el tono justo que requiere esta aventura. 

Todos los antecedentes de este viaje los conversamos tantas veces y sobre tantos entendidos tácitos, que debiese exponer ese historial explícitamente, pero el ejercicio de ordenarlos ahora me parece un exceso. Ya habrá ocasión de hacerlo en forma adecuada. 

Por ahora me atengo, en la medida de mis posibilidades, al espíritu de profesor, o mejor aún, al de maestro; aquel que nos permite a los más viejos, como excusa válida, mantenernos en el mundo joven de los estudiantes, en la ‘escuela’. Quiero decir que, tal vez, como lo propuso Baudelaire1, el sólo afán de salir a andar el mundo sea fundamento suficiente para partir y sostener en vilo todas las dimensiones del cuerpo y del alma. ¿Será suficiente con este alimento, frugal e intangible, sobrevivir a la sed insaciable de misterios?, ¿se vencen así los paradigmas de una vida ordenada y decente, tan arraigados en la estimación social, para convertir el andar “pour trouver du nouveau”2 en todas las sendas y en todos los desvíos?, ¿o nos exigimos, además, un andar conciliado con el oficio, siempre imbuido este por la vocación? 

Ahora regreso de una de las reuniones con el profesor Kreuzer. El fue quien recibió primeramente mi proyecto de estudios y con una hospitalidad inaudita me invitó oficialmente a Alemania. Le llevé unas cuantas preguntas mal organizadas y una presentación breve de nuestra Escuela; una suerte de linea de tiempo marcada por nuestros hitos clásicos e iluminada con fotografías. Después de trabajar algunos días en ello, me encontré sorprendido por la hondura y extensión de nuestra vocación. Fue hace más de veinte años la primera vez que estuve en las arenas de la Ciudad Abierta. Aún conservo, con una singular inmediatez, esas impresiones iniciales. Son las mismas fuerzas que todavía hoy me apuran a bañar de un nuevo resplandor estas preguntas que he traído, atendiendo a la libertad que nos fuera entonces indicada y que hoy nos compete construir.

Preguntas que si he logrado sostener, ha sido sólo gracias a las inestimables atenciones y ayudas dispensadas por el profesor Johann Kreuzer, de la Carl Von Ossietzy Univesität de Oldenburg y por la profesora Valérie Lawitschka del Hölderlin-Gesellschaft, en Tübingen. Esta carta recibe las conversaciones que sostuvimos en sus paciencias y hospitalidades; y de muchas maneras a ellos debo todo lo que sigue.




Notas

1    Mais les vrais voyageurs sont ceux-là seuls qui partent 
Pour partir; coeurs légers, semblables aux ballons,
De leur fatalité jamais ils ne s’écartent,
Et, sans savoir pourquoi, disent toujours: Allons!
Baudelaire, Le Voyage.

2    Verse-nous ton poison pour qu’il nous réconforte! 
Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, 
Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe? 
Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!
Baudelaire, Le Voyage.


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